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Benjamín López

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EnfoquES del Director

La peor pesadilla de Sánchez: que su pucherazo de la ley de nietos acabe ante la justicia de la UE

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Pedro Sánchez no teme tanto a las urnas como a que alguien cuente los votos de verdad. La llamada Ley de Nietos —en realidad, una disposición de la Ley de Memoria Democrática estirada hasta el absurdo por una instrucción de Justicia de octubre de 2022— le sirvió para abrir la puerta a más de dos millones de solicitudes de nacionalidad. El atajo era burdo: presumir el exilio por el mero hecho de haber salido de España entre 1936 y 1955, sin acreditar persecución. El censo exterior creció de golpe. El CERA sumó más de 400.000 electores desde 2023. Y el voto de quienes nunca han vivido aquí se convirtió en pieza de ingeniería electoral.

El Tribunal Supremo ya le ha puesto la primera zancadilla. No ha retirado pasaportes. Ha hecho algo más inquietante para Moncloa: ha suspendido cautelarmente los efectos electorales de esas altas cuando no hay prueba documental del exilio. Lo ha hecho a petición de Iustitia Europa y Vox, y lo ha razonado sin eufemismos: existe un «peligro fundado, real y serio» para la transparencia de los comicios. Quien obtuvo la nacionalidad por la presunción administrativa podrá seguir llamándose español. Lo que no podrá, de momento, es decidir el Gobierno de España.

Ahí empieza la pesadilla mayor. Porque el español es, automáticamente, ciudadano de la Unión. Alterar el censo con una directriz ministerial no es solo un problema interno: puede contaminar también las elecciones europeas. Por eso Iustitia Europa estudia muy seriamente pedir al Supremo que eleve una cuestión prejudicial a Luxemburgo. No haría falta inventar el argumento. Basta con preguntar si un Estado miembro puede fabricar electores comunitarios por la vía administrativa y presentar después ese censo como expresión limpia de la voluntad popular.

Si la justicia europea canta las cuarenta a España, a Sánchez se le cae el único comodín que le queda: el de que los jueces españoles son «muy fachas». En Luxemburgo no le servirán ni el altavoz ni el victimismo.

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