ESdiario

el bisturí

Médicos, hay que decirlo más

Médicos UAX/ Universidad Alfonso X El Sabio

Médicos UAX/ Universidad Alfonso X El Sabio

Creado:

Actualizado:

En esta deriva actual en la que vivimos, que minusvalora el esfuerzo individual, colectiviza el fracaso infantilizando a los responsables y se empeña en igualar los premios a los esfuerzos de unos con los de la desidia de otros, no extraña en absoluto la manía de muchos medios de comunicación, irresponsables políticos y otros actores sociales en borrar la palabra médico y sustituirla por la de sanitario.

Resulta gracioso pensar que muchas de las frases más habituales que escuchamos en consulta consisten en preguntas incómodas y exigen respuestas difíciles por parte de un médico, no de otro sanitario. Ahí no somos todos sanitarios. Ante la aparentemente sencilla cuestión de un paciente sobre cuánto tiempo tendrá que esperar por una prueba o una intervención quirúrgica, o la delicada cuestión de cuánto tiempo le queda de vida a su familiar, la palabra sanitario se disuelve como un azucarillo. Ahí ya no somos todos iguales. Ejemplo menor este. Pero puede servir.

España continúa teniendo un sistema sanitario que, pese a sus problemas, merece ser defendido. Nuestros profesionales están extraordinariamente formados, la cobertura es amplia y la atención urgente y hospitalaria sigue siendo, en muchos casos, de enorme calidad. Precisamente por eso debemos ser capaces de reconocer sus dificultades sin caer en dos errores igualmente peligrosos: decir que todo funciona estupendamente o afirmar que la sanidad está completamente hundida. Ninguna de las dos cosas es verdad. Pero la tendencia es evidente para todos.

Cuando hablamos de sanidad, el debate político cuando se afronta esa tendencia suele empezar y terminar en una cifra: cuánto se gasta. Y por ahí viene la manía de borrar, erradicar, la palabra médico. Naturalmente, el dinero importa. Pero un sistema sanitario no funciona simplemente introduciendo más euros en una máquina. Necesita médicos, pero también mucho personal de enfermería, fisioterapeutas, técnicos, administrativos, infraestructuras, tecnología y muchos otros. Pero por encima de todo, organización.

Paradójicamente, una medicina mejor genera también más demanda sanitaria. Una persona que antes fallecía después de un infarto puede vivir ahora veinte o treinta años más. Un paciente con cáncer puede convertirse en superviviente durante décadas. Una persona con insuficiencia cardíaca puede recibir tratamientos sofisticados y mantener una vida razonablemente buena. Todo eso es una victoria de la medicina. Pero las victorias también tienen un precio.

Y aquí empieza la política. La sanidad no es solamente una cuestión médica. Es una decisión política. Lo es porque alguien decide cuánto dinero se dedica a ella. Alguien decide cuántos profesionales se forman. Alguien decide cómo se contrata. Alguien decide si se construye un hospital, si se amplía un centro de salud, si determinados servicios se gestionan directamente o mediante empresas externas. Y en España hay una dificultad añadida: la sanidad está fundamentalmente en manos de las comunidades autónomas, siendo demasiado sencillo que unos culpen al Gobierno central y otros a las autonomías.

Como médico, desconfío de las soluciones que empiezan por una etiqueta ideológica. He visto hospitales públicos magníficamente gestionados y otros que funcionan peor de lo que deberían. He visto profesionales extraordinarios trabajando en estructuras privadas y también he visto decisiones empresariales que no deberían estar por encima del criterio clínico. Osasunbidea, SACYL, SERMAS, SAS, SESPA. Los conozco. Algunos muy bien. Y todos ellos, en uno u otro momento, han caído en el error de pretender borrar al médico eliminando su nombre y cambiándolo por el de sanitario.

No es una cuestión semántica. Las palabras importan porque nombran realidades. Un médico no es «un sanitario» del mismo modo que un arquitecto no es simplemente «un profesional de la construcción». Un médico ha recorrido una formación universitaria larga y exigente, ha adquirido unas competencias específicas y, en muchas ocasiones, ha completado una formación especializada de varios años. Su responsabilidad ante determinadas decisiones clínicas no puede diluirse en una categoría genérica.

Y decir esto no resta un ápice de valor a cualquiera de los profesionales que sostienen cada día nuestro sistema sanitario. Precisamente al contrario. Llamar a cada profesional por su nombre es reconocer su profesión, su preparación y su responsabilidad. Nadie pensaría que llamar médico a un médico constituye un menosprecio para la enfermería. ¿Por qué habría de suceder al revés?

Llevo veinte años ejerciendo la medicina y todavía me sorprende la cantidad de veces que una palabra aparentemente inocente sirve para esconder una realidad mucho más incómoda. Cuando un paciente entra en una consulta no entra a ver «a un sanitario». Entra a ver a su médico. Y espera de él conocimiento, criterio, experiencia y, llegado el caso, una decisión.

Quizá deberíamos recuperar algo tan sencillo como llamar a las cosas por su nombre. No para establecer jerarquías artificiales, sino para reconocer responsabilidades reales. La sanidad necesita equipos. La medicina necesita médicos. Y los pacientes necesitan saber quién les atiende y qué responsabilidad tiene cada profesional.

Por eso, cuando alguien me pregunte cuál es mi profesión, seguiré contestando lo mismo que hace veinte años. Soy médico. Y no creo que haya ninguna razón para pedir perdón por decirlo.

tracking