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El laberinto de Macondo, en 50 historias reales y mágicas

Esta primavera se cumplió medio siglo de la publicación ‘Cien años de soledad’, una obra maestra rodeada de leyenda que consagró al Nobel García Márquez, nacido un 6 de marzo de 1927.

| Pedro Pérez Hinojos Opinión

“…Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.” Con estas sentenciosas palabras se cierra uno de los libros más grandes de la historia de la literatura universal, Cien años de soledad, de cuya aparición se cumple medio siglo esta primavera. 90 años hubiera cumplido el pasado marzo su creador, el escritor colombiano Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927- México DF 2014), que también celebraría este año el 70 aniversario de Ojos de perro azul, su primer relato importante.

Cien años retrata, desde un rincón del mundo, el drama existencial de la humanidad entera

Luego vendrían La hojarasca o El coronel no tiene quien le escriba. Pero fue Cien años de soledad, la laberíntica crónica de la familia Buendía en la atmósfera asfixiante del territorio inventado de Macondo, la que le abrió las puertas a la posteridad.

Aún hoy sigue ejerciendo un magnetismo especial el modo de narrar de García Márquez, gran maestro del realismo mágico, un género que no inventó pero que hizo suyo como ningún otro autor. Hasta el punto que esta peculiar manera de contar trascendió las páginas del libro e impregnó todo el proceso de creación, publicación y conquista del éxito.

Lo fantástico y lo real, combinados en un tranquilo mundo de imaginación rica”, según reza en la laudatio de la Academia sueca que le concedió el premio Nobel de Literatura en 1982, también están, por tanto, en las historias que rodean a Cien años de soledad; una obra que retrata el drama existencial de la humanidad entera, como fue saludada por parte de la crítica tras su lanzamiento.

Sin embargo, muchos años después, frente a un pelotón de periodistas, Gabriel García Márquez había de recordar que, con su novela, “solo quise dejar una constancia poética del mundo de mi infancia, que transcurrió en una casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia”.

O se escribe o se ahorca a la esposa

Nada más esclarecedor para entender la génesis de Cien años de soledad, que las confidencias que Gabriel García Márquez le hizo a su amigo el diplomático Plinio Apuleyo Mendoza a través de cartas, allá por comienzos de los años 60. Varias de esas misivas fueron incluidas por Mendoza en el libro Gabo. Cartas y recuerdos (2013). Así, el escritor le anuncia en una de esas cartas lo siguiente:  "Mi antiguo y frustrado deseo de escribir un larguísimo poema de la vida cotidiana, ‘la novela donde ocurriera todo’, de que tanto te hablé, está a punto de cumplirse. Ojalá no me haya equivocado". En otra carta posterior le revela que “Cien años de soledad fue la primera novela que traté de escribir, a los 17 años, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande. Desde entonces no dejé de pensar en ella". "Saco de todo esto la conclusión –prosigue- de que cuando uno tiene un asunto que lo persigue, se le va armando solo en la cabeza durante mucho tiempo, y el día que revienta hay que sentarse a la máquina, o se corre el riesgo de ahorcar a la esposa".

Una mirada repleta de fantasmas

García Márquez se crió con sus abuelos maternos y sus tías en una gran casona. A partir de ella se inspiró en la estirpe de los Buendía, espinazo de la novela, y a la vez, las mujeres de su familia fueron quienes le transmitieron esa mirada intimista, hogareña y repleta de fantasmas y hechos sobrenaturales que tuvo el talento de volcar en su obra literaria.

Kafka, uno más de la familia

Junto a la influencia de la familia biológica en su pulso narrativo, el de Aracataca siempre admitió el ascendiente que sobre él tuvo otra suerte de familia, la de los padres de sus lecturas, entre los que sobresalieron Faulkner, Woolf  y Kafka. De este último comentó en muchas ocasiones la revelación que supuso La metamorfosis, libro que leyó por primera vez cuando cursaba el primer curso de Derecho en la Universidad. “Debía tener unos diecinueve años –relató en una entrevista. Al abrir el libro y leer: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en la cama convertido en un enorme insecto”. ¡Coño -me dije-, así hablaba la abuela! Y pensé: si eso está impreso, yo también quiero ser escritor”.

