Miedo da: ¿De qué será capaz Sánchez?

José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez.
La corrupción siempre es grave e inaceptable. Pero existen distintos grados. Una comisión ilegal es intolerable. Un soborno degrada la vida pública. El enriquecimiento ilícito de quienes gobiernan constituye una traición a los ciudadanos.
Sin embargo, hay un escalón todavía más inquietante. Aquel en el que el poder comienza a actuar contra quienes tienen la obligación democrática de fiscalizarlo.
Por eso resulta tan perturbador todo lo que rodea al caso Leire Díez. Porque, si las investigaciones terminan confirmando lo que hoy apuntan algunos informes policiales, ya no estaríamos simplemente ante un problema de corrupción. Estaríamos ante el intento de desacreditar a jueces, fiscales, guardias civiles y periodistas cuyo trabajo consistía precisamente en investigar la corrupción que cercaba al entorno del presidente.
Y eso cambia completamente el escenario. Porque una democracia puede soportar gobiernos malos. Superar dirigentes mediocres. Incluso puede sobrevivir a episodios de corrupción.
Lo que difícilmente resiste es que se erosione la confianza en quienes deben controlar los abusos que parten de quienes llevan las riendas del Estado. Hablamos que la mafia de la fontanera socialista había logrado penetrar en la dirección de la Guardia Civil y en la Fiscalía General.
Mientras tanto, la valoración de las joyas del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, guardadas en una caja fuerte del PSOE, añade una nueva sombra sobre quien ha sido durante años uno de los principales referentes políticos y consejeros de Pedro Sánchez. El juez le añade ahora, a la acusación que ya tenía por el caso Plus Ultra, delitos fiscales y contrabando.
El expresidente habló inicialmente de una cifra cercana a los 15.000 o 30.000 euros. La herencia de la abuela de su esposa, dijo. Ahora se sabe que las estimaciones de expertos que las han valorado por mandamiento judicial sitúan su precio muy por encima de aquella cantidad: 1,3 millones de euros. Las joyas de Sissi Emperatriz. Una cifra obscena. Veremos qué determina la Justicia. Claro. Pero la política también funciona a través de imágenes. Y la sensación de deterioro institucional resulta demoledora. La falta de ética pública es absoluta.
La pregunta, a estas alturas, es inevitable. Si todo esto —es decir, una presunta estructura sufragada por el PSOE mediante facturas falsas para acabar con quienes investigaban al poder— ocurrió cuando todavía no existía una expectativa cercana de elecciones, ¿qué puede suceder durante este año que aún queda por delante?
El miedo no es lo que ya sabemos. Sino aquello que todavía desconocemos.
España necesita respuestas. La transparencia es imprescindible. Y, sobre todo, devolver la palabra a los ciudadanos cuanto antes.
La desconfianza se ha instalado en instituciones encargadas precisamente de vigilar al poder. El problema ya no afecta únicamente a un partido político. Empieza a erosionar la propia calidad de nuestra democracia.
Y las democracias, cuando llegan a ese punto, suelen tener una única salida digna. Las urnas.
A.M. BEAUMONT