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Protegidos hasta las cenizas

Un bombero observa las llamas de uno de los incendios de Madrid

Un bombero observa las llamas de uno de los incendios de MadridServimedia

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Hay noticias que, por su trascendencia, se convierten en un bosque que no nos deja ver los árboles pequeños. Lo digo porque Ceuta, el desahucio de una anciana y la polémica sobre la ley de nietos han conseguido que los incendios del pasado verano en Madrid hayan terminado en el lugar reservado a las cosas que ya no preocupan a nadie: las hemerotecas.

Hace unos días estuve en San Martín de Valdeiglesias, uno de los primeros focos. Todavía queda mucho por hacer, pero poco a poco el paisaje empieza a recuperarse. La cuestión es si tendrá oportunidad de hacerlo otra vez cuando llegue el próximo verano.

La alcaldesa cuenta que la Confederación Hidrográfica del Tajo no limpia determinados terrenos ni permite que los ayuntamientos lo hagan. Ya saben, territorio de la chova piquirroja y de la culebra de cogulla, y no es cuestión de que una limpieza rutinaria les interrumpa la sobremesa, así que el Ayuntamiento ha encontrado una solución administrativa que tiene la elegancia de lo absurdo: contempla en sus presupuestos la multa que sabe que le caerá, limpia cuando toca, después paga, la Confederación cobra y el monte queda limpio. Todos contentos, salvo quizá el contribuyente, que financia dos veces la misma limpieza: primero con los impuestos y después con la sanción.

Total, que ya lo ven: para prevenir un desastre hay que incumplir la prohibición y pagar por ello. Una especie de desobediencia ecológica institucional. Y quizá haya sido una suerte, porque, si la obediencia hubiera sido absoluta, el incendio habría encontrado todavía más cosas que quemar. La pregunta que debería hacerse ahora la Confederación Hidrográfica es quién protege a la culebra cuando el monte arde y cuántas chovas piquirrojas, tan protegidas ellas, volverán a anidar en unos árboles que ya no están.

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