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El presidente fantasma

Pedro Sánchez y Félix Bolaños junto al director de gabinete de Sánchez, Diego Rubio.

Pedro Sánchez y Félix Bolaños junto al director de gabinete de Sánchez, Diego Rubio.Europa Press

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España tiene como presidente a un fantasma que no gobierna, no toma decisiones, no asume responsabilidades: solo aparece y posa para salir con el mejor perfil en las fotos. Pedro Sánchez, en el extranjero, va como un figurín; por España, se esconde. Aparece en las escenas, siempre blindado por un cordón de seguridad que lo aleja de los ciudadanos, como si el pueblo fuera su enemigo y no la razón misma de su cargo. Adónde va, aterriza, suelta su discurso vacío, se hace la foto y despega antes de que la gente termine de respirar. El pueblo, le da asquito.

Lo demás (el barro, los muertos, las promesas rotas) se lo deja al otros, normalmente a los políticos de la oposición. Porque este sujeto no sabe liderar en la dificultad: administra las crisis como puro marketing. Catástrofe tras catástrofe, año tras año, mientras él perfecciona el encuadre de sus videos y sus recomendaciones musicales en TikTok.

Empezamos por la última herida aún abierta: Ceuta. Ciudad tan española como el jamón serrano, desbordada por las 75.000 personas que entraron de forma irregular en cuestión de horas. Y miles de españoles angustiados y atemorizados. ¿Cuál fue la primera reacción del Gobierno? Controlar el mensaje. Echar fulminantemente a la persona de prensa que dio la información real, porque el dato incomodaba el guion.

Horas después Sánchez posó, habló grandilocuente de “ataque” y de “violación de la integridad territorial” y prometió “todos los recursos del Estado”: palabras mayúsculas para tapar una gestión minúscula, insignificante, irrisoria.

Tan grande fue el papelón del gobierno, mientras Europa entera nos mira con recelo, que hasta el Rey Felipe VI, en un acto inédito, salió a expresar su indignación y recordarle, en público, que la seguridad de Ceuta y Melilla es obligación del gobierno.

No ha sido la primera vez en la que evidenció dejación de funciones. Lo vimos en el volcán de La Palma en 2021. 85 días escupiendo lava, casas enteras sepultadas, vidas partidas por la mitad. ¿Y el presidente? Presentísimo… pero solo para la cámara. Visitó la isla diez veces. Diez. En cada una prometió un plan integral, reconstrucción, dinero a raudales; 60.000 euros por vivienda destruida, decían desde Moncloa. Cinco años después, decenas de familias siguen viviendo en contenedores, no se ha entregado ni una sola de las viviendas prometidas y quedan cientos de millones de euros en ayudas sin repartir, en una gestión que los propios afectados denuncian como opaca y ‘a la carta’, con terrenos sepultados por la lava comprados a precio de saldo mientras ellos aún no tienen dónde vivir.

En octubre de 2024, la Dana ahogó Valencia, dejando más de 200 muertos. Sánchez tardó seis días en pisar la zona cero. Cuando por fin fue a Paiporta, junto a los Reyes, se encontró algo que su gabinete de imagen no había previsto: un pueblo que evidenció de una manera natural su rechazo por el abandono que había sufrido en esos días. Le lanzaron barro. Le lanzaron palos y piedras. Le gritaron “asesino”. Su coche acabó abollado y tuvo que salir escoltado a toda prisa entre la multitud. ¿Cuál fue su reacción? En lugar de agachar la cabeza, escuchar, y asumir su culpa, restó importancia a la furia, como si aquella gente arruinada y de luto no fuera más que un incidente marginal. El pueblo enterrando a los suyos, y él preocupado por el plano. “Yo estoy bien”, dijo el muy miserable. Esa es la empatía de Pedro Sánchez: dura exactamente lo que dura el clic de un obturador. Más propio de un psicópata alejado de la realidad que de un político que se precie respetuoso por su pueblo.

