Los demonios de Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
El editorial de La Razón acierta al describir la campaña de Pedro Sánchez como una lucha de “ángeles contra demonios”. Él ya se ha reservado las alas. A quienes quieran sacarlo de La Moncloa les corresponde el infierno. Es el frentismo de siempre, alimentado por una maquinaria propagandística que necesita convertir al adversario en enemigo.
Sánchez presenta las elecciones como una oportunidad para seguir avanzando. Reclama una mayoría progresista más amplia y presume de combatir a tiranos, oligarcas y especuladores. Cualquiera diría que acaba de llegar al Gobierno y necesita tiempo para poner orden. Pero lleva más de ocho años.
Ahora tendrá que explicar por qué termina anticipadamente la legislatura que prometió agotar. Y por qué aquella mayoría de la que tanto presumía ha acabado siendo incapaz de sostener sus decretos de vivienda. O no le ha permitido aprobar los Presupuestos en toda la legislatura. Puede envolver la convocatoria en todas las grandes causas que quiera. Debajo sigue estando su derrota parlamentaria.
El mandamás socialista lo ha demostrado hasta la saciedad: juega por su propio interés. Mientras permanecer en La Moncloa le convenía, resistir era una obligación patriótica. Cuando decide convocar elecciones, acudir a las urnas se convierte en una misión histórica. Siempre encuentra una razón solemne para hacer lo que necesita.
Ahora bracea para sobrevivir. Busca activar a sus votantes con la radicalidad del discurso y el miedo a la derecha. Espera que el ruido de la campaña tape las preguntas sobre su gestión: corrupción, Ceuta, apagón, trenes que descarrilan, danas, incendios, cesiones a independentistas, excarcelación de etarras sanguinarios… Que sus electores acudan a defenderlo antes de detenerse a examinarlo.
La maniobra con la vivienda retrata bien ese empeño. El Gobierno prevé aprobar de nuevo los dos decretos rechazados el viernes y buscar su convalidación en la Diputación Permanente, con las Cortes disueltas y una aritmética que podría permitirle sacarlos adelante. De nuevo su trilerismo político a las claras.
La existencia de ese cauce no borra el sentido político de la operación: sortear la derrota del pleno para empezar la campaña exhibiendo como victoria lo que el Congreso acaba de rechazar. Después hablará de respeto a las instituciones. Y señalará a los demonios.
Los españoles deberían mirar menos sus alas y más sus manos.
A.M. BEAUMONT