enfoques del director
Zapatero, deshonor o cárcel: el cuento de las mil y una joyas que sólo Sánchez avala
Su defensa sostiene que fueron un regalo personal del rey Abdalá de Arabia Saudí en 2007, mientras crecen las preguntas sobre por qué un obsequio millonario recibido siendo presidente terminó durante años en su patrimonio particular.
José Luis Rodríguez Zapatero ha encontrado, por fin, un relato. No el de la honradez que vendió durante dos décadas, sino el de las mil y una joyas. Su abogado ha dicho al juez Calama que los tres juegos de rubíes, esmeraldas y zafiros hallados en su caja fuerte —tasados en más de 1,3 millones de euros— fueron un “obsequio personal” del rey saudí Abdalá, entregado en Moncloa en junio de 2007 y aceptado “por deferencia”. Pide ahora una comisión rogatoria a Riad para que alguien certifique el cuento.
El relato es inteligente. El fraude fiscal por no declarar aquella donación ha prescrito. El contrabando, si las piezas entraron en un viaje oficial, se desdibuja. Zapatero se libra de la cárcel. Pero el precio es el deshonor. Reconoce, implícitamente, que un presidente que en 2005 impuso un Código de Buen Gobierno para rechazar dádivas o entregarlas a Patrimonio del Estado se quedó con un tesoro, no lo declaró a Hacienda y lo guardó diecinueve años como si fuera un souvenir familiar. El delito existió. No será castigado. Él se libra. Su honor, no.
Desde Nueva York, Pedro Sánchez insiste: Zapatero “sigue contando con la confianza y el respeto a la presunción de inocencia”. ¿Qué lectura tan surrealista hace del escrito? El expresidente no proclama inocencia: admite que recibió y ocultó un patrimonio millonario sin tributar ni entregarlo al Estado. ¿Qué le ata a Sánchez para seguir dándole la cara cuando el propio Zapatero confiesa, aunque sea por la puerta de atrás, que cometió un delito?
En el PSOE ya no es un secreto. Ministros y barones empiezan a pedir que suelte amarras, que se desvincule de Zapatero y de sus cuentos antes de que el caso Plus Ultra avance. El cuento de las mil y una joyas sólo lo avala él. El resto del partido, cada vez más, ve el deshonor. Y el deshonor, a diferencia del delito prescrito, no caduca.
España
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Enrique Martínez Olmos