El principio del principio

El Nobel comenzó su libro de memorias Vivir para contarla (2002) por un episodio muy puntual pero decisivo para su vida y obra: el viaje a Aracataca junto a su madre, Luisa Santiaga, en el mes de febrero de 1950 para vender la casa de los abuelos. Las impresiones y sentimientos que amasó en aquel viaje le marcaron para siempre. “Advertí que todo lo que me había sucedido en la infancia tenía un valor literario que recién empezaba a apreciar”, contó años después de aquella experiencia, que le grabó a fuego la necesidad de escribir una gran novela: “Yo empecé a ser escritor en ese momento".

Siendo un adolescente, García Márquez comenzó a escribir un relato titulado 'La casa', inspirado en su familia, que fue el embrión de la novela

¿Cómo enganchar al lector?

Tras estrenarse en periódicos de Cartagena de Indias y Barranquilla, a García Márquez le llegó su primera gran oportunidad como reportero en las páginas de El Espectador, en 1954. El oficio periodístico y el dominio magistral de las particulares reglas que gobiernan la redacción de noticias y reportajes no solo le dieron tablas a su escritura, sino que le permitió desarrollar un talento especial para los titulares, los comienzos de los textos y los remates, siempre en busca de echarle el anzuelo al lector “y no soltarlo”. Ya entonces, escribía y reescribía elgran relato titulado La casa, embrión de Cien años de soledad.

La casa

En un principio García Márquez, justamente, pensó en titular su novela La casa, pero se decidió finalmente por Cien años de soledad para no que se produjeran confusiones con la novela La casa grande, publicada en 1954 por su amigo, el escritor Álvaro Cepeda.

Un adelanto

Precisamente ese 1954, el escritor logró que le publicaran en la revista Crónica un texto titulado La casa de los Buendía (Apuntes para una novela) en el que ya barruntaba un argumento donde aparecían Aureliano Buendía, la casona de la familia y el abigarrado Macondo. Durante los siguientes tres lustros, García Márquez trabajó como periodista en distintos países y en todo momento le acompañó un mamotreto de más de seiscientas cuartillas con el título La casa en la primera hoja.

“Cuando Aureliano Buendía regresó al pueblo…”

En La casa de los Buendía, se puede leer el siguiente fragmento: “Cuando Aureliano Buendía regresó al pueblo, la guerra civil había terminado. Tal vez al nuevo coronel no le quedaba nada del áspero peregrinaje. Le quedaba apenas el título militar y una vaga inconciencia de su desastre. Pero le quedaba también la mitad de la muerte del último Buendía y una ración entera de hambre.”

México y Rulfo

Fue en México donde Gabo acometió la escritura definitiva de Cien años de soledad. Tras varios años como corresponsal en Europa, colaborar en la creación de la agencia cubana Prensa Latina y trabajar en Estados Unidos, a comienzos del verano de 1961 el escritor llegó junto a su familia a Ciudad de México. Su amigo y compatriota Álvaro Mutis les ayudó a establecerse y echar raíces en la capital azteca. Y cuando el Nobel le preguntó a su paisano que autor mexicano debía leer, éste le puso delante Pedro Páramo y El llano en llamas, de Juan Rulfo.  “Léase esa vaina, y no joda, para que aprenda cómo se escribe”, le conminó Mutis.

La vaca, el venado, el coyote…

Desencantado por su escaso éxito en el mundo literario y por su trabajo como periodista, y también como publicista y guionista de cine, en pleno “cataclismo del alma”, la leyenda cuenta que un día de 1965, de camino en un Opel hacia Acapulco con su familia para pasar unas vacaciones experimentó una extraña epifanía: una vaca se les cruzó en la carretera y tras el frenazo, de golpe, se le vino encima la idea de darle forma de una vez por todas a aquel tocho de papel que le acompañaba desde hacía dos décadas. Y allí mismo dio la vuelta para volver a Ciudad de México para ponerse a la tarea. Otras versiones de la leyenda cambian la vaca por un venado y por un coyote.

