editorial

Óscar Puente, relevo de Sánchez: el suicidio del PSOE

Si el presidente es cínico y sin escrúpulos, el ministro añade un plus de beligerancia visceral, de tuitero macarra convertido en ministro, de radicalidad sin filtros

Óscar Puenteimagen creada por IA

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El Partido Socialista Obrero Español se precipita hacia el abismo en caída libre y sin frenos. Pedro Sánchez, el líder que lo ha transformado en una máquina de polarización, clientelismo y erosión institucional, actúa como un cáncer que metastatiza: pactos con independentistas y Bildu, amnistías a medida, desgaste permanente y un relato que solo moviliza a los más fanatizados. El partido de Felipe González y de las mayorías moderadas se ha reducido a un cascarón radicalizado, cada vez más alejado del centro y de los españoles que no comulgan con el sanchismo.

En este contexto de decadencia, Óscar Puente se postula como posible relevo. El ministro de Transportes, en una reciente entrevista, sitúa la sucesión al final de la próxima legislatura —hacia 2030-2031— y no se descarta. Con metáforas baloncestísticas, asegura que no pasaría la pelota si le tocara el último tiro, mientras canoniza a Sánchez como “el Michael Jordan del equipo” y “el mejor líder posible”. No es modestia: es cálculo. Puente, el más ruidoso y agresivo de los sanchistas, el que ha hecho de la confrontación en redes y de los ataques sectarios su marca, representa la continuidad del veneno, pero en dosis más altas.

Si Sánchez es cínico y sin escrúpulos, Puente añade un plus de beligerancia visceral, de tuitero macarra convertido en ministro, de radicalidad sin filtros. Elegirlo no sería renovación: sería suicidio. Insistir en la misma línea de sectarismo y polarización extrema solo aceleraría la irrelevancia del PSOE. El drama es que puede ocurrir. La militancia que queda, diezmada y depurada por años de control férreo, es precisamente la más radical de entre los radicales. Ellos no quieren un partido de gobierno abierto; quieren un ejército de trinchera. Y Puente es su hombre.

Así, el PSOE se condena a sí mismo. Mientras el país pide seriedad y centralidad, Ferraz se prepara para entregar el testigo al más agresivo de los suyos. No es un relevo: es el último acto de una autodestrucción anunciada.