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Sánchez vuelve a fracasar en Ceuta: caos total en un traslado de inmigrantes que no resuelve nada

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Cincuenta días después de la avalancha del 30 y 31 de julio, Pedro Sánchez sigue gobernando Ceuta a golpe de parche. Esta mañana ha vuelto a demostrarlo. El traslado de los inmigrantes acampados en El Trampolín y Benítez hacia el campamento del puerto ha sido, otra vez, un espectáculo de descontrol: carreras, avalanchas, disparos al aire y una masa que se lanza a por 1.700 plazas cuando en las playas había más de 4.000 personas.

No es un incidente. Es el método. El Gobierno habilita un recurso insuficiente, empuja a miles de personas a pie por dos kilómetros y pretende venderlo como solución. El resultado es el de siempre: el puerto se llena en horas y El Trampolín sigue ahí. Quienes no cabían han vuelto a la arena. Las chozas, el hacinamiento y la imagen de una ciudad española convertida en campamento improvisado no se han ido. Solo se han movido unos metros.

Ya ocurrió el 20 de agosto. Entonces también se “vació” El Trampolín. La ministra Elma Saiz lo proclamó como un éxito. Horas después, cientos de inmigrantes regresaron a la playa. Hoy se repite el mismo truco, con el mismo desenlace. Sánchez va de anuncio en anuncio y de fracaso en fracaso: primero dijo que se devolvería a casi todos; después que quedaban 5.000; luego que haría 6.000 plazas; después 10.000. Mientras tanto, las devoluciones no llegan, las cifras se contradicen y Ceuta permanece ocupada de hecho.

Lo grave no es solo la chapuza operativa. Es la ausencia de política. Un traslado caótico a un muelle tomado por decreto no cierra la frontera, no identifica con rigor, no expulsa y no devuelve la ciudad a sus vecinos. Solo desplaza el problema de la playa al puerto y deja intacto el mensaje: en Ceuta se entra, se permanece y se espera. La única solución real al problema pasa por devolver a toda esta gente a Marruecos. Lo demás es maquillaje, es un realojo, es convertir a Ceuta en un inmenso centro de internamiento de inmigrantes. Sánchez, sin vergüenza alguna, lo llama la nueva realidad estructural y eso no tiene nada que ver con la normalidad.

Cada nuevo episodio en la ciudad autónoma nos lleva a una conclusión: el Gobierno no controla la crisis. La crisis controla al Gobierno.

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