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Ferran Torres celebra el gol en la final del Mundial

Ferran Torres celebra el gol en la final del Mundial

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Hay días en los que la política debe hacerse a un lado. Hoy, cuando España es campeona del mundo de fútbol, es uno de ellos. Dieciséis años después de aquella noche inolvidable de Johannesburgo, la selección vuelve a colocar una estrella en su camiseta. Ya son dos.

España derrotó a Argentina en la prórroga. Un gol de Ferran Torres devolvió a todo un país una alegría que parecía reservada para los recuerdos. Eran nuevos nombres, un escenario distinto, otra generación de futbolistas. Sin embargo, el grito no cambió. España volvía a ser campeona del mundo.

Durante unas horas desaparecieron las trincheras. Nadie preguntó al que tenía al lado qué votaba, qué periódico leía o a quién culpaba de los problemas del país. En las casas, las calles, las plazas y los bares solo había españoles pendientes de una camiseta común.

El fútbol volvió a conseguir lo que la política lleva demasiado tiempo empeñada en destruir: reunir a personas diferentes alrededor de algo que sienten como propio.

No hace falta exagerar. Una victoria deportiva no resuelve los problemas de España. Mañana seguirán ahí los juzgados, las broncas parlamentarias, la corrupción, los insultos y una clase política demasiado acostumbrada a levantar muros.

Pero hoy no. Hoy toca celebrar a un grupo de futbolistas que ha sabido competir, sufrir y ganar. Una selección con talento, carácter y una extraordinaria naturalidad. Un equipo que no ha necesitado discursos para representar a España. Le ha bastado con jugar unido y no rendirse.

Quizá esa sea también la enseñanza. Los grandes éxitos colectivos llegan cuando cada uno pone su capacidad al servicio del conjunto. Cuando nadie se considera más imprescindible que el equipo. Cuando la bandera no separa, sino que reúne.

La selección nos ha regalado una segunda estrella. Y, durante unas horas, algo todavía más difícil: un país orgulloso celebrando unido.

Disfrutémoslo. La política puede esperar hasta mañana.

A.M. BEAUMONT

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