A Rodrigo
Un gato excepcional que se fue como vivió, sin hacer ruido
Rodrigo
Siempre recordaré el día que, mientras Miguel y yo hablábamos en el rellano de la escalera, Rodrigo hacía viajes, de mi casa a la suya, llevándose uno a uno los juguetes de Kuki. Y lo hacía con la naturalidad, sutileza y elegancia que siempre le han caracterizado.
Por aquel entonces sólo estaban Kuki y Rodrigo, vecinos de escalera, que con frecuencia pasaban tiempo juntos.
Hasta que llegó la preciosa Trini, que hizo que Rodrigo se sintiese desplazado. Porque, pese a su seriedad y aparente indiferencia, Rodrigo siempre ha sido muy sensible. Podríamos decir que era una especie de coulant de chocolate: firme por fuera pero infinitamente tierno por dentro.
Y como el síndrome del príncipe destronado es algo que no suele llevarse bien, un día decidió no volver a su casa y quedarse a vivir en la nuestra. Porque pese a adorar a Miguel, había decidido que no quería vivir en ese lugar que le había hecho sentir desbancado.
Y así fue como Rodrigo pasó a ser miembro definitivo de nuestra familia. Podríamos decir que fue él quien nos adoptó a nosotros.
De eso hace ya trece años. Más de una década en que, como en cualquier familia, se han sucedido muchos acontecimientos, y en los que la presencia de Rodrigo ha sido todo un regalo.
Porque Rodrigo te hacía saber que estaba siempre ahí, acompañando con discreción.
No era precisamente el gato más empalagoso del mundo, pero tenía una capacidad extraordinaria de saber cuándo alguien necesitaba ayuda y en ese momento, se desprendía de su coraza y se mostraba como el ser sumamente sensible y compasivo que era.
De hecho, durante los últimos días de Reme, con quien no había hecho demasiadas migas, no se separó ni un solo instante de su lado, arropándola con un respeto del que muchas personas deberíamos aprender.
Hace una semana tuvimos que despedir también a Rodrigo.
Pese a que tenía sus dolencias y veíamos cómo sus 15 años iban haciendo mella en su precioso cuerpecito, no esperábamos este desenlace tan repentino. En tres días sus riñones pusieron punto y final a una etapa de nuestra familia que ha quedado desolada.
Rodrigo se fue como vivió, sin hacer ruido.
Y ahora, su omnipresencia ausente llena cada rincón de nuestro hogar.
Cada día, al sonar el despertador, creo despertar de una pesadilla. Pero el vacío me recuerda al instante que el sueño, desgraciadamente, es real.
Todavía escucho sus pasos, firmes y tranquilos. Hasta en ocasiones creo ver al final del pasillo su silueta oscura escondiéndose tras la cortina del recibidor.
Incluso cuando al llegar a casa abro la puerta, espero encontrarle haciendo la flecha, en señal de recibimiento y alegría por el reencuentro.
En mis manos todavía permanece el tacto suave de su cuerpo al acariciarlo cuando lo cogía en brazos y mi pecho todavía siente las vibraciones de su ronroneo.
Incluso ahora mismo, mientras escribo, siento el tremendo vacío de su ausencia en mi mesa. Y es que Rodrigo, con su tranquilidad y compañía, convertía el trabajo frente al ordenador en algo reconfortante.
Pero todo eso, nunca más volverá a ocurrir.
Cuando tu familia incluye animales no humanos, asumes que para ellos el tiempo transcurre a otra velocidad. Y que su vida, por larga que sea, por lo general no superará la tuya.
Pero no por ello duele menos.
Rodrigo fue un gato excepcional.
Tuvo sus manías y sus preferencias, como cualquiera.
Y aunque a veces un tanto introvertido, fue muy cariñoso, compasivo y atento.
En estos momentos, Rodrigo es a la vez vacío y presencia. Ahora toca adaptarse a esta nueva y dolorosa realidad. Y esperar que el tiempo haga que esta losa pese menos.
Sólo puedo dar gracias a la vida porque nuestros caminos un día se cruzaron, porque Rodrigo nos eligió como familia y porque se ha ido acompañado, tras una larga vida y sin sufrir.
Gràcies per tot, Rodri. Et volem moltíssim i sempre, estigues on estigues, estarem amb tu.