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El Papa que habla de política y descoloca a los políticos

El Papa León XIV en la vigilia de oración en Madrid

El Papa León XIV en la vigilia de oración en MadridJ.J.Guillen

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Nuestro país recibe estos días al Papa. Ya hemos visto multitudes. Calles llenas. Medidas de seguridad. Horas de espera para verlo pasar. Miles de personas tratando de acercarse unos metros más.

Y uno no puede evitar hacerse una pregunta. ¿Qué busca exactamente tanta gente?

El Papa no viene a bajar el precio de la vivienda. Ni a resolver los problemas de la sanidad. Tampoco va a a aprobar los Presupuestos. Ni va a combatir la corrupción. Ni a decidir quién gobierna España.

Y, sin embargo, despierta una expectación que pocos líderes políticos serían capaces de generar hoy. Quizá porque vivimos una época singular. Unos tiempos donde sobra poder y falta autoridad.

Poder hay mucho. Sí. Gobiernos. Partidos. Instituciones. Redes sociales. Plataformas. Influencers. Odiadores. Expertos que opinan de todo a cualquier hora.

Lo que escasea cada vez más es otra cosa. La capacidad de ser escuchado sin necesidad de gritar. La de influir sin imponer. La capacidad de representar algo más grande que uno mismo.

Por eso la visita del Papa trasciende la fe de millones de católicos. Incluso muchos de quienes no comparten sus creencias observan el fenómeno con interés.

Porque la sociedad moderna ha avanzado enormemente en tecnología, bienestar y conocimiento. Pero sigue buscando referentes.

Personas capaces de recordar que la convivencia importa. Que la verdad es imprescindible. Que la dignidad es un valor. Que el ser humano es algo más que un voto, una estadística o un algoritmo.

España atraviesa uno de esos momentos en los que la política parece ocuparlo todo. Cada conversación acaba en una trinchera. Los debates terminan en una descalificación. Las discrepancias se transforman en batallas. El odio al que piensa diferente se ha normalizado. La polarización nos desgasta.

Quizá por eso la llegada del Papa tiene también un significado civil. No porque vaya a resolver nuestros problemas. Sino porque recuerda algo que estamos olvidando. Que una sociedad no se sostiene únicamente con leyes, presupuestos o instituciones. También necesita principios.

Parece una broma de mal gusto que el Gobierno de Pedro Sánchez quiera instrumentalizar la visita papal. Este presidente ha gustado presumir este tiempo de militancia atea, de leyes como la eutanasia, de hacer del aborto un derecho constitucional, de atacar la libre elección en la educación o de relegar a la familia tradicional frente a otros modelos transgénero.

España hace tiempo ya ha dejado de hablar de principios. Solo se grita. Se crean muros. Y cuando una nación acaba discutiendo únicamente sobre poder, se está sembrando el riesgo de arrumbar los principios democráticos fundamentales.

A. M. BEAUMONT

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