| 05 de Enero de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Madrid después de la batalla

Cifuentes crece, con un PP herido por la corrupción, un C´s sólido, un Podemos dividido pero discreto y un PSOE en busca de autor. Éste es el paisaje tras la bomba de Ignacio González.

| Antonio R. Naranjo Opinión

Ni los más furibundos detractores internos del llamado 'aguirrismo' creen razonable resumir una década larga de gestión con dos fotos demoledoras: las de Francisco Granados e Ignacio González entrando en la cárcel, con la jefa de ambos y promotora del segundo dimitiendo del puesto que, creía, tenía que apechugar durante cuatro años para lograr al fin la alcaldía.

En Madrid al PP no le ocurre como al PSOE en Andalucía, que gana por inercia: aquí hay que conquistar cada 4 años

Pero ésa es la imagen que queda, demoledora, pese a que las variables que de verdad juzgan una gestión y definen el bienestar de una sociedad son positivas: Madrid es la región de España que más riqueza genera con una menor presión fiscal, una ratio de deuda y déficit más positiva y un progreso educativo más contundente.

Los presuntos delitos de dos de los máximos responsables de ese hito, y de su tupida red de colaboradores alojados en el Gobierno, pesan más sin embargo como resumen de una época: al PP no le pasa como al PSOE en Andalucía, que gana por inercia ocurra lo que ocurra con sus dos últimos presidentes; en la capital del Reino los partidos se ganan en el campo.

Que ahora está embarrado, pero no sólo para el PP. Cristina Cifuentes ha superado dos macht ball desde que llegó a la candidatura en sustitución de quien la quería y esperaba, el ahora repudiado González, con el visto bueno de Rajoy y de Cospedal, el desdén de Aguirre y la neutralidad, en todo caso inclinada a su favor entonces, de Soraya Sáenz de Santamaría: el primero fue su propia investidura, no tanto por el resultado (ganó sin mayoría absoluta pero claramente, y Ciudadanos nuna pensó en ponerse al lado de Podemos) cuanto por la imagen de Ángel Gabilondo, un intelectual educado que mejoró las previsiones del PSOE e hizo posible, o cuando menos no impensable, un acuerdo a tres bandas para desalojar a los populares de la emblemática Puerta del Sol.

 

Cospedal, Rajoy y Cifuentes, en el Congreso que aupó a la última sin oposición alguna a la presidencia del PP madrileño

El segundo 'punto de partido' se jugó hace sólo unos días, con la ínclita 'Operación Lezo' y la detención de González, el tipo que entraba a su despacho a las 9, salía al filo de la medianoche, entre medias comía como un monje, sólo se dejaba vencer por el chocolate y, según el sumario más público que se recuerda entre los secretos, por los negocios a costa del emblemático Canal de Isabel II.

Aunque Cifuentes fue la primera en acudir a la Fiscalía y en despedir a los máximos dirigentes de la empresa pública, en una estrategia que puede continuar si se sospechara lo mismo en otros frentes -se habla del Metro e incluso de Telemadrid-; hubo un intento de cargarle a ella la resaca política del escándalo al recordar su paso que, sobre todo, le valió a Pablo Iglesias para prearar su verdadero objetivo: impulsar una inviable pero vistosa moción de censura contra Rajoy que se presentó a los cinco minutos de pedir lo mismo para Cifuentes. La estratagema no funcionó y la presidenta salió reforzada, pero el intento lo dice todo de lo que le espera: una atroz presión de la izquierda; un apoyo condicionado de Ciudadanos, con objetivos propios, y una necesidad perentoria de encabezar la lucha por la transparencia y adelantarse a los hechos.

Cifuentes fue la primera en denunciar, pero el intento de derrocarla pese a ello resume el clima en el que vivirá

Sorteados los dos puntos de partido, con un Gobierno sólido, las encuestas en retroceso para el PP pero magníficas para ell y el partido controlado tras un Congreso al ritmo de una marcha militar; la profunda herida de los populares madrileños tardará no obstante en cauterizar y requerirá de dos decisiones que ya están en marcha: ser pionero en la lucha contra la corrupción, con herraientas orgánicas vinculantes para toda la organización que fiscalicen a todos sus dirigentes en la región; y renovar las direcciones municipales en las grandes plazas madrileñas, en congresos locales inminentes donde, más que al presidente de Getafe, Alcalá o Alcobendas, se elegirá al candidato a la alcaldía para 2019. Y queda una, decisiva y ahora mismo abierta: el cabeza de cartel para Madrid.

 

 

La elección de José Luis Martínez Almeida como sustituto de Aguirre al frente de la oposición es la prueba de que el cifuentismo, ejecutado por Ángel Garrido y Jaime González Taboada, ha llegado a la cocina del aguirrismo, aunque ahora todo tenga aire provisional: Almeida, un concejal sólido, con una cabeza amueblada de conocimientos y experiencia; respetado y querido por todos en su grupo y en el PP, será el jefe de la Oposición a Manuel Carmena durante dos años, y ejercerá como tal con dureza y sin dar un respiro al Gobierno más fragmentado pero a la vez invulnerable de la historia reciente de Madrid. ¿Puede ganarse el puesto y continuar como candidato? La pregunta, aún, no tiene respuesta, por mucho que el 'No' se imponga en quienes una vez más señalan a Pablo Casado o a la mismísima Soraya como aspirantes. Es demasiado pronto, y citar nombres suele ser más una sutil forma de intentar achicharrarles. Será Rajoy quien decida, y Cifuentes y Cospedal quienes, en ese orden, en todo caso propongan.

