editorial
Sánchez impasible ante el ensayo de invasión de Ceuta y Melilla por Marruecos: crisis nacional
Lo que está en juego no es solo la capacidad de acogida de dos ciudades de tamaño reducido. Es la integridad territorial y la credibilidad de un Estado que parece incapaz de defender sus fronteras cuando el desafío viene de un socio “estratégico
Varias personas intentan cruzar la frontera a nado, a 30 de julio de 2026, en Ceuta
Lo ocurrido este jueves en Ceuta y Melilla no es una avalancha migratoria espontánea. Es algo mucho más grave: una operación orquestada desde Marruecos que tiene todos los visos de un ensayo en toda regla de invasión de las dos ciudades autónomas españolas. Las imágenes que circulan lo dejan meridianamente claro. No se trata de desesperados que actúan por su cuenta, sino de un ataque coordinado a la soberanía nacional, ejecutado con la permisividad —cuando no con la colaboración pasiva— de las autoridades del reino alauita. Miles de personas, en su mayoría jóvenes marroquíes, cruzaron a nado el espigón del Tarajal o a pie bordeando la frontera, desbordando por completo a la Guardia Civil y a los servicios de emergencia. Escenas que recuerdan, con escalofriante precisión, a la Marcha Verde de 1975 sobre el Sáhara: una presión demográfica utilizada como arma política para poner a prueba la resolución de España.
La respuesta del Gobierno de Pedro Sánchez ha sido, una vez más, más que tibia. Mientras el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, reclamaba la declaración de emergencia nacional y un mando único, Moncloa se limitó a movilizar tarde y a regañadientes al Ejército, a anunciar devoluciones acordadas con Rabat y a rechazar la emergencia. Sánchez viajará hoy a Ceuta, pero el daño ya está hecho. Esta parálisis no es casual: forma parte de una política exterior basada en cesiones continuas a Marruecos a cambio de nada. El reconocimiento del plan de autonomía para el Sáhara, las inversiones y los gestos de buena voluntad no han servido para blindar Ceuta y Melilla. Al contrario: han abonado la sensación de que España es un vecino débil al que se puede presionar sin consecuencias.
Lo que está en juego no es solo la capacidad de acogida de dos ciudades de tamaño reducido. Es la integridad territorial y la credibilidad de un Estado que parece incapaz de defender sus fronteras cuando el desafío viene de un socio “estratégico”. Mientras el Gobierno mira hacia otro lado, Ceuta y Melilla viven una crisis humanitaria, social y de seguridad que amenaza con convertirse en crónica. España no puede seguir interpretando estos episodios como meros flujos migratorios. Son ensayos de soberanía ajena. Y cada cesión, cada demora, cada tibieza solo invita a que el siguiente acto sea aún más audaz.