29-N: el observatorio de felip
El PSOE no tiene campaña: tiene un cadáver político que se niega a caer
Pedro Sánchez no está resistiendo: está en estado de ‘devastación’. Y lo sabe

El presidente Pedro Sánchez y el ministro de Transportes, Óscar Puente
Hay una imagen que resume mejor que cualquier encuesta el estado del liderazgo socialista a un mes de las elecciones: la de un partido en pánico, encerrado en sus sedes, preguntándose en voz baja “¿cómo vamos a pedir el voto?”. No es una frase de la oposición. Es la confesión de dirigentes del PSOE tras la catástrofe de Urda consultados por El Mundo. que traslada en su artículo del domingo Lucia Méndez. Se trata de la segunda tragedia ferroviaria en nueve meses que deja más de cien muertos sobre la misma línea de alta velocidad que un día fue el orgullo de la “España del 92”.
Pedro Sánchez y su equipo pueden seguir repitiendo el mantra de que “a Sánchez le ha pasado de todo y de todo ha salido”, pero esta vez el guion se ha roto. Y se ha roto porque el liderazgo del PSOE ha decidido responder a la mayor crisis de credibilidad de su historia reciente con la vieja receta del escudo humano: sacrificar a un ministro para intentar salvar al presidente. La estrategia es tan vieja como previsible. Óscar Puente, el ministro de Transportes, se ha convertido en el “cortafuegos” oficial. Él da la cara durante dos horas ante la prensa, él comparece el martes en el Congreso, él asume el desgaste mientras Sánchez se refugia en la “gestión de crisis” y evita la campaña.
El problema no es solo que Puente haya puesto su cargo a disposición y Sánchez lo haya mantenido con el argumento de que cesarlo sería “injusto”. El problema es que el PSOE ha decidido que la respuesta a 69 muertos es una operación de protección presidencial. Mientras el país está de luto, Moncloa encarga encuestas para medir el impacto electoral y decidir qué hacer con el ministro. Es la política en su versión más fría y calculadora, ejecutada además con una torpeza que roza el esperpento: el mismo partido que suspendió actos de campaña por respeto a las víctimas ahora diseña silenciosamente su estrategia sobre sus tumbas.
El liderazgo de Sánchez ha construido su relato sobre la resistencia, sobre la capacidad de sobrevivir a todo. Pero hay una diferencia entre resistir y negar la realidad. El PSOE no está resistiendo: está en estado de “devastación”. Y lo sabe. Los dirigentes socialistas que hablan de “conmoción absoluta” y de un “golpe definitivo a la credibilidad de un Gobierno” no son adversarios políticos: son los mismos que deberían estar defendiendo la gestión.
El mismo partido que suspendió actos de campaña por respeto a las víctimas ahora diseña silenciosamente su estrategia sobre sus tumbas
Cuando las fuentes internas describen la situación como “un castigo divino” y admiten que “no hay nada que hacer”, el problema ya no es de comunicación. Es de liderazgo. Es la constatación de que ni siquiera los suyos creen en la capacidad del equipo de Sánchez para gestionar la crisis, para dar explicaciones creíbles o para recuperar una confianza que el propio Gobierno admite que está “quebrada”.
Y mientras el PSOE se enroca en el “error humano” y en la defensa numantina de Puente, el coste político se acumula sin que nadie en la dirección parezca dispuesto a asumirlo. Los socios de coalición, como el Frente Amplio, han roto la coordinación de campaña y exigen abiertamente la dimisión del ministro. Los sindicatos están enfadados por el señalamiento del operario de Adif. PNV, ERC y BNG observan con “preocupación” y calculan sus propios tiempos.
La pregunta que sobrevuela cada rueda de prensa, cada comparecencia y cada dato de la investigación es una que el liderazgo del PSOE no quiere responder: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar para protegerse a sí mismo? Porque la decisión de mantener a Puente no es una muestra de lealtad. Es una decisión de cálculo electoral. Y ese cálculo puede ser el último error de una estrategia que confunde la supervivencia del líder con la del partido.
El PSOE puede intentar ganar tiempo, puede intentar que el funeral se convierta en una anécdota y puede intentar que los 115 muertos de Adamuz y Urda no sean el centro del debate. Pero hay una cosa que ningún encuestador puede medir: la dignidad de un país que observa cómo sus gobernantes convierten una tragedia nacional en un problema de gestión de imagen. Y esa, a cuatro semanas de las urnas -a 25 dias del 29N- es una factura que el liderazgo socialista no va a poder esquivar con un cortafuegos.