La octogenaria, el arma político-periodística perfecta

Maricarmen AbascalEuropa Press

Creado:

Actualizado:

Lo que estamos presenciando durante los últimos días es la degradación de la política y del periodismo a partes iguales. Políticos, activistas y periodistas afines a la izquierda y a la extrema izquierda se han lanzado a señalar a quienes defienden postulados de derechas, apelando a las emociones y utilizando como pretexto el fallecimiento de una mujer octogenaria. Sí, una anciana que, con independencia de las numerosas taras y conductas reprochables que pudiera haber tenido en vida, se ha convertido en la excusa perfecta para quienes persiguen un objetivo muy distinto bajo la bandera del progresismo: estigmatizar a los profesionales de la comunicación que osen defender posiciones políticamente incorrectas o cuestionar los dogmas de la izquierda populista que impera en la España actual.

Todo ello, no lo olvidemos, se produce en un contexto político en el que el PSOE, Podemos y Sumar afrontan la cita electoral del 29-N en una situación crítica, lastrados por sus propias políticas y una gestión nefasta. Y es que, cuando escasean los argumentos sólidos y los datos empíricos con los que convencer al ciudadano de a pie, siempre queda el recurso de estigmatizar al discrepante y manipular las emociones de los sectores más fanatizados de su electorado, convirtiendo una tragedia personal en mera munición política. Una estrategia que, a mi juicio, refleja el más puro maquiavelismo de quienes anteponen sus intereses partidistas al bien común de los españoles con tal de mantener a flote el Gobierno Frankenstein que ha marcado una legislatura plagada de inestabilidad.

Queridos lectores, no seré yo quien niegue que la señora Maricarmen tuviera comportamientos merecedores de crítica, pues los tuvo, y muchos. Sin embargo, dado que su fallecimiento se ha producido hace escasos días, considero que no es momento de repasar todas y cada una de sus posibles negligencias pasadas ni de convertir su figura en el epicentro de una disputa pública interminable. Una controversia en la que, por desgracia, buena parte de la clase política se frota las manos ante la posibilidad de instrumentalizar semejante tragedia con el único propósito de arañar votos. Mientras tanto, quienes salen perjudicados son los españoles, preocupados por sus problemas cotidianos, y los profesionales de la comunicación que tratamos de ejercer nuestra labor con honestidad, sin dejarnos arrastrar por intereses partidistas ni convertir el dolor ajeno en un arma arrojadiza.

Ya habrá tiempo, dentro de no mucho, de analizar «su mochila». Por ahora, que su cuerpo y su alma descansen en paz. En mi opinión, resulta tan desacertado elevarla a los altares, como hacen numerosos periodistas afines al zurderío, como aprovechar estos días para repasar todas y cada una de las tropelías que la anciana cometió antaño, incluso cuando la información difundida sea veraz y esté debidamente contrastada. Dicho en cristiano: ni canonización por conveniencia o populismo de tres al cuarto ni ensañamiento durante la misma semana de su fallecimiento.

Por ello, pido desde estas líneas a mis compañeros de ideología —porque a los del otro lado ni siquiera voy a pedírselo, dado que muchos de ellos, aunque no todos, están dispuestos a cualquier cosa con tal de dar que hablar en las redes sociales o hacerse un hueco en los medios— que muestren un mínimo de decoro y dejen transcurrir al menos una o dos semanas antes de abordar los hechos relacionados con la octogenaria desde la perspectiva que exige un asunto de esta naturaleza.

Desde luego, razón no le faltaba a la señora cuando denunciaba problemas tan graves como las dificultades para acceder a una vivienda o el desempleo que golpea en nuestro país tanto a los jóvenes como a quienes ya no lo son tanto, aunque la gran mayoría de los españoles sepamos que quien alzaba la voz contra semejantes injusticias no era precisamente el mejor ejemplo para erigirse en abanderada de tales causas.