Con la voz de la abuela

El mismo Gabo contó que lo que sucedió de camino a Acapulco, según la versión legendaria, o pudo suceder en cualquier otro momento y lugar, es que al fin encontró la manera de enhebrar la historia familiar de La casa. Simplemente tenía que limitarse a contarla “como lo contaba mi abuela”. Tranquilina Iguarán Cotes, a quien García Márquez llamó siempre la abuela Mina, era una mujer que, según la descripción de su nieto, siempre tenía a mano historias de fantasmas, augurios y signos premonitorios, y las relataba de manera tan natural y objetiva como si se tratase de un hecho real. Y de ella no solo tomó prestado su manera de contar, sino que incluso la escogió de modelo vivo para uno de los personajes de la novela, Úrsula Iguarán.

¿Por qué Macondo?

Se ha especulado mucho sobre el origen de la palabra Macondo, que da nombre a la población sobre la que gira la novela y, por extensión, a todo el universo literario del escritor. Se ha relacionado con el término bantú para el plátano, con el nombre de un juego de azar y hasta con la evocación de la palabra cóndor. Pero el propio autor confirmó en Vivir para contarla que era el nombre de una hacienda bananera cercana a Aracataca y que, sin conocer con exactitud su origen, le llamó la atención desde niño pero solo de adulto descubrió que era por el especial lirismo que se desprendía de su sonoridad.

Primero, en La hojarasca

No obstante, Gabo utilizó Macondo como escenario novelesco mucho antes de que fuera el escenario de los avatares de los Buendía en Cien años de soledad. En concreto, su primera novela publicada, La hojarasca (1955), se desarrolla íntegramente en Macondo. Y también se menciona el mágico pueblo, o la acción se desarrolla en alguna población próxima a él, en El coronel no tiene quien la escriba (1961), Los funerales de la Mamá Grande (1962), La mala hora (1964) y Crónica de una muerte anunciada (1981).

El verdadero descubrimiento del hielo

Como en el célebre arranque de su novela, García Márquez también recordó en muchas ocasiones el día en que su abuelo le dio a conocer el hielo. Fue en el mercado del pueblo cuando apenas tenía 5 años. Le llamaron la atención unos peces duros como piedras y así lo contó al llegar a casa. El abuelo Nicolás se encargó de explicarle que estaban así porque se encontraban congelados. Gabito no entendía en qué consistía eso y el abuelo le aclaró que los habían metido en hielo. Pero el pequeño seguía sin comprender, y entonces el patriarca lo cogió de la mano y lo llevó al mercado para enseñarle el hielo.

El duelo del coronel

En la figura del coronel Aureliano Buendía, el gran pilar de su novela, se asegura que se funde la sombra del Ché Guevara y en especial la de su abuelo materno, Nicolás Márquez, veterano de la Guerra de los Mil Días, terrateniente y respetable hombre de familia. El escritor lo idolatraba. E incluso le disculpó por que en 1908 matara a un hombre llamado Medardo, sobrino de un amigo y compañero de armas. La familia del escritor siempre justificó el asesinato, por tratarse de “un duelo de honor”. Pero al parecer no hubo nada heroico en aquel lance, según reveló el profesor norteamericano Gerald Martin en su biografía “no autorizada, pero si tolerada” Gabriel García Márquez: una vida (2009). Según esta otra versión, el coronel, que era un mujeriego pertinaz, había seducido a una viuda del pueblo y alardeó de ello. Medardo, hijo de la agraviada, herido en su orgullo, retó e insultó a Nicolás en varias ocasiones. Un día de fiesta, Medardo fue abordado en un callejón por el coronel. “¿Estás armado, Medardo?”. “No”, respondió. “Bueno, recuerda que te advertí”, le espetó Nicolás antes de pegarle un tiro. Cuando prestó declaración ante las autoridades, Nicolás Márquez confesó que lo había matado. “Y si vuelve a la vida, lo mato otra vez”. Gracias a sus influencias, consiguió que la pena se quedara solo en un año de cárcel.

