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Sánchez pierde la batalla y las elecciones asoman: así hemos vivido una jornada frenética

La crónica del reloj de la Puerta del Sol

Un cartel de la acampada, en la Puerta del Sol, a 1 de octubre de 2026, en Madrid

Un cartel de la acampada, en la Puerta del Sol, a 1 de octubre de 2026, en MadridRicardo Rubio / Europa Press

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Llevo ciento y pico años en lo alto de la Casa de Correos dando la hora, oficio humilde pero útil. Y cada Nochevieja me pongo mis mejores galas porque toda España, incluido los indepes, no me quitan el ojo. Veo la plaza entera las 24 horas, sin pestañear, porque no tengo párpados, y en estas semanas lo he lamentado. Hay cosas que uno preferiría no ver, y menos a las cuatro de la madrugada.

No tengo intención de repetir lo que casi todos y hacerles un resumen de las asambleas, que tienen más capítulos que Cuéntame. Prefiero centrarme en los actores de reparto de este circo sin gracia que me han puesto delante.

Empecemos por el veterano. Lo llamo el Filósofo del Saco, porque nadie le ha visto salir de uno desde mayo. A las once, cuando los demás desayunan, se sienta y explica el mundo con una autoridad que no depende de haber leído nada. Ha resuelto la crisis financiera, la cuestión catalana y el misterio de la Santísima Trinidad antes del café. Su teoría económica es ‘quitarle’ el dinero a los que lo tienen, cosa que formula mientras le pide un cigarrillo a un turista alemán, único capital que circula por su tienda.

A su izquierda, la Maga de las Mandarinas lleva tres semanas aprendiendo a hacer malabares y ha conseguido, con admirable constancia, que se le caigan las tres. Cada vez que una rueda, la recoge, la huele y se la come, con lo que el espectáculo es sostenible. Su proyecto vital es “fluir”, verbo que en esta plaza significa lo que antes se llamaba no tener nada que hacer.

También destaca el perfil del poeta urgente, que declama versos libres de métrica, de rima y, en ocasiones, de sentido. El mejor dice: “el capital es un cuervo que se come mi nevera”: brillante, ni Becquer lo podría mejorar. La verdad a muchos ni les entiendo, pero repiten sus mensajes con tal fuerza que la gente aplaude con entusiasmo. En sus códigos deben ser muy buenos… o no, quizás es que todos son muy flojos.

Y también destaca entre la muchedumbre y cada vez más el hedor humano, el típico Revolucionario de Fin de Semana. Muchacho de buena familia y zapatillas que valen más que el alquiler de media plaza, que duerme aquí los sábados, vuelve a casa el domingo para la paella y el lunes cuelga una foto con el pie ‘Día 14 de lucha’. Catorce días, que contados de otra manera son dos fines de semana y un puente.

Decenas de personas acampadas en la Puerta del Sol

Decenas de personas acampadas en la Puerta del SolEuropa Press

Y los carteles, otra de mis pasiones. Desde aquí los leo todos y he descubierto que la crisis del sistema es, ante todo, una crisis de ortografía. “Exijimos” con jota, “aber si nos escuchan” con be, “vasta ya” con uve, que es la forma que tiene la gramática de contestarles “basta ya” a ellos. Una pancarta que reclamaba “educación pública de calidad” llevaba dos faltas, lo que constituye un argumento estadístico demoledor a favor de su tesis, aunque no en el sentido que pretendían.

Pero lo que ha convertido mi plaza en la alfombra roja más incómoda de Madrid ha sido la procesión de famosos. Aquí han venido, o han mandado su apoyo con la puntualidad de un telegrama, los más granados del cine comprometido. Y lo digo con respeto, porque algunos tienen motivos para serlo, y otros, cámara.

Tomemos a Javier Bardem, que lleva años defendiendo causas con una vehemencia que ya quisiera el Filósofo del Saco. Es un hombre que sabe lo que es una protesta: conoce el micrófono, el ángulo y la luz del atardecer. Él y Penélope Cruz acaban de ampliar no hace mucho su patrimonio con un ático en Chamberí, en un edificio histórico de principios del siglo XX. Lo cuento sin malicia: es un barrio muy digno, con buenos techos y mejor vecindario.

Pero reconozcan conmigo que hay algo poético en que quien acaba de comprar un ático en una zona exclusiva venga a escuchar con gesto grave a un chaval que no puede alquilar un cuarto en Vallecas. La conciencia social, como el buen vino, mejora con la altura.

