opinión
El arte de comulgar con ruedas de molino

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
Miren, lo del Sanchismo ya no es una cuestión de gestión política; es un ejercicio de fe ciega. Asistimos estos días a un panorama procesal en el entorno más íntimo de La Moncloa que en cualquier democracia seria habría provocado una mudanza exprés. Pero aquí no. Aquí se aplica la máxima de la casa: negar la mayor, atacar al mensajero y, si hace falta, decir que la Tierra es plana.
En la cúspide de este festival del cinismo emerge, incombustible, María Jesús Montero. Es digno de estudio. Con ese tono de reñir al personal, la portavoz espiritual del sanchismo en Andalucía sale a diario a defender lo indefendible. Da igual que la realidad procesal sea la que es; para ella todo es un "complot de la ultraderecha" y de jueces con malas intenciones.
Según el evangelio de Moncloa, el entorno de Sánchez no está bajo la lupa de la justicia por presuntos chanchullos: son héroes de la resistencia progresista acosados por el fango. Y lo peor es que se lo creen entre ellos mismos.
La doble vara de medir ya es de categoría olímpica. Lo que en la oposición era motivo de dimisión fulminante, hoy se despacha con una sonrisa de suficiencia de la señora Montero y una ración doble de ventilador. Es el descaro institucionalizado, la pantomima diaria de quienes se creen inmunes al peso de las pruebas y a la decencia política.
Mientras el ciudadano de a pie paga sus facturas, madruga y cumple la ley sin rechistar, ellos siguen tocando el violín en la cubierta del barco. Veremos cuánto les dura la música y el decorado. Pero, de momento, la señora embajadora del sanchismo sigue empeñada en que el resto de los mortales practiquemos, por decreto y sin rechistar, el arte de comulgar con ruedas de molino.