Durante más de un año, el escritor se consagró a su novela a razón de ocho horas diarias ante la máquina de escribir

El puré de Gonzalito

Cuando supo el camino narrativo que debía tomar, García Márquez se olvidó de cualquier otra actividad y se entregó a escribir y reescribir, a razón de ocho horas al día, frente a la máquina de escribir. Mientras, su mujer, Mercedes Barcha, se afanó por sostener la frágil economía familiar. Y cuando el dinero se acabó, empezó a empeñarlo todo: el televisor, la nevera, la radio. Cuentan que llegaron a comer el puré de su hijo Gonzalo, que aún era un bebé. 

La Cueva de la Mafia

El escenario donde se desarrolló la escritura de la novela fue el hogar de los García Márquez, una casa de dos plantas en el barrio San Ángel Inn con vistas al campo. En un extremo del salón el escritor se fabricó un pequeño estudio, más bien una guarida, a la que llamaba 'La Cueva de la Mafia'. La Mafia era, por otra parte, el nombre por el que se conocía a su cuadrilla de amigos en México DF, de la que formaban parte Fuentes, Mutis o Mario Vargas Llosa. El 'zulo' donde pasaba casi la mitad del día tenía apenas cinco metros cuadrados, pero disponía de luz natural, una estantería y una mesita de madera con el espacio justo para colocar la máquina de escribir Olivetti y los papeles.

Entre Debussy y los Beatles

A la mitad del verano de 1965, comenzó la escritura en firme de la novela. El autor encerró en su Cueva con un puñado de libros, donde sobresalían los tomos de la enciclopedia británica, y mazos de cuartillas en blanco. Y al compás del tecleo en la Olivetti, en un tocadiscos sonaba toda clase de música, aunque nunca faltaban piezas de Debussy o canciones de The Beatles.

El galeón salvador

“¿Qué carajo vendrá ahora?”, dicen que se preguntó García Márquez cuando logró pulir el ya célebre arranque de su libro: “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Y dicen también que solo se convenció de que aquella historia “podía llegar a alguna parte”, cuando ‘encontró’el galeón español en la selva, en la parte final del primer capítulo.

“Mercedes me manda a la mierda”

En una carta a su amigo Plinio Apuleyo fechada a finales de junio de 1966, el autor realiza la siguiente descripción de la “locura” en la que vive desde hace meses: “Escribo desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde; almuerzo, duermo una hora, y corrijo los capítulos del principio, a veces hasta las dos y tres de la madrugada. Nunca me he sentido mejor: todo me sale a torrentes. No he salido a ninguna parte. Mercedes aguanta como un hombre, pero dice que si luego la novela no funciona me manda a la mierda”.

El vuelo de Remedios la Bella…

Uno de los episodios que más le quitó el sueño a Gabo fue aquel en que Remedios la Bella, la mujer más bella del mundo y causante del desvarío de los hombres de Macondo, se eleva hasta al cielo mientras doblaba sábanas. Se lo dio a leer a su amigo Apuleyo, que le dio su aprobación. "Me ha dado una gran alegría lo que me dices del capítulo", le contestó por carta: "(éste) era el más peligroso: la subida al cielo en cuerpo y alma de Remedios Buendía".

Los especialistas reconocen en el personaje de Melquiades al 'otro yo' de García Márquez, por su carácter ubicuo y su aura de profeta

…Y de la hermana de Gabo

Por otra parte, se dice que este fenómeno fue ‘cierto’, pues el escritor se inspiró en lo que se contaba de una hermana suya. Ésta se fue a vivir con un hombre sin estar casada y como a la familia le daba vergüenza decir la verdad, le contaban entre bromas y veras a los vecinos que “estaba doblando sábanas y se voló”.

La noche que mató al abuelo…

Otro pasaje que le costó cerrar al Nobel fue el de la muerte del coronel Aureliano Buendía, inspirado, como se sabe, en su abuelo Nicolás. Y tras darle muchas vueltas, una noche lo ‘mató’ de una manera simple: la parca le sorprendió mientras orinaba junto a un árbol. Contó luego que, cuando terminó de teclearlo y sacó la cuartilla de la máquina, se fue al dormitorio, se echó al lado de Mercedes y, tras contarle lo que acababa de escribir, se puso a llorar como un niño.

