Ánimo, Pedro

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
Hay semanas que no explican un país: lo desnudan. Y esta es una de ellas. Lo que durante meses algunos intentaron presentar como exageraciones, conspiraciones o “ruido judicial”, ha terminado revelándose como lo que era: la arquitectura interna de una cloaca política diseñada desde el corazón del poder socialista para defender a Sánchez de su propia biografía.
Los últimos informes de la UCO y de la UDEF no dejan lugar a interpretaciones creativas. La trama no era un satélite, ni un grupo de aventureros, ni una desviación puntual. Tenía mando, tenía jerarquía y tenía propósito. Y, según los investigadores, ese mando respondía a un nombre propio: Santos Cerdán, el hombre que acompaña a Pedro Sánchez desde el intento de pucherazo en las primarias socialistas y que desde entonces siempre aparece en las agendas más sucias y con las compañías más siniestras como Leire Díez y su grupo criminal, como la ha descrito el juez Pedraz en su auto.
Las anotaciones de Leire, esa figura que el Gobierno intenta presentar como una excentricidad aislada, muestran algo mucho más grave: reportaba cada movimiento, cada gestión, cada contacto, a la cúspide orgánica del PSOE. Y de esas anotaciones, la UCO concluye que las siglas “P. S.” no son un misterio esotérico: Corresponden al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
En cualquier democracia madura, este dato habría provocado dimisiones inmediatas, comparecencias urgentes y un cierre en falso del verano político. Aquí, en cambio, tenemos a una directora de la Guardia Civil que sigue aferrada al cargo como si la institución fuera un cortijo personal, y que persiguió a los agentes que estaban investigando delitos relacionados con el partido socialista y la familia de Sánchez y, según la propia directora, era conocedor de sus reuniones con las cloacas el ministro Marlaska. Tras su vergonzosa comparecencia en la comisión de interior del Senado, si tuviera un mínimo de decencia, la directora general de la Guardia Civil habría dimitido hace días. Pero la decencia es un bien escaso en el ecosistema del sanchismo, donde la responsabilidad política se ha convertido en un concepto extravagante.
Tenemos a un fiscal general condenado por delinquir que permitió que una banda criminal se reuniera con su mano derecha para perseguir a jueces, y mandó iniciar una causa contra la juez que investiga a a David Sánchez en Badajoz como perteneciente a una ¡banda criminal!, tenemos a un ministro de Justicia, Félix Bolaños, que no ha explicado aún porque Leire Díez manejaba textos legislativos previamente a su aprobación y remisión al Congreso de los Diputados. Tenemos informes policiales que ponen de manifiesto el hallazgo, tras registrar durante 12 horas la sede socialista, de documentos escondidos en los sótanos que acreditan una organización creada para destrozar a jueces, fiscales, policías y guardias civiles.
España ha entrado en la semana en el que el sanchismo y su verdadero creador, Zapatero, se ha visto cara a cara con la Justicia, y entra así en su semana grande, el prólogo de otras muchas que vendrán. Podrán irse de vacaciones, podrán intentar cambiar el foco, podrán repetir el mantra de la “derecha judicializada”. Pero la realidad, esa enemiga implacable del relato, les perseguirá con paso de gigante. La pregunta ya no es si habrá imputaciones. La pregunta es cuántas y hasta dónde llegarán. Y si el PSOE podrá seguir sosteniendo el discurso de la superioridad moral mientras la UCO y la UDEF van desmontando, pieza a pieza, la maquinaria que algunos creyeron eterna. España merece saber la verdad. Y la verdad, esta vez, no la controla Moncloa.
Sin duda la frase, ¡ánimo, Pedro!, con la que Feijóo terminó su intervención en el pleno de control al gobierno del miércoles pasado, resume a la perfección el estado de ánimo del grupo socialista. Las caras de los diputados eran de desesperación, aunque se empeñaban en reír con sonrisas que parecían muecas, todos estallaban en carcajadas desesperadas al unísono cuando se les recordaba su corrupción. La bancada socialista recordaba los últimos días del búnker berlinés de Hitler, tan bien descrito en la película “el hundimiento”, donde los últimos jerarcas nazis se dedicaban a reír y dar rienda suelta a sus bajos instintos, para olvidar que las tropas soviéticas estaban a escasos metros de su refugio.
Sin duda estamos ante el hundimiento del sanchismo, cercado por la UCO y la UDEF, pero los últimos en permanecer en el búnker gritan sin cesar ¡ánimo, Pedro sálvanos! como epitafio de la caída del régimen basado en la mentira, el enfrentamiento y la corrupción. Es cuestión de meses, semanas o días, pero el final se asoma por las puertas del búnker en el que se ha convertido el grupo socialista del Congreso.