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La maldad de Sánchez no descansa: mientras aprueba los infames 'decretos Maricarmen' prepara otro golpe

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro SánchezEDUARDO PARRA / EUROPA PRESS

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Pedro Sánchez no necesita programa. Le basta un titular, un nombre propio y una mayoría de ocasión. El desahucio de Maricarmen Abascal, de 87 años, le ha servido para vestir de urgencia social lo que es, otra vez, ingeniería de poder: dos reales decretos-ley de vivienda pactados a contrarreloj, partidos porque se contradicen entre sí y publicados en el BOE de forma escalonada para no provocar un choque legal aún mayor. Se venden como un cerco a los “fondos buitre”.

En la letra pequeña, el peso cae sobre el pequeño propietario: prórrogas forzosas, límites a la renta, imposibilidad de repercutir el IBI, más carga fiscal sobre la vivienda vacía y un mercado que los expertos advierten que se encogerá. Quien tiene uno o dos pisos ahorrados no es un especulador; es el chivo expiatorio de ocho años de escasez de oferta. El BOE, ya puesto a hacer política, llega a presentar el caso como fruto de una legislación “machista y retrógrada procedente de una dictadura”, como si la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1994 no existiera.

Mientras tanto, en el Congreso, el otro golpe ya está en marcha. PSOE y Sumar han aceptado tramitar una enmienda pirata de Sumar para blindar el voto de los nacionalizados por la llamada ley de nietos, colándola en una reforma educativa. Los letrados de la Cámara lo dijeron sin rodeos: no hay conexión material con la norma, y forzarla puede vulnerar el artículo 23 de la Constitución. El PP recurrirá. Da igual. La mayoría manda.

Se legisla en caliente, se desprecia a los servicios jurídicos, se usa un drama humano como coartada y, en paralelo, se retoca el censo electoral por la puerta de atrás. Los decretos Maricarmen no curan la vivienda; la convierten en arma. La enmienda de los nietos no repara un derecho; busca votos. Y Sánchez, que prometió que esta sería la legislatura de la vivienda tras años de precios disparados y menos pisos en alquiler, sigue haciendo lo que mejor se le da: sobrevivir a costa de las reglas.

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