la mirilla
Sánchez cada día más incapacitado para seguir en La Moncloa

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comparece en el Congreso
Lo preocupante de Pedro Sánchez no es que desee entenderse con Marruecos. Todos los presidentes españoles lo han hecho. La gran preocupación es que esté más empeñado en justificar al vecino que en exigirle explicaciones por lo ocurrido en Ceuta.
La buena vecindad obliga a las dos partes. En este caso, España soporta las consecuencias y, además, da las gracias. Hay razones de sobra para reclamar que los españoles juzguen esta gestión en las urnas.
Sánchez ha vuelto a defender la colaboración marroquí para facilitar los retornos. Pero esa colaboración no despeja las sospechas sobre la posible responsabilidad de Rabat en haber provocado o consentido la crisis. Un informe policial apunta a agentes marroquíes que habrían guiado la entrada. Agradecer la ayuda posterior no puede servir para apartar la mirada de lo sucedido antes.
La diplomacia exige prudencia. También firmeza. Y resulta difícil encontrar esta última en la defensa presidencial de nuestra frontera. Entenderse con Marruecos no obliga a justificarlo.
Los ceutíes no necesitan que les expliquen lo útil que resulta la relación con Rabat. Necesitan comprobar para qué les sirve a ellos. La cooperación entre gobiernos pierde todo su sentido si no proporciona seguridad y garantías a quienes viven junto a la frontera.
Con los avisos previos ocurre algo parecido. El presidente sostiene que ninguno anticipó la dimensión de lo sucedido. Como si la responsabilidad de un Gobierno empezara únicamente cuando alguien le entrega una predicción exacta de la catástrofe. Para prevenir una emergencia no hace falta adivinar cuántas personas van a cruzar una frontera. Hace falta valorar las advertencias y actuar en consecuencia.
Ese es el debate que Sánchez debe afrontar. No basta con defender las decisiones tomadas: hay que responder también por las que no se tomaron. Y aceptar que rendir cuentas puede tener consecuencias sobre la continuidad de quienes gobiernan.
Mientras tanto, España salió masivamente a acompañar a Ceuta. Sus ciudadanos recordaron algo elemental: vivir al otro lado del Estrecho no puede significar tener menos derecho a sentirse protegidos.
La permanencia de un presidente no está por encima de la tranquilidad de un país. Cuando resistir se convierte en el único proyecto político, son los ciudadanos quienes pagan la factura. Sánchez no puede convertir su supervivencia política en una razón de Estado.
España abrazó ayer a Ceuta. Ahora necesita que Sánchez deje de abrazarse al poder. Que asuma su responsabilidad política, disuelva las Cortes, convoque elecciones y permita que hablen los españoles.
A. M. BEAUMONT