la mirilla
Sol, la agitación en las calles y el odio a Ayuso

Estación de metro de Sol, en la Puerta del Sol, rodeada por la acampada
Me preocupa lo que se gesta en la Puerta del Sol. Por supuesto, comprendo a quien protesta porque trabaja y no puede pagar un alquiler. También a los padres que ven cómo sus hijos cumplen años sin poder independizarse. Hay motivos de sobra para reclamar soluciones. Precisamente por eso, conviene vigilar a quienes puedan aprovechar esa desesperación con otros propósitos.
Me intranquiliza que la izquierda radical pretenda llevar la protesta hacia un enfrentamiento en las calles. En democracia, la violencia para obtener réditos políticos es inaceptable. No puede haber grietas en este principio entre los grandes partidos sistémicos. Por mucho que Pedro Sánchez haya gobernado de la mano de grupos comunistas y filoetarras.
No olvidemos que Sol es un espacio público. De todos. También de quienes no participan en la acampada y tienen derecho a transitar por la plaza y utilizarla con libertad. Una reivindicación no da derecho a “okupar” el lugar donde se expresa. Quienes protestan deben respetar la libertad de los demás.
Y están los vecinos y los comerciantes. Los que necesitan acceder a sus portales o levantar cada mañana la persiana. El Ayuntamiento ha denunciado perjuicios para los negocios de la zona. Con los festivos de noviembre y diciembre y la campaña navideña cada vez más cerca, prolongar esta situación añade incertidumbre y pérdidas a quienes se juegan su negocio en una parte tan importante del año para las ventas. También ellos merecen que alguien los escuche.
El Ayuntamiento de Madrid ha advertido por escrito a la Delegación del Gobierno de la presencia de grupos radicales de extrema izquierda en labores de vigilancia y de un aumento de la tensión. No me parece algo baladí. Es una advertencia municipal que exige comprobaciones y respuestas.
No considero a todos los acampados violentos. Faltaría más. Pero sí me preocupa que quienes están dispuestos a recurrir a la intimidación encuentren en una reivindicación legítima el lugar donde hacerse fuertes. La vivienda y la enseñanza no merecen ser convertidas por los más radicales en excusas para incendiar las calles.
A mi juicio, Sánchez ha hecho de su hostilidad hacia Ayuso una de las obsesiones de su discurso. Hay una saña que desborda la discrepancia entre adversarios. Parece que a la presidenta madrileña hubiera que expulsarla de la vida pública, ya que no se consigue derrotarla en las urnas.
No atribuyo al presidente cada incidente que se produzca. Sí le atribuyo buena parte de la crispación política. He echado en falta, por desgracia, la responsabilidad que debe tener quien está al frente del país. Sánchez y sus ministros no han medido sus palabras y han jugado a hacer crecer la tensión.
Hoy sabemos que Isabel Díaz Ayuso estudia trasladar temporalmente su despacho porque, según el Gobierno regional, la situación en Sol impide desarrollar con normalidad la actividad institucional. La noticia debería preocupar incluso a quienes no la votarían jamás.
La Delegación del Gobierno debe proteger las protestas pacíficas, sin duda. Pero también debe actuar contundentemente frente a las amenazas y las agresiones. Sin cálculos electorales. Sin indulgencias ideológicas.
Y Sánchez debería recordar algo elemental: Ayuso tiene el mismo derecho que él a gobernar sin intimidaciones. Aunque le gane elecciones. Aunque no la soporte.
A. M. BEAUMONT