| 13 de Junio de 2024 Director Benjamín López

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El caso Ferrovial: la globalización y la hostilidad hacia las multinacionales

La globalización provoca una presión que aprovechan nuestros políticos para infundir miedo. De ahí que observemos una creciente hostilidad contra las grandes empresas multinacionales.

| Luis Suñer / Acción Liberal Opinión

La idea de que vivimos en una pseudo-democracia dominada por el poder del dinero (esos señores con puro, como nos cuenta el presidente de nuestro Gobierno) es errónea. Los Estados tienen un poder coercitivo que no tienen las empresas. Basta contemplar las actitudes y declaraciones de las ministras de Economía y Hacienda.

Las empresas no pueden obligar a sus clientes a comprarles. Ellas participan de la competencia. Los Estados, no. De la misma manera, la idea de que los países compiten entre ellos es igualmente falsa, pues la fuente más importante de riqueza y ventajas comparativas no son sus recursos naturales, sino su gente. Y la población es altamente inmóvil por razones diversas.

La ministra de Hacienda y Función Pública, María Jesús Montero, y la ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño

La sociedad abierta, como describió Popper, siempre tiene sus enemigos. Que se lo digan a los accionistas de Ferrovial. No obstante, hay uno que representa un peligro mucho más real para las sociedades que pretenden encerrarse en sí mismas: el comercio. Y es que el paso del tribalismo a las sociedades prósperas se aceleró cuando comenzaron a derribarse las barreras al mismo, a través del intercambio, el contacto cultural y la cooperación.

 

Desde las ventajas comparativas de David Ricardo, que nos dice que hay un lugar en el comercio para cada país, pasando por la movilidad virtual de los factores (capital y trabajo) de Heckscher y Ohlin, que nos anticipan la movilidad de las personas, el conocimiento y el capital, llegamos a los días de la revolución digital, donde todo va más rápido y con una fuerza mayor.

La tecnología de la información aporta una nueva dimensión facilitando la fragmentación de la producción en empresas especializadas (outsourcing) y en diversos lugares del mundo (offshoring). Lo que experimentamos con la globalización es la imparable presión transformadora en nuestras sociedades a medida que nuevos países compiten en la liga de la prosperidad. Presión que aprovechan nuestros políticos para infundir miedo en nuestras sociedades.

De ahí que observemos desde hace algunos años una creciente hostilidad contra los grupos multinacionales. Esta hostilidad se manifiesta, como explica el profesor Quy Huy del INSEAD, en tres etapas, las cuales han sufrido (o siguen sufriendo) compañías multinacionales españolas en Hispanoamérica. Desde los casos de Repsol y Telefónica en Argentina hasta el más reciente de Iberdrola en México. Y es que sectores como la construcción, telecomunicaciones o energía tienen altos costes hundidos que reducen el poder de negociación y hacen las salidas difíciles y costosas.

Fachada de la sede de Telefónica, a 6 de marzo de 2023, en Madrid

Las tres etapas de la hostilidad contra las multinacionales

En la primera etapa, la anticipación, las disputas comienzan con acciones simbólicas y ambiguas sobre las intenciones reales del gobierno de intervenir en la industria o la economía, normalmente en el nombre de la protección del ciudadano. No hay que irse muy lejos para ver actuaciones como la limitación en los precios del alquiler, la puesta en marcha de observatorios para la vigilancia de los márgenes de las empresas o el incremento de impuestos a la banca y las eléctricas.

 

En la segunda etapa, la escalada, las multinacionales tienen que afrontar acusaciones de no haber cumplido compromisos. Recordemos las declaraciones de la ministra de Derechos Sociales sobre la contratación pública, donde al Estado se le debe pleitesía una vez te toca con la vara de las adjudicaciones.

Por último, llegamos a la tercera etapa, la expropiación, como les ocurrió a Repsol y Telefónica en Argentina, a Cemex en Venezuela, o a Telecom Italia e Iberdrola en Bolivia. Pensemos en las amenazas de confiscación fiscal de nuestro secretario de Estado de Economía al grupo Ferrovial. O en las modificaciones legales en Castilla La Mancha para expropiar terrenos por motivos imaginados por un político. Reflejos, ambos, de esa pulsión expropiatoria de nuestra izquierda.

Cuando no se quiere dejar salir, nadie quiere entrar. Cuando no respetas el derecho de propiedad, tampoco nadie quiere entrar. Que se lo pregunten a la ya ex ministra de Industria, Comercio y Turismo, y sus repetidos fracasos con los PERTE. Enemigos declarados de las sociedades abiertas.