…Y la mañana en que pareció que habían muerto los amigos

No hubo euforia ni satisfacción especial en Gabo en el momento exacto en que concluyó Cien años de soledad. Más bien lo contrario. Dasso Saldívar, uno de los mejores biógrafos del escritor, al que retrató en El viaje a la semilla (1997) cuenta que el esperado suceso se produjo una mañana de septiembre de 1966; y el autor se sintió confuso y perdido: “Estaba solo en la casa, no encontró a ninguno de sus cómplices para contárselo y no supo qué hacer con el tiempo libre. Después diría que tras la escritura del libro se había sentido vacío, ‘como si hubieran muerto mis amigos”.

20 capítulos sin título

El libro se compone de 20 capítulos no titulados, en los cuales se narra una historia con una estructura cíclica temporal, puesto que los acontecimientos del pueblo y de la familia Buendía, así como los nombres de los personajes, se repiten una y otra vez, entreverando la fantasía con la realidad. En los tres primeros capítulos se narra el éxodo de un grupo de familias y la fundación de Macondo, desde el capítulo 4 hasta el 16 se trata el desarrollo económico, político y social del pueblo y los últimos cuatro capítulos narran su decadencia. En la primera edición, la novela tiene 351 páginas.

Melquiades, ‘alter ego’ de García Márquez

Además de inspirarse en miembros de su familia para componer algunos de los personajes del alambicado de repertorio de nombres propios que pueblan la obra, los especialistas reconocen al autor en alguno de estos hijos literarios. El biógrafo Saldívar, por ejemplo, considera que “Aureliano Buendía tiene mucho de García Márquez pero también es todo lo contrario de su creador. Aunque otros de sus personajes tienen mucho de él, como Úrsula Iguarán (Gabo hubiera podido decir también, al modo de Flaubert, “Úrsula soy yo”), creo que su  personaje más alter ego es Melquíades. Sin ninguna duda. Melquíades no solo es personaje visible en Cien años de soledad, sino que está al otro lado o dentro de la novela sosteniéndola con su imaginación, su poesía y su escritura en sánscrito. Por eso es el personaje ubicuo de la novela. Pero esto no sólo ocurre en Cien años de soledad: Melquíades está detrás de todos los libros de García Márquez”.

Cargados de milagros

El novelista recordó en numerosas ocasiones cómo sus amigos más cercanos, que conocían la situación que atravesaba, "nos visitaban con más frecuencia que antes, siempre cargados de milagros para seguir viviendo". Entre esas visitas, García Márquez recordó las de su inseparable Álvaro Mutis y su esposa Carmen, así como las de Carlos Fuentes: "Me daban cuerda para que les contara el capítulo en curso de la novela. Yo me las arreglaba para inventarles versiones de emergencia, por mi superstición de que contar lo que estaba escribiendo espantaba a los duendes". 

El escritor quemó todas las notas y borradores tras ver publicada su novela. No quería que nadie conociera sus "trucos" ni su "carpintería secreta"

Una discreta pero muy efectiva operación de marketing

Frente a la versión más conocida sobre el proceso modesto y casi artesanal que acompaño a la publicación de Cien años de soledad, existen otras como la defendida por el profesor de Sociología, Álvaro Santana Acuña, que tras una investigación ha asegurado que la promoción del libro comenzó mucho antes de su aparición. Representado por la poderosa agente barcelonesa Carmen Balcells, García Márquez no solo hizo circular entre sus amistades retazos del libro que tenía entre manos, sino que entregó para su publicación en varias revistas de Iberoamérica y de Europa algunos capítulos, la mayoría, eso sí, de tiradas limitadas y pertenecientes a los círculos no oficiales.

A conocer un camello

Fruto de esa investigación y del cotejo entre aquellos capítulos adelantados y la novela finalmente publicada, Santana Acuña afirma que existen cambios significativos. Por ejemplo, el padre del coronel Aureliano Buendía no le llevó a conocer el hielo, sino un camello; Remedios la Bella se llamaba Remedios de Asís; y el último de la estirpe de los Buendía no murió devorado por hormigas, sino que se suicidó.

