Pedro Sánchez, un villano a la altura del Joker
Imagen del secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
Debo reconocer que mi enfrentamiento radical con Pedro Sánchez se ha convertido en una cuestión personal, pero no porque sus fechorías me provoquen más temores de los debidos en esta etapa de mi vida en la que contemplo el ocaso más cercano que el amanecer, sino porque entiendo, y no creo equivocarme, que lo que está en juego en estas próximas elecciones es el futuro tanto de familiares y amigos como de mi querida España, de tal forma que si este nefasto personaje sigue en el poder los españoles nos encontraremos ante un horizonte de posibilidades en el que todos los caminos que en él se dibujan conducen al desastre total. Con estas y parecidas reflexiones estaba enfrascado cuando me surgió la duda de cuál era el personaje cinematográfico que mejor reflejaba la personalidad de P. Sánchez.
Respondiendo a tal pregunta de manera casi inmediata me vino a la mente la figura del Joker, esto es, del villano que se enfrenta a Batman con la intención de sumir en el caos a la ciudad de Gotham. El Joker representa la maldad en estado puro, una maldad que procede de su absoluta carencia de límites morales, una maldad que pretende someter a las personas mediante la utilización de sus debilidades, una maldad, en definitiva, orientada a sembrar la desesperanza y el caos para de esta forma levantar su imperio. Se podría decir que P. Sánchez presenta la mayoría de los rasgos que caracterizan al Joker, pero algo insalvable los diferencia; así, mientras el Joker es un nihilista que disfruta mostrando el lado oscuro de la condición humana, quizás para sentirse humano, P Sánchez es un psicópata narcisista que solo encuentra sosiego alimentando su desmesurado ego, ya que es la única fórmula que tiene a mano para llenar el vacío espiritual que le provocan sus obsesiones materiales, llámense poder o privilegios.
Evidentemente, todo villano, para poder llevar a buen puerto sus siniestros planes, necesita rodearse de secuaces que estén a la altura de su persona en lo que a falta de escrúpulos se refiere. Así, al verse obligado a prescindir de algunos de sus más leales compañeros de viaje debido a sus problemas con la Justicia, P. Sánchez buscó en el baúl de los desechos humanos y allí encontró a un nuevo lugarteniente en la figura de Óscar Puente, un sujeto inmoral, aguerrido y chabacano, al cual decidió nombrar ministro de Transportes no para que desarrollara las funciones propias del cargo, ya que le sabía incapacitado para ello, sino para que fuera el inquisidor general de los enemigos del sanchismo.
Tras tomar posesión de la cartera ministerial, el orangután de Sumatra lo primero que hizo fue colocar en la cúpula directiva de Adif a una recua de incompetentes vinculados al PSOE, para acto seguido poner bajo mínimos las tareas de mantenimiento y renovación de la red ferroviaria. Como no podía ser de otra forma, en menos que canta un gallo llegaron los siniestros ferroviarias, primero en Adamuz, donde fallecieron 46 personas, tan solo nueve meses después en Urda, donde se produjeron 69 muertes más, y entremedias más de 1.500 incidencias que no fueron merecedoras de solución alguna, dado que según Óscar Puente la alta velocidad española se hallaba en el mejor momento de su historia, demostrándose así el elevado grado de hipocresía que adorna al personaje.
En un espurio intento de desligar la penosa gestión del sistema ferroviario español de la tragedia de Urda, tanto P. Sánchez como Óscar Puente achacaron la colisión de dos trenes a un fallo cometido por un controlador de Adif. Cuando la verdad fue saliendo a la luz y se comprobó que la catástrofe se debía a una concatenación de fallos del sistema de seguridad la infame coartada se les vino abajo, dejando al descubierto su indecente forma de proceder.
En lógica correspondencia, tras la conmoción inicial y la consiguiente indignación social, todos los tracking electorales dibujaron una panorama desolador para el PSOE. En consecuencia, seis días después de la tragedia y atendiendo exclusivamente a razones de índole electoral, Óscar Puente se vio obligado a dimitir. En su discurso de renuncia al cargo Óscar Puente no pidió perdón, no manifestó sus condolencias hacia las familias de los fallecidos y no hizo ningún tipo de autocrítica, limitándose tan solo a presentarse como un mártir del azar, para a continuación esbozar un plan de medidas que tenían como objetivo mejorar tanto las vías como el sistema de seguridad ferroviaria.
A tenor de las explicaciones dadas parece obvia la absoluta dejación de responsabilidades en la que ha incurrido el ministro de Trasportes, ya que aludir a la mala suerte para justificar las muertes y acto seguido presentar un plan de mejoras del sistema ferroviario conlleva una flagrante contradicción que nos muestra en todo su esplendor la iniquidad de aquel que sabiendo de la necesidad de tomar medidas para paliar la inseguridad ferroviaria se niega a implementarlas incluso después de haberse producido la primera de las tragedias. En definitiva, los accidentes ferroviarios acaecidos como consecuencia del deplorable estado de la red de alta velocidad han venido a demostrar con claridad meridiana el absoluto fracaso del Gobierno sanchista a la hora de gestionar los servicios públicos.
Obviamente para minimizar el presumible descalabro electoral la plana mayor del Gobierno sanchista y los medios de opinión sincronizada ya han puesto en marcha la máquina del fango para embaucar a sus simpatizantes, algo que no es ni mucho menos misión imposible, ya que todos ellos son funambulistas ideológicos que caminan con inusitada condescendencia por la estrecha senda de la mentira. Así, el nuevo bulo salido de la fragua socialista consiste en decir que todo lo sucedido con los trenes se debe a la privatización de la red de alta velocidad promovida por la derecha, lo cual es radicalmente falso. Así, nos encontramos que el Real Decreto que acababa con el monopolio de Renfe fue firmado en diciembre de 2018 por el mismísimo P. Sánchez a propuesta del entonces ministro de Transportes José Luis Ábalos, aludiendo a que ello provocaría “una mejora de la calidad del servicio”. A su vez, resulta que la entidad encargada de la gestión de las infraestructuras ferroviarias y del control de la circulación es Adif, esto es, una empresa de titularidad pública, dependiente del Ministerio de Transportes, la cual, a la postre ha sido la responsable directa de ambas tragedias.
Tras la dimisión del fracasado ministro de Transportes P. Sánchez compareció ante los medios de comunicación para elogiar el trabajo de su particularísimo perro de presa, demostrando con ello un cierto grado de implicación cómplice en el fallecimiento de 115 personas, lo cual evidentemente no es moco de pavo. Pero donde P. Sánchez destapó el tarro de las esencias fue al declarar con rotundidad que en política “No todos somos iguales” y en esto debo reconocer que estoy completamente de acuerdo, ya que efectivamente no todos los políticos son tan egocéntricos, corruptos, tramposos, miserables y desalmados como este villano que tenemos por presidente.