Al lado de nuestro Oscar, la plaza he visto a Aitana Sánchez-Gijón y a Juan Diego Botto, a quienes nadie discute el talento ni la militancia. Botto es de esos que hablan con una elocuencia que sube y baja como un oleaje, y que han hecho de la solidaridad un arte escénico. Yo, que soy un reloj, admiro la técnica. Ahora bien: cuando uno ha pasado la vida entre ensayos, cuesta distinguir el momento en que acaba la función y empieza la causa, y a veces, lo reconozco, me pierdo desde aquí arriba.

La actriz Aitana Sánchez-Gijón en la acampada de la Puerta del Sol

La actriz Aitana Sánchez-Gijón en la acampada de la Puerta del SolDiego Radames / Europa Press

Se sientan en el suelo con la agilidad de quien ha hecho yoga, escuchan con el ceño de quien digiere una verdad cósmica y asienten despacio. A los diez minutos me miran la hora que estoy marcando y adiós, que el populacho está bien pero solo un ratito para practicar el postureo. Daniel Guzmán, que ha hecho cine de barrio con ternura y buen pulso, aporta a la plaza ese aire de “yo he estado en la calle de verdad antes que todos vosotros, pringaos”.

Y Pedro Almodóvar, que ha retratado como nadie a las mujeres al borde de un ataque de nervios, observa a los indignados con la mirada de quien está viendo material para su próxima película. Entre nosotros, me ha parecido escucharle un par de veces dónde estaba el líder. Se lo explicaron con paciencia: no hay líder. Se quedó pensativo mirando las lonas, hasta que le ofrecieron un cuenco de lentejas, y supongo que prefirió no mancharse porque no le he visto comer nada.

Pero la que de verdad merece capítulo aparte es Inés Hernand, a quien la plaza saluda como a una compañera de causa y que, como todo el mundo sabe, ha hecho de la irreverencia una profesión. Según publicó The Objective en 2024, había cobrado 344.975 euros de RTVE desde que empezó a trabajar para la casa a finales de 2020. 

Es una cifra que no sé valorar, porque yo trabajo por amor al arte y a la maquinaria suiza, pero que sin duda explica que la presentadora no necesite fregar su propia taza en el puesto de la comisión de cuidados. RTVE, cabe decirlo, se niega a desglosar cuánto cobra cada uno de sus rostros, y se limita a publicar los contratos globales de las productoras. De modo que en esa plaza donde se clama contra los privilegios y el dinero público, la transparencia llega justo hasta donde llega la caja registradora. Y esto es lo que se llama coherencia, aunque a mí, que doy la hora con precisión, me parezca más bien una desviación de varios minutos.

Y por supuesto, los políticos. Aquellos a quienes los manifestantes quieren echar de sus puestos acuden con el abrigo bien puesto y la sonrisa de quien intenta pasar por un vecino. Unos vienen a ‘escuchar’, que es lo que se dice cuando uno quiere que lo vean escuchando. Otros, a ‘mostrar su apoyo’, que es lo que se dice cuando uno quiere salir en la tele sin dar explicaciones. Se van todos satisfechos: unos con la foto y los otros con la sensación de que, por fin, alguien famoso los ha visto.

Así transcurre el día, entre malabares fallidos, versos incomprensibles y famosos con la agenda ajustada al minuto. Y yo me pregunto qué piensan los que de verdad lo necesitan, esos jóvenes preparados y sin trabajo que tienen todos los motivos del mundo para estar enfadados y que han acabado haciendo de comparsa en el espectáculo de otros. Porque lo más triste de esta historia no es que haya excéntricos ni famosos. Es que cada vez que un actor se hace una foto con un indignado, el indignado pierde un poco de su causa y el actor gana un poco de su imagen. Es un trueque: aquí el que pone la rabia es uno, y el que se lleva los aplausos es otro.

Varias personas durante la acampada por la vivienda, en la Puerta del Sol.

Varias personas durante la acampada por la vivienda, en la Puerta del Sol.Europa Press

Dentro de tampoco tanto llegará el 31 de diciembre, y esta plaza volverá a llenarse de gente con uvas, serpentinas y gorros ridículos, y nadie recordará quién se sentó en el suelo en mayo. Los famosos habrán cambiado de causa, los poetas de cuervo, los filósofos de saco, y yo seguiré aquí arriba, impasible. Trabajando, no como estos.

Esperemos que si el presidente aprueba alguno de esos decretos esta gente se vaya y recuperemos la normalidad de la plaza. Pero la verdad no creo. Este circo les hace sentirse importantes jugando al revolucionario de salón. Así ocupan su tiempo con algo. El perroflautismo nunca destacó por trabajar demasiado.

12 campanadas más los cuartos que os vuelven locos, para ser exactos. Será mi momento de gloria, y sin un puto photocall de millonarios caraduras que acumulan viviendas en su patrimonio personal y vienen aquí a dar lecciones de moral. Hay que tener la cara más dura que el cemento.

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