El rechazo de Barral

Se cuenta que García Márquez inicialmente le presentó Cien años de Soledad al célebre editor Carlos Barral, quien a mediados de los años 60 dirigía la que en ese entonces era la editorial de vanguardia en lengua castellana Seix Barral de Barcelona. Pero recibió una desalentadora respuesta: “Yo creo que esa novela no va a tener éxito. Yo creo que esa novela no sirve”, dicen que dijo el editor.

 …Aunque la novela jamás le llegó

Pero el propio editor desmintió en varias ocasiones tal rechazo. Una de ellas fue en una carta publicada por el diario El País en 1979. Dice Barral en ella, “pues bien, hora es ya que diga que no rechacé el manuscrito, un manuscrito que no tuve ocasión de leer, del libro capital de Gabriel García Márquez”. Luego explica que Gabo, al que todavía no le unía la amistad que forjaron más tarde, sí le envió un telegrama que llegó al filo de las vacaciones estivales. Pero, en definitiva, insiste Barral, “no leí Cien años de soledad, cuyo manuscrito no había cruzado el océano, sino después de publicado por Editorial Sudamericana”. La aclaración, sin embargo, no surtió efecto y aún hoy se sigue sosteniendo que Barral fue el editor ‘villano’ que dijo no a la gran novela de la literatura contemporánea.

 

 

Una novela que podía interesar…

Un editor argentino, Francisco Porrúa, cabeza visible de la Editorial Sudamericana, con sede en Buenos Aires, había quedado fascinado con la lectura de La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba, dos libros que casi le llegaron por azar, prestados por un amigo, Luis Harss, que había escrito un libro, Los nuestros, sobre los escritores del 'boom' de la literatura latinoamericana. Escribió entonces a Gabo para proponerle que reeditara estos libros en Argentina con su sello. El colombiano contestó que los derechos estaban comprometidos con otra editorial “pero que estaba terminando una novela que podía interesarme”, narró Porrúa años después.

…E interesó desde “la primera línea”

“Por supuesto yo le contesté enseguida que sí me interesaba y que me mandara el manuscrito. Me lo envió y leí las primeras páginas de Cien años de soledad comprobando que todo lo que yo había pensado sobre García Márquez era cierto”, recordaba el editor, que aseguró que devoró el tocho de cuartillas en un día. Aunque insistía en que no hacía falta. “No se trataba de llegar al final para saber si la novela se podía publicar. La publicación ya estaba decidida con la primera línea, con el primer párrafo. Simplemente comprendí lo que cualquier editor sensato hubiera comprendido en mi lugar: que se trataba de una obra excepcional”.

Al correo, en dos partes y con el secador y la batidora empeñados

Tras más de un año trabajando en la escritura del libro, un día de septiembre de 1966 García Márquez fue a la oficina de correos más cercana de su casa en Ciudad de México para enviar a Buenos Aires el voluminoso manuscrito compuesto por 590 cuartillas. Una vez allí, él y su esposa Mercedes descubrieron que no tenían el dinero suficiente para enviarlo todo, de modo que solo pudieron enviar la mitad. Para remitir la segunda parte del manuscrito, empeñaron los únicos electrodomésticos que les quedaban: el secador, el calentador y la batidora. 

Que no sea “mala”

"Lo único que falta ahora es que la novela sea mala", dicen que le dijo Mercedes a su marido nada más salir de la oficina de correos tras mandar la primera tanda de la novela en dirección a Argentina.

Primero la segunda, segundo la primera

Circula la versión de que, a la hora de dividir el bloque de cuartillas en dos partes, Gabo y Mercedes enviaron en primer lugar por error las trescientas últimas páginas de la novela al editor. Por suerte a Porrúa le gustó tanto lo que le leyó, que giró al matrimonio el dinero necesario para que le mandaran por correo las 300 primeras cuartillas

La primera prueba de imprenta

Cuando el editor le remitió la primera copia de la prueba de imprenta, o galerada, Gabo la llevó a casa del cineasta español Luis Alcoriza y su esposa, la austriaca Janet Riesenfeld, a quienes regaló el documento, pues envió de vuelta a Argentina una lista con las correcciones. "Para Luis y Janet, una dedicatoria repetida pero que es la única verdadera: del amigo que más los quiere en el mundo", escribió el autor durante una velada en el hogar mexicano de la pareja, en la que también estaba presente el director de cine español Luis Buñuel. En 1985 el escritor añadió otra anotación: "Confirmado”. Esa primera prueba pasó a manos del heredero de los Alcoriza, que casi veinte años después de la muerte del director de cine, en 1992, decidió desprenderse de él. Y aunque el documento ha salido varias veces a subasta, nunca ha encontrado comprador.

