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La felicidad de Feijóo y Ayuso frente al triste Sánchez

Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso en un momento distendido de su encuentro en la Real Casa de Correos.

Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso en un momento distendido de su encuentro en la Real Casa de Correos.

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Hay una batalla política de la que apenas se habla. No tiene que ver con los impuestos, la inmigración o la corrupción. Por importantes sean. Es mucho más profunda. Es la batalla por el estado de ánimo de una sociedad.

La izquierda ha cometido un error que puede costarle muchos años de poder: ha renunciado a hablar de felicidad. Prohibir es en estos tiempos su palabra favorita.

Durante décadas la izquierda se apropió de la idea del progreso. Era quien prometía un futuro mejor, quien transmitía esperanza. Hoy, sin embargo, algo ha cambiado. En buena parte de Occidente, y también en España, una parte de la derecha ha comprendido que la ilusión también gobierna. Y que gana elecciones.

Alberto Núñez Feijóo habla de normalidad. Isabel Díaz Ayuso insiste en que Madrid es una región donde la gente puede prosperar, emprender y vivir mejor. Se podrá discrepar de sus políticas, pero ambos proyectan un mensaje optimista: España puede funcionar y el futuro merece la pena.

No es un caso aislado. Por poner dos ejemplos de ediles populares de grandes ciudades, José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid, ha convertido la cercanía, el humor y la naturalidad en una de sus principales fortalezas. Miguel Ángel Recuenco, alcalde de Leganés, transmite en su día a día la satisfacción de quien disfruta transformando su ciudad y habla de futuro, de vivir mejor y de felicidad con ilusión. El lema “Soy feliz. Vivo en Leganés”, hace fortuna. La simpatía, desde luego, no sustituye a la buena gestión, pero sí ayuda a conectar con los ciudadanos. Quien transmite confianza parte con ventaja sobre quien vive instalado en el pesimismo.

Pedro Sánchez representa justamente lo contrario. Su relato necesita un adversario permanente. La derecha, los jueces, los medios de comunicación, los empresarios o cualquiera que discrepe. La corrupción que le rodea agria cada vez más su carácter. Siempre hay un muro que levantar, un enemigo al que señalar o un conflicto que alimentar. El enfrentamiento ha dejado de ser un problema para convertirse en un método de hacer política.

No es casualidad que cada vez más ciudadanos desconecten de ese discurso. La gente ya soporta suficientes preocupaciones cuando llega a fin de mes, busca una vivienda, intenta sacar adelante a su familia o teme por conservar su empleo. No necesita que quien gobierna le recuerde cada mañana que vive en un país condenado al conflicto.

Gobernar no consiste en prometer una felicidad ingenua. Consiste en crear las condiciones para que cada persona pueda construir la suya. Ahí reside la diferencia entre una política que abre oportunidades y otra que necesita mantener vivo el malestar para justificarse.

Quizá esa sea una de las claves del momento político. Mientras una parte de la izquierda parece empeñada en gestionar el enfado, la derecha ha descubierto el valor electoral de la esperanza.

Porque al final los ciudadanos no eligen únicamente un programa. También eligen un estado de ánimo. Las elecciones siempre las gana quien consigue que un país vuelva a creer en sí mismo. Porque los ciudadanos podrán soportar sacrificios, pero nunca elegirán voluntariamente un proyecto que les invita a vivir tristes. La felicidad también hace política.

A. M. BEAUMONT

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