Pero, queridos compañeros de trinchera, no permitáis que la polémica os arrastre a un terreno que no nos beneficia, sino todo lo contrario. Lo preocupante es que algunos de vosotros, incluidos veteranos que probablemente me dobléis en edad y experiencia periodística, estáis contribuyendo a alimentar una controversia que desvía la atención de los problemas que realmente preocupan a los españoles. Por muy cuestionable que pudiera ser el pasado de la anciana, no podemos permitir que su figura monopolice el debate público y relegue a un segundo plano otras cuestiones de actualidad que, como profesionales de la comunicación, tenemos la responsabilidad de abordar y denunciar para mantener a los ciudadanos informados con el máximo rigor.

Porque mientras unos y otros os enzarzáis en polémicas interminables sobre su figura, otros consiguen desviar la atención de lo verdaderamente importante en periodo electoral. Y esa es la cuestión que deberíamos plantearnos: ¿a quién beneficia que el debate público quede secuestrado por esta controversia? ¿Quién sale ganando cuando los profesionales de la comunicación dedicamos nuestros esfuerzos a discutir sobre asuntos que otros han colocado deliberadamente en el centro de la actualidad?

Cuando damos cancha de manera constante a un suceso como el de la octogenaria a través de la prensa escrita, la radio y la televisión, corremos el riesgo de relegar a un segundo plano otros asuntos de mayor trascendencia. A medida que el debate público gira una y otra vez en torno a esta polémica, dejamos de prestar la atención que merecen otras realidades urgentes, como la que se vive en Ceuta y en tantos otros puntos de España en relación con la inmigración irregular. Queridos compañeros de espectro ideológico, por favor, no permitamos que esta controversia nos haga perder de vista los problemas que también debemos abordar. No caigamos en la trampa de concentrar todas nuestras energías en aquello que la izquierda política y mediática ha colocado en el centro del debate, pues corremos el riesgo de contribuir, por nuestra propia inacción, a que las cuestiones de fondo queden relegadas al olvido.

Por eso quiero decíroslo con total confianza y sin rodeos: evitad alimentar una polémica que ha sido deliberadamente azuzada para que caigáis en la trampa y apartéis la mirada de los asuntos más relevantes que siguen afectando a España. Volved a poner el foco donde realmente importa. No permitáis que quienes pretenden desacreditaros por haber expresado vuestra opinión os marquen la agenda profesional. Su estrategia consiste en recurrir a la demagogia para explotar las emociones; la nuestra debe ser actuar con mayor astucia, mantener la cabeza fría y evitar caer en sus redes. No olvidéis que, en esta partida, sois la presa que pretenden devorar y que, si continuáis jugando con las reglas que ellos imponen, acabaréis sirviéndoles en bandeja la victoria.

El periodismo que debemos defender, tanto jóvenes como veteranos, tanto quienes trabajan en modestas redacciones como los profesionales de reconocido prestigio que cada día se asoman a las pantallas de televisión, no consiste en sumarse al ruido mediático, sino en discernir qué noticias merecen una atención prioritaria y cuáles conviene relegar a un segundo plano. Lo que sucede en Ceuta debe seguir ocupando el espacio que le corresponde en el debate público. Los ceutíes lo merecen y el conjunto de los españoles, con mayor motivo, pues la ciudad autónoma forma parte de España y sus problemas nos afectan a todos. No permitamos que una de las cuestiones más graves de nuestro país quede arrinconada por quienes pretenden instrumentalizar la atención mediática para satisfacer sus propios intereses políticos.

En definitiva, compañeros y aliados, no seamos los tontos útiles de los políticos y propagandistas zurdos que pretenden dirigir el debate público a golpe de agitación y controversia. No regalemos nuestra atención, credibilidad ni trabajo a quienes buscan notoriedad a través de la confrontación y del populismo más burdo. La prudencia no es ni será jamás cobardía, de igual modo que la racionalidad no está ni estará reñida con la transparencia. Como profesionales, debemos analizar los hechos con rigor, saber cuándo hablar y cuándo callar, además de impedir que las emociones se impongan a nuestro criterio periodístico. Y no olvidéis este consejo: quien se deja arrastrar por sus impulsos viscerales corre el riesgo de perder credibilidad y acabar construyendo una hemeroteca que, tarde o temprano, termine volviéndose en su contra. Nuestra fortaleza no ha de consistir en gritar más que la izquierda, sino en preservar nuestra independencia de criterio y la confianza de nuestros lectores, sin permitir que lo verdaderamente importante caiga en el olvido.