Lo que pasa en Madrid se traslada a España. Por eso para el PP es crucial salir reforzado de esta enorme crisis

Porque para entender la catarsis en el PP de Madrid, también hay que poner un ojo en el PP nacional, donde se amplía la presión por la corrupción en una primavera judicial sinuosa y donde, a la vez, se juega una batalla sorda por el control interno en el que todo el mundo juega un papel y mueve sus piezas: el centro del PP, con Madrid y Castilla-La Mancha, es un territorio incuestionable de Cifuentes y Cospedal; Andalucía lo es de Juanma Moreno y Soraya Sáenz y el reparto de lealtades para disputas futuras, si acaso llegan, explica también una parte de una historia convulsa que no afecta del todo a lo más importante para un partido: sea cual sea la encuesta, la encargue quien la encargue, los populares siguen ganando. Al menos de momento.

Una izquierda en crisis

Los sonoros estragos de Púnica, Gürtel o Lezo; tratados con la merecida extensión que paradójicamente no tienen otros casos en su apogeo como el juicio a Chaves y Griñán o los inmenos problemas judiciales de Narcís Serra, todos del PSOE; tapan también la profunda crisis de identidad o la disputa cainita alojada en el seno de la izquierda en todas sus modalidades. En Podemos ya ejerce de precandidato Íñigo Errejón, elegido por la gracia de Iglesias como candidato a la Puerta del Sol con la misma participación de 'la gente' que aupó a Ramón Espinar y defenestró a José Manuel López, el lider elegido por los ciudadanos pero derrocado por el establishment de su partido.

 

 

Prospere o no Errejón, la división en Podemos es casi una fractura y se hará aún más dolorosa cuando tengan que buscar sustituto a Manuela Carmena y las múltiples taras de su Gobierno, un Frankenstein construido a retales y jirones de partidos y facciones, emerjan en su plenitud.

Podemos está en crisis: dividido, sin candidato en el Ayuntamiento y con Errejón y Espinar mirándose de reojo

El partido que quiere encabezar ya una moción de censura contra Cifuentes se la ha hecho a sí mismo durante toda la legislatura, con peleas internas, laminaciones y ascensos casi a dedo; y llega al ecuador de la legislatura sin saber quién lo encabezará, cómo resolverá el magma de marcas blancas en todos los grandes municipios; cómo despejarán sus problemas de convivencia Iglesias, Errejón y Espinar y de qué chistera podrán sacar un conejo como el de la hastiada alcaldesa en ejercicio. Todo en Podemos son incógnitas, fraticidios, incógnitas y paseíllos políticos; hoy parapetados en el clima de corrupción pero mañana explosivos para su imagen externa.

El PSOE, entre penumbras

No mucho mejor, aunque menos ostentosa, es la situación en el PSOE, pendiente de Susana Díaz y Pedro Sánchez y enfangado en la lucha de cada familia por ayudar al candidato de su predilección. Quien gane decidirá qué pasa en Madrid, pero la división se mantendrá y las incertidumbres también. Sin líderes claros, con contradicciones tales como arremeter contra Podemos en toda España pero mantenerle al frente del Ayuntamiento de su capital sin haber ganado los comicios; nada está claro tampoco en unos socialistas desquiciados y con más preguntas que respuestas.

 

Susana, entre Felipe, Zapatero, Guerra y Rubalcaba en Madrid; decisivo para sus aspiraciones

Nada se sabe del futuro de Gabilondo, tan respetado fuera como tomado por excesivamente 'apolítico' y catedrático dentro. E igual de opaco parece su actitud en el primer Ayuntamiento de España: si gana Susana Díaz, probablemente Antonio Miguel Carmona acabe la legislatura como vicealcalde de Madrid y una Elena Valenciano o similar se cargue el partido a la espalda. Pero las heridas y las venganzas, derivadas de las traumáticas imposiciones y defenestraciones de Pedro Sánchez en la región donde menos respetó a la militancia, sugieren un futuro inmediato feroz, sin referentes claros y con largos meses de vendetas para situar al nuevo poder en agrupaciones de toda la Comunidad de Madrid.

 

Rivera y Aguado, de Ciudadanos, en un momento de estabilidad que presagia participación en los gobiernos a partir de 2019

Los restos de la vieja IU, ajusticiada por Alberto Garzón y enemistada con él casi a muerte, ofrecen una última pincelada al paisaje bélico de la izquierda madrileña, un territorio donde Ciudadanos vive con cierta paz y observa al resto con una leve sonrisa, sabiendo que Begoña Villacís e Ignacio Aguado seguirán en la partida con buenas cartas: aunque no haber gobernado con Cifuentes se considera un error en no pocas familias del partido, ejercer de 'oposición responsable' garantizando el Gobierno sin participar en él puede hacer llegar a los naranjas enteros a la próxima cita electoral, tras la cual, ya sí, tendrán que mojarse. Allí les esperará la presidenta autonómica en ejercicio, con un plan bien confesable que a nadie esconde: recuperar la mayoría absoluta. Y antes,un poco de calma en un mar embravecido.