la mirilla
Sánchez indultará a Ábalos, a su hermano y a Begoña
Pedro Sánchez en su balance de curso
Hay decisiones políticas que se anuncian con solemnidad. Otras, en cambio, se incluyen cuando casi nadie mira. Agosto se ha convertido en el mes perfecto para ello. El Parlamento baja la persiana, la actualidad se ralentiza, media España está pendiente de las vacaciones y la atención pública disminuye. Es entonces cuando el Gobierno ha decidido conceder una serie de indultos a condenados por corrupción. Entre ellos figuran antiguos cargos socialistas y también responsables vinculados a partidos independentistas que tienen en sus manos la supervivencia parlamentaria de Pedro Sánchez.
No deja de ser una paradoja. O quizá algo peor. Porque el mismo presidente que hoy firma estos perdones afirmaba hace unos pocos años que “no tiene absolutamente ningún sentido que un político indulte a otro político”. Era una declaración rotunda. Sin matices. Entonces los indultos parecían un escándalo. Hoy son una herramienta más del poder.
La regeneración democrática que tantas veces prometió el sanchismo acaba encontrando un curioso significado: rehabilitar a quienes fueron condenados por utilizar indebidamente el poder que recibieron de los ciudadanos.
No se trata únicamente del contenido de los indultos. También importa el momento elegido. Las decisiones más controvertidas siempre parecen encontrar refugio en el calendario. Cuanto menor es la atención pública, mayor parece ser la tranquilidad del Gobierno para ejecutarlas.
El problema de fondo es otro. Si un Gobierno convierte el indulto en un instrumento político, inevitablemente surge la duda de dónde está el límite. Si hoy se perdona a condenados por corrupción que pertenecen al propio espacio político o sostienen la mayoría parlamentaria, ¿qué impedirá mañana hacer lo mismo con otros nombres cercanos al poder? La pregunta no resulta extravagante viendo el panorama judicial que rodea al entorno del presidente. Ábalos, el hermano de Sánchez o incluso su esposa aparecen de forma recurrente en la actualidad judicial. Nadie puede afirmar que vayan a necesitar un indulto. Pero tampoco nadie imaginó hace unos años que quien proclamaba que un político jamás debía indultar a otro terminaría haciendo exactamente eso.
Con Pedro Sánchez ocurre una constante: el único límite que nunca supera es el de sus propias contradicciones. Porque ese límite hace tiempo que dejó de existir.
A.M. BEAUMONT