Saltemos a los incendios de estas semanas. Con media España ardiendo —más de 180.000 hectáreas calcinadas, la peor temporada en tres décadas—, Sánchez tuvo la ocurrencia de pasearse por Ávila repartiendo promesas y un flamante ‘Pacto de Estado’ por el clima. ¿Cómo le recibieron los vecinos? Pues a gritos, como no podía ser de otra manera. Has perdido tu casa y este cantamañanas te habla del cambio climático. Cuando el incendio lo provocó un coche eléctrico que ardió… hace falta ser (póngales ustedes el adjetivo, a mí se me acaban).

Tanto en Ávila como en La Vall de Uxó, Castellón, aterrizó en helicóptero, como una estrella del rock, con 100.000 evacuados. Soltó su discursito y volvió a huir a paso ligero hacia su helicóptero. Mientras tanto, los damnificados de los incendios del año anterior siguen esperando las ayudas que ya les había prometido. Prometer es gratis y sale en el telediario; cumplir, en cambio, no da réditos, sobre todo cuando ni tienes presupuestos de los que tirar en situaciones de emergencia.

Y no me olvido de la presencia más indigna. Enero de 2026. Adamuz. Dos trenes chocan. 46 muertos. Y las primeras investigaciones ya apuntaban a un fallo en la vía, es decir, a la infraestructura que gestiona su propio Ministerio de Transportes. ¿Qué haría un presidente decente ante eso? Dar la cara, pedir perdón, asumir responsabilidad y mandar a su casa al ministro. ¿Qué hizo Sánchez? El Gobierno organizó un funeral de Estado laico y, cuando las familias se indignaron, lo canceló. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que se suspendió para evitar otro Paiporta, para evitar los abucheos. No se atrevió a mirar a los ojos a las familias de sus propios muertos por miedo al pitido. Por cobarde. Porque es un miserable.

La oposición lo acusó de humillar a las víctimas, y le sobraba razón. Sánchez ni siquiera acudió al funeral multitudinario: fueron los Reyes quienes dieron la cara. Él es un fantasma. Reapareció semanas más tarde, en un actito exprés, con paraguas y rodeado de sus vicepresidentas, sin un solo familiar delante. Hasta el duelo lo convirtió en una foto controlada, con su iluminación y su plano corto. Así opera ‘Mr. Handsome / Mr.Hyde.’ La misma historia se repite, una y otra vez. Calcando una crisis con otra.

¿Ven el patrón? La Palma, Paiporta, los incendios, Adamuz. Cambian el escenario y cambian los muertos, pero el guion es siempre idéntico: aparece para la foto, promete lo que no piensa cumplir, blinda su figura y desaparece en cuanto el pueblo abre la boca. No se junta con la gente. Se junta con el objetivo de la cámara. Es puro postureo climático, empatía de guion y un vacío intelectual que ni el mejor asesor de imagen del mundo consigue maquillar.

Este patrón no es casualidad: es su método. Primero hace un despliegue mediático, con su avión, su helicóptero y su cordón de guardaespaldas. Luego hace un anuncio rimbombante, el pacto de Estado, la cifra millonaria que suena a salvación. Y después, el silencio administrativo, los expedientes bloqueados, las familias esperando durante años una ayuda que no llega. La foto es inmediata; la solución, nunca llega. Porque para él lo urgente nunca es el damnificado: es el titular del día siguiente.

A un presidente se le mide en la tragedia, no en los platós. Y este individuo, cada vez que España lo ha necesitado de verdad, ha estado más ocupado cuidando el encuadre que en lo que realmente importa. España no necesita un ‘influencer’ con escoltas, ni un actor de reparto que confunde gobernar con posar. Necesita un presidente decente, capaz de bajar al barro sin que le tiemble la sonrisa, capaz de aguantar el abucheo sin salir corriendo hacia el helicóptero.

Y la última, la más anecdótica pero sorprendente. Por fin Sánchez podía sacar pecho. España ganaba el Mundial de fúbol en Nueva Jersey. Viajó de tapadillo, a última hora. Sin que nadie se enterara. No hay imágenes de él durante el partido, al final bajó al césped y fue boicoteado por la propia organización y por Trump. Es tan sorprendente como patético. Fue a colgarse la medalla y sumó su enésimo ridículo. Este presidente hace rato que no aparece. Solo queda de él un holograma, un fantasma. Y los fantasmas, ya lo saben ustedes, solo se dejan ver en fotos.

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