Cansado, irritable o con ganas de hibernar y el drama de no poder eructar

FONENDO

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El verano se ha ido, los días se acortan y de pronto te sorprendes preguntándote: ¿por qué estoy más cansado, irritable o con ganas de hibernar como un oso? La respuesta está en la falta de luz: menos sol, menos serotonina, más desajustes en nuestro reloj interno. ¿Resultado? Ansiedad estacional, insomnio y esa sensación rara de tristeza sin motivo.

¿Y por qué parece que a las mujeres les afecta más? No lo sé, pero la mía en otoño pasa de ser fan de las terrazas a especialista en mantas y tele.

Pero todo tiene una explicación. La biología decidió que son más sensibles a la reducción de luz, así que su ánimo tiende a resentirse todavía más en otoño. ¿Qué hacer, me pregunta mi mujer? Le recomiendo salir a caminar cuando haya sol, mantener una rutina de sueño y, sobre todo, no rendirse al sofá como si fuera una trampa mortal. Ese es su problema…

Al final, la pregunta es: ¿dejamos que el otoño nos robe la energía o lo usamos de excusa para cuidarnos más? Porque igual no podemos alargar los días, pero sí podemos ponerle un poco de humor… y quizá una lámpara bien potente en el salón.

Otra cosa. Eructar no será glamuroso, pero es uno de esos placeres sencillos de la vida. Vamos, digo yo… Ahora imagine no poder hacerlo nunca. No es cuestión de educación victoriana ni de aguantar las formas. Existe un trastorno con nombre de trabalenguas: disfunción cricofaríngea retrógrada, que impide eructar.

El resultado es tener presión en el pecho, burbujeos en la garganta como jacuzzi mal calibrado, dolor y la incómoda sensación de ir inflado como dirigible de feria. Para colmo, a menudo se confunde con ansiedad o problemas digestivos, así que muchos pasan años sin diagnóstico.

El reconocido otorrino Raimundo Gutiérrez Fonseca insiste en que hay soluciones, desde ajustes en la dieta hasta tratamientos quirúrgicos que devuelven al esfínter su función de puerta de escape. Y razón no le falta, porque vivir sin eructar no solo afecta al estómago, también a la vida social.

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Así que la próxima vez que alguien eructe en la mesa, antes de fruncir el ceño, piense que ese sonido puede ser la verdadera música de la libertad. ¡Bendito!