Populismo, demagogia, mentiras y calles incendiadas
Ponferrada, León. Mítin de Pedro Sánchez en la Térmica Cultural, junto a los Ministros Óscar Puente y Ana Redondo
Tras cuatro años en el poder y cada vez más asentado en el dicotómico planteamiento amigo-enemigo preconizado por Carl Schmitti, Pedro Sánchez decidió centrar definitivamente toda su narrativa política en la criminalización de la derecha, para a continuación acusarla de representar una amenaza para el conjunto de la sociedad. Con esta estrategia por bandera, P. Sánchez durante su segunda legislatura al frente del Gobierno dedicó todos sus esfuerzos a dibujar una derecha ultramontana y heredera del franquismo, con la finalidad de retener a los votantes que todavía tenía en su zurrón y, a la vez, atraer a sus filas tanto a los espíritus tibios desengañados con la causa socialista como a los zurdos radicales que ansiaban dinamitar la democracia liberal. La lógica interna de este razonamiento consistía en que, ante la carencia de un proyecto político mínimamente ilusionante para una gran mayoría de ciudadanos que no estaban dispuestos a escuchar los cantos de sirena guerracivilistas lanzados de manera pertinaz por los adláteres del sanchismo mientras padecían la ausencia de iniciativas orientadas a mejorar su calidad de vida, solo un discurso polarizador y frentista podía ser capaz de ocultar el fracaso del Ejecutivo socialcomunista y revertir la situación. Finalmente, para dotar de consistencia y credibilidad a su propio discurso, P. Sánchez no dudo en utilizar sistemáticamente campañas de manipulación de la opinión pública, utilizando para ello el método desarrollado por el ministro de Propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels, consistente en repetir una mentira manifiesta hasta convertirla en verdad aparente, cerrando así el círculo de una indecente actividad política con tintes mefistofélicos.
En consecuencia, durante estos últimos cuatro años de régimen sanchista hemos tenido que soportar estoicamente un discurso trufado de populismo, demagogia y mentiras y, por ello, basado en la subordinación de la ética política a los intereses del Gobierno, el levantamiento de un muro para separar maniqueamente a los buenos de los malos, la descalificación permanente del rival político en sustitución del diálogo constructivo, la crítica a los tribunales de Justicia cuando sus resoluciones eran contrarias a sus pretensiones, la apelación a las emociones, los prejuicios y los miedos para mantener adhesiones irracionales y el constante falseamiento de la realidad de manera concordante con sus intereses. Aunque son muchos los ejemplos que dan cuenta de esta situación probablemente una muestra representativa de todo ello fue la de acusar nada menos que a Israel, Rusia y la Internacional Ultraderechista de la invasión de Ceuta por 80.000 africanos, cuando resulta evidente que el violento asalto de la frontera española fue orquestado por Marruecos, tal y como se desprende de los informes del CNI enviados a la Delegación del Gobierno en Ceuta.
Para no dejar ningún cabo suelto, ya desde el principio de su mandato P. Sánchez llevó a cabo dentro de su estrategia frentista tres tácticas complementarias, perfectamente coordinadas y exclusivamente orientadas a mantenerse en el poder sin atender a ningún tipo de freno moral. Así, en primer lugar, el autócrata monclovita unió su destino político a partidos de índole comunista, golpista y filoterrorista, reeditando así el Frente Popular que tantos quebraderos de cabeza provocó a los españoles en tiempos de la II República. A su vez, en segundo lugar, P. Sánchez se fue radicalizando progresivamente para ocupar todo el espectro político de la izquierda, convirtiendo al PSOE en un partido antisistema de extrema izquierda, lo cual venía a dejar a partidos comunistas como Podemos o Sumar sin argumentario diferencial y, por ello, condenados a la irrelevancia. Por último, este siniestro individuo que tenemos por presidente comenzó a regar con ingentes cantidades de dinero público a asociaciones, fundaciones y ONG de carácter filomarxista o proislamista, así como a los sindicatos de clase, llegando al punto de cuadruplicar las subvenciones otorgadas a CC.OO. y UGT, las cuales pasaron de los 8 millones de euros que percibían en 2018 a los 32 millones de euros que reciben en la actualidad.
Todo estaba por tanto preparado y tan solo faltaba la chispa que encendiera la mecha que sacara a las calles a tanto indigente moral, social y cultural. Así, cercado por la corrupción, lastrado por su ineptitud gestora y condenado a la pérdida del bastón de mando según todas las encuestas demoscópicas realizadas por empresas solventes, surgió de la nada el desahucio de Maricarmen, el cual -a pesar de que era tan solo un caso aislado entre los más de 250.000 desahucios llevados a cabo durante el mandato presidencial de P. Sánchez- tuvo la virtud de soliviantar a la opinión pública tras una perfecta campaña de manipulación de masas. Así, la portavoz nacional del PSOE, Montserrat Mínguez, tras comprobar que el piso no pertenecía a un fondo buitre, sino a una sociedad familiar que tenía como única propiedad el piso de la anciana, llegó al extremo de tildar a dicha sociedad de carroñera por dedicarse a la especulación inmobiliaria, si bien el montaje se les vino abajo cuando se conoció que la pareja sentimental de la susodicha tenía 30 pisos en régimen de alquiler y había desahuciado a múltiples inquilinos, demostrándose de esta forma el infinito grado de hipocresía que anida en las entrañas del PSOE.
En cualquier caso, el pistoletazo de salida para incendiar las calles ya estaba dado, de tal forma que, con la aquiescencia del delegado del Gobierno en Madrid, centenares de perroflautas decidieron acampar en la Puerta del Sol, con la finalidad de protestar, sin saber muy bien por qué, contra Ayuso, en medio de vapores etílicos y sustancias psicodélicas. A partir de ese momento y con el beneplácito del Gobierno sanchista las violentas manifestaciones contra Vox y el PP se han venido repitiendo en diversas partes de la geografía española, dándose la no casual curiosidad de que en dichos actos vandálicos tanto solo había banderas rojas y palestinas, brillando por su ausencia las banderas españolas, todo lo cual viene a demostrar la confluencia de intereses entre la izquierda y el islamismo radical.
Dos episodios viene a dibujar a la perfección lo que actualmente está pasando en España. El primero de ellos viene dado por las declaraciones de la portavoz de Más Madrid, Manuela Bergerot, en las que señala explícitamente que “No habrá paz en las calles de Madrid”. El segundo también se refiere a unas declaraciones, en este caso de Óscar Puente, también conocido en la serie Barrio Sauna como “Gutancito”, el cual, de forma manifiestamente belicista, no tuvo empacho alguno en proclamar que el 29 de noviembre o se mete la papeleta adecuada en las urnas o habrá cuatro años de permanente violencia en las calles para frenar a la ultraderecha, lo cual inevitablemente nos lleva al corazón de Paris, donde actualmente se está librando una auténtica batalla que enfrenta a las fuerzas policiales con miles de manifestantes, entre los que se encuentran jóvenes tanto de extrema izquierda como de religión musulmana, que literalmente están quemando todo lo que encuentran a su paso.
Es bien sabido que el núcleo esencial del fascismo es la imposición del pensamiento único. Pues bien, dado que el enjambre de zurdos lo que parece pretender es imponer al conjunto de los españoles su fracasada, decadente y funesta ideología, lo único pertinente que les cabe hacer al reconocerse antifascistas es autoinmolarse, protagonizando así, por una vez en su vida, un acto no solo cargado de racionalidad y coherencia intelectual, sino también infinitamente alejado de la impostura que les caracteriza.