Las mariposas, amarillas

En la portada de esta prueba de imprenta se puede leer el nombre y la dirección del escritor en México y "aéreo-certificado". En las páginas interiores, hay correcciones en bolígrafo rojo hechas por el editor y otras en rotulador negro que son del propio autor, quien cambió más de 150 palabras y otras tantas expresiones para reforzar el texto. Así, "solombáticos" pasa a ser "zurumbáticos", la "Opera Magna" es "Alquimia", los "fenómenos" son "cambios", la "prodigalidad" es el "desperdicio", "las blondas rojas" son "los brazales rojos" y “atarván” se convierte en “troglodita”. También indica que las mariposas han de ser, cómo no, “amarillas”, el color favorito del escritor.

Los borradores y notas, a la hoguera

García Márquez quemó todas las anotaciones, diagramas y borradores sobre Cien años de soledad. Sus amigos lamentaron que no las conservara para la posteridad. Él achacó esta decisión a su sentido del pudor, asegurando que para él no sería nada grato que la gente escarbara en sus “sobras literarias”. Aunque los especialistas en su obra consideran que, con este recurso, el escritor trató de proteger sus secretos, los “trucos” de su oficio, y no mostrar detalle de la “carpintería secreta” que sostiene su monumental obra.

8.000 ejemplares que volaron

La primera edición de Cien años de soledad salió de la imprenta el 30 de mayo de 1967 y el 5 de junio llegó a las librerías de Buenos Aires. Los 8.000 ejemplares de aquella tirada inicial se agotaron de inmediato. Más de 40 millones se han vendido hasta la fecha del libro, traducido a 39 idiomas.

El galeón sobre flores amarillas

Para aquellos primeros ejemplares el editor improvisó una cubierta que representa a un galeón de color azul encallado en una jungla sobre tres flores amarillas, ya que no llegó a tiempo la composición que se había encargado al pintor mexicano Vicente Rojo. Hoy son codiciados esos ejemplares pioneros por todos los coleccionistas.

La misteriosa ‘E’ invertida

En la segunda edición, la novela ya se publicó con la portada de Rojo. Representaba un collage o más bien un mosaico de sellos o viñetas que contienen elementos de la historia. El artista dijo que quería acentuar así el carácter popular que se respira a lo largo de toda la novela e imitar el proceso de creación de los rotulistas mexicanos. Y para ahondar en esa estética desenfadada y sencilla, tuvo la idea de invertir la ‘e’ de la palabra soledad en el título. Un error calculado como un ‘guiño’ a la novela que, con el paso del tiempo, se convirtió en la fuente de toda clase de especulaciones e interpretaciones descabelladas, para dolor de cabeza del escritor y apuro del artista.

El primer párrafo

El legendario Jorge Luis Borges dijo en una entrevista que la obra de García Márquez tenía uno de los mejores inicios que jamás haya leído. Al respecto, el escritor de Aracataca le confesaba a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en una carta que "lo más difícil es el primer párrafo. Pero antes de intentarlo, hay que conocer la historia tan bien como si fuera una novela que ya uno hubiera leído. (…) No se me haría raro que se durara un año en el primer párrafo y tres meses en el resto, porque el arranque te da a ti mismo la totalidad del tono, del estilo y hasta de la posibilidad de calcular la longitud exacta del libro".

