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Zapatero, contrabandista y defraudador fiscal: el juez abre otro sumario para investigar sus joyas

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El mito ha muerto. José Luis Rodríguez Zapatero, aquel presidente que para una parte del socialismo encarnaba la bondad, el diálogo y la altura ética, ha quedado fulminado por el destello de 1,3 millones de euros en joyas. Collares, sortijas, pendientes y pulseras rebosantes de diamantes, rubíes, zafiros y esmeraldas. No son simples adornos: son el epitafio político de un hombre que predicaba austeridad y termina con un tesoro en una caja fuerte de su despacho. "Ser socialista consiste en tener poco y dar mucho", decía. Más allá de lo que resuelva la Justicia, estas piezas ya lo han condenado ante la opinión pública. El icono de su corrupción está servido.

El juez de la Audiencia Nacional José Luis Calama ha abierto una pieza separada del caso Plus Ultra para investigar al ex presidente por contrabando y delito fiscal. La tasación preliminar de las joyas (1.323.915 euros) no tiene trazabilidad. No hay facturas, ni aduanas, ni justificantes que expliquen su origen o el pago de los tributos correspondientes. 

El magistrado ve indicios racionales de defraudación (posible ganancia patrimonial no justificada en IRPF, IVA, Impuesto de Sucesiones o Transmisiones Patrimoniales) y de introducción irregular de bienes de lujo en territorio nacional, superando con creces el umbral penal del contrabando. Zapatero podrá defenderse, como es lógico, pero la imagen ya es demoledora. En su epitafio político podremos leer: "Aquí yace el expresidente que atesoraba 1,3 millones en joyas mientras predicaba el socialismo".

A estas nuevas imputaciones se suman las que ya pesaban sobre él en la causa principal: organización criminal, tráfico de influencias, falsedad documental y blanqueo de capitales, relacionadas con el rescate de Plus Ultra y presuntas comisiones por influencias. El primer expresidente imputado en democracia ya no puede esconderse tras el aura de estadista.

Pedro Sánchez, sin embargo, no ve nada. Ni en las joyas, ni en el sumario, ni en nada que afecte a Zapatero. Sigue defendiendo su inocencia y prestándole “todo su apoyo”. Es comprensible: culpar a Zapatero equivaldría a admitir que el entorno que lo sostiene está podrido. Sánchez se ata al mástil del barco que se hunde porque sabe que, si Zapatero cae por corrupto, la sospecha salpicará inevitablemente a todo el proyecto sanchista. Los diamantes deslumbran, pero Sánchez prefiere cerrar los ojos. La realidad, sin embargo, es terca: Zapatero ha muerto para la opinión pública.