opinión

Orgullosamente vasco, orgullosamente español

Oyarzabal

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Soy el típico millennial nacido en Bilbao que se siente tan orgulloso de ser vasco como español. Nunca he renegado de España ni pienso hacerlo, pero tampoco acepto que mi condición de no nacionalista sirva de pretexto para despreciar la cultura, las tradiciones y la identidad de la tierra que me vio nacer.

Evidentemente, no hablo en nombre de todos los vizcaínos, guipuzcoanos y alaveses. Euskadi es una tierra plural, en la que conviven sensibilidades, opiniones y sentimientos muy diversos. Pero sí puedo afirmar, con naturalidad y sin complejos, que somos muchos los vascos que nos sentimos plenamente españoles.

Para quienes vivimos esa doble identidad con orgullo, el reciente éxito de nuestra selección ha tenido un significado especial. Cada vez que España compite, sentimos que una parte de nosotros también está representada en el terreno de juego. Y cuando llega la victoria, la satisfacción es aún mayor.

Amo profundamente mi tierra vasca, sus costumbres y su forma de entender la vida. Pero mi sentimiento de pertenencia no termina en Euskadi: se extiende también al conjunto de España. Por eso, cuando nuestra selección derrotó a Argentina, experimenté una alegría difícil de explicar, de esas que te desbordan y permanecen durante mucho tiempo.

Ese orgullo no se limita al equipo como colectivo. Se hace aún mayor al ver a jugadores como Unai Simón, un alavés que defiende la camiseta de España con la misma convicción con la que siente sus raíces. O como Nico Williams, navarro de nacimiento, bilbaíno de adopción y jugador del Athletic, el equipo de mis amores junto al Mirandés. Ambos demuestran que sentirse español y vasco no solo es posible, sino también perfectamente compatible.

Por esa misma razón me preocupa, y mucho, lo ocurrido hace unos días en Bilbao. Grupos de violentos intentaron impedir que otros bilbaínos disfrutaran de la final frente a Argentina, movidos únicamente por su rechazo visceral a todo aquello que representa España. Esta actitud merece una condena firme y sin matices. Como vasco no nacionalista, seguiré denunciándola siempre que sea necesario. Nadie tiene derecho a amedrentar a quienes nos sentimos españoles por el simple hecho de expresar un sentimiento profundo que llevamos dentro.

Personalmente, he de reconocer que disfruté como un quinceañero de la gran final. No solo por ver a la selección española competir a un nivel extraordinario y alcanzar una victoria merecida, sino también por contemplar a un grupo de jugadores que, más allá de sus nombres, orígenes o historias personales, entendieron algo fundamental: que el éxito colectivo siempre debe estar por encima de cualquier individualismo.

Asimismo, estoy convencido de que millones de españoles —entre los que incluyo, por supuesto, a los vascos que sentimos España como parte de nuestro sentimiento de pertenencia— coincidirán en que esta selección ha demostrado que un grupo unido, capaz de remar en la misma dirección, puede superar a rivales de élite como la Bélgica de Courtois, la Portugal de Cristiano Ronaldo o la Argentina de Messi y Dibu Martínez, además de a cualquier otro gran desafío que pueda presentarse en el futuro.

Porque las banderas y los lugares donde nacemos forman parte de nuestra historia, pero no tienen por qué convertirse en fronteras que nos separen. No es necesario renunciar a una parte de nosotros mismos para amar plenamente la otra. En el fondo, nuestras raíces, aunque diversas, son complementarias; y cuando dejamos de vernos como rivales para reconocernos como compañeros de viaje, somos capaces de alcanzar juntos grandes metas. Quizás ahí resida la verdadera grandeza de la selección española: en recordarnos que, cuando caminamos unidos, España late con más fuerza.