Vargas Llosa, admirador de primera hora…

Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa se profesaron una amistad casi fraternal hasta que en 1976 se quebró a puñetazo limpio a las puertas de un cine de Ciudad de México por un lío de faldas nunca aclarado del todo. Pero entre las muchas pruebas del aprecio que se tenían y de la admiración literaria que se profesaban, sobresalen los elogios que el escritor hispano-peruano le dedicó a Cien años de soledad desde primera hora. En la revista peruana Amaru, el autor de La ciudad y los perros escribió en el verano de 1967, apenas un par de meses después de salir a la venta el libro, un extenso artículo laudatorio con párrafos como el que sigue: “hace suyo el ambicioso designio de los anónimos brujos medievales que fundaron el género: competir con la realidad de igual a igual, incorporar a la novela cuanto existe en la conducta, la memoria, la fantasía o las pesadillas de los hombres, hacer de la narración un objeto verbal que refleja el mundo tal y como es: múltiple y oceánico." 

En 2004 se hizo un referéndum en Aracataca para cambiar su nombre por el de Macondo, pero los vecinos votaron en contra

…Al igual que Fuentes y Cortázar

No le fue a la zaga en admiración y elogios Carlos Fuentes, que tras la aparición de un avance del primer capítulo en El Espectador en el mes de mayo de 1966, pudo leer los dos siguientes y le dedicó un comentario laudatorio. Después se los pasó a Julio Cortázar, que también se mostró muy satisfecho con el relato.

Mejor, Aracataca

En 2004, por una iniciativa municipal, se propuso renombrar a Aracataca como Macondo con el fin de reactivar la economía de este pueblo, sumido en tal pobreza que se ha declarado en quiebra. Sin embargo, el referéndum mostró un escaso interés por parte de sus habitantes y la medida no fue aprobada.

No al cine…

A pesar de los estrechos vínculos que Gabo mantuvo siempre con el mundo del cine, nunca dio su autorización para que Cien años de soledad tuviese una adaptación cinematográfica. Entre otras razones, el escritor argumentaba que no quería destruir la ‘película’ personal e intransferible que cada uno de los millones de lectores se había hecho de la novela.

…Salvo si es con De Niro y por capítulos de dos minutos

Aunque en alguna oportunidad bromeó sobre la posibilidad de que se pudiera hacer una versión para la pantalla grande si había un productor que se atreviera a acometer la inversión millonaria que supondría contratar a un reparto de estrellas, “como ejemplo, Robert de Niro en el papel del coronel Aureliano Buendía y Sofia Loren en el de Úrsula”. O si había algún loco dispuesto a acometer el siguiente y demencial plan de rodaje: “Debemos filmar todo el libro, pero lanzar solo un capítulo de dos minutos cada día, por 100 años”.

Una historia atragantada…

El mejor resumen de lo que supuso Cien años de soledad para Gabriel García Márquez se contiene, de nuevo, en una confesión hecha por carta a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, donde rezuma, más que nada y por encima de muchos temores, el deseo de liberarse de una pesada carga: "Yo tenía atragantada esta historia donde las esteras vuelan, los muertos resucitan, los curas levitan tomando tazas de chocolate, las bobas suben al cielo en cuerpo y alma, los maricas se bañan en albercas de champaña, las muchachas aseguran a sus novios amarrándolos con un dogal de seda como si fueran perritos, y mil barbaridades más de esas que constituyen el verdadero mundo donde tú y yo nos criamos, y que es el único que conocemos, pero no podía contarlas".

…A la que terminó odiando

Con el paso de los años, el Nobel colombiano acabó aborreciendo el libro que le hizo pasar a la historia. Así lo manifestó en muchas ocasiones, pero en pocas con tanta crudeza como en una entrevista concedida al periodista Tomás García Yebra para el dominical El Semanal en septiembre de 1991. “Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio”, le confesó el escritor. “¿Por qué?”, le pregunto García Yebra. “Está escrita con todos los trucos de la vida y con todos los trucos del oficio. Eso no lo ha sabido ver ningún crítico. Los críticos tratan de solemnizar y de encontrarle el pelo al huevo a una novela que dice muchas menos cosas de lo que ellos pretenden. Sus claves son simples, yo diría que elementales, con constantes guiños a mis amigos y conocidos, una complicidad que sólo ellos pueden entender”, fue la respuesta de García Márquez.