"Podrían alterar tus genes y los de tus hijos": una endocrina explica el alcance real de los disruptores endocrinos en tu día a día
La endocrinóloga Iris Mercedes de Luna Boquera, del Centro Médico ViaCare, advierte sobre los posibles efectos de la exposición cotidiana a disruptores hormonales

Los disruptores endocrinos están presentes en productos tan cotidianos como geles, cremas o champús, aunque no siempre figuren claramente en la etiqueta.
Desde su consulta en el Centro Médico ViaCare, la Dra. Iris Mercedes de Luna Boquera observa un patrón inquietante: pacientes cada vez más jóvenes con enfermedades metabólicas, hormonales y autoinmunes que antes eran excepcionales en esas edades. Lo que tienen en común no es una mutación genética ni un estilo de vida extremo, sino algo más cotidiano y universal: la exposición crónica a disruptores endocrinos.
La amenaza invisible de los disruptores endocrinos
Los disruptores endocrinos son sustancias químicas que imitan o interfieren con las hormonas naturales del cuerpo humano. "Estas sustancias imitan, bloquean o modifican la acción de las hormonas naturales, incluso a dosis muy bajas", explica la doctora. Su capacidad para alterar el equilibrio hormonal ha sido reconocida por organismos internacionales como la OMS, pero su presencia sigue siendo omnipresente en la vida moderna.
Desde el agua del grifo hasta el champú, pasando por plásticos, cosméticos, ambientadores, utensilios de cocina o alimentos ultraprocesados, estos tóxicos se han infiltrado en nuestros hogares, cuerpos y, según la doctora, incluso en nuestra herencia genética. "Algunas interferencias hormonales pueden traducirse en cambios duraderos, y esta anómala expresión de genes se podría transmitir a la descendencia", advierte.

La Dra. Iris de Luna Boquera, endocrinóloga del Centro Médico ViaCare, advierte sobre el impacto genético y metabólico de la exposición diaria a disruptores hormonales.
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Un fenómeno silencioso con posibles efectos hereditarios
La exposición a estos químicos es prácticamente inevitable, pero uno de los aspectos más relevantes es su efecto acumulativo. "A día de hoy sabemos que algunos disruptores endocrinos pueden producir daños a dosis muy bajas, y que las mezclas de varias sustancias, incluso cuando cada una está por debajo de su límite establecido, pueden llegar a alterar funciones clave del organismo de forma aumentada."
La Dra. de Luna destaca que no se trata de un problema lejano ni teórico, sino de una realidad clínica palpable: "Muchas patologías endocrino-metabólicas han cambiado en el perfil de presentación, a edades más tempranas", desde "pubertad precoz" hasta "obesidad infantil" o "cáncer diferenciado de tiroides".
También señala que están apareciendo síntomas tradicionalmente femeninos en hombres (como ginecomastia o alteraciones tiroideas) y al contrario, lo que refleja un desajuste hormonal generalizado: "También encontramos un aumento de patologías clásicamente femeninas en varones (...) y a la inversa".
El sistema digestivo: puerta de entrada y campo de batalla
El sistema digestivo y el hígado están directamente implicados. Según la endocrina, muchos de estos químicos llegan a través de la dieta, "con los alimentos, agua o envases plásticos" y afectan a la microbiota intestinal. "Disminuyen la diversidad bacteriana beneficiosa, aumentan especies proinflamatorias y alteran la producción de metabolitos como ácidos grasos de cadena corta."
Esto genera una cascada inflamatoria que, sumada al colapso del hígado en su función depurativa, puede derivar en enfermedades como "hígado graso, síndrome metabólico" o "aumento de la permeabilidad intestinal", que se relaciona directamente con "alergias e intolerancias alimentarias."
El verdadero riesgo: la exposición diaria y temprana
La endocrinóloga subraya que los periodos de mayor vulnerabilidad son la vida fetal, la infancia y la adolescencia: "La exposición temprana (...) condiciona la programación metabólica a largo plazo al interferir en la expresión de genes."
Esta programación alterada no solo condiciona la salud del individuo, sino también la de sus hijos. "Estos tóxicos alteran tus genes y los de tus hijos", sentencia, apuntando a la posibilidad de que su impacto pueda extenderse a futuras generaciones.
¿Estamos preparados para enfrentarlo?
"La exposición está muy extendida en la vida diaria", insiste la doctora, quien reclama un enfoque mucho más riguroso tanto desde el sistema sanitario como desde la regulación industrial. "Considero que dada la exposición global se deberían tomar más medidas regulatorias desde la administración."
El problema, según ella, no es solo médico, sino también político y económico. "Existe una gran dificultad para establecer cuáles son las dosis seguras y para regular miles de sustancias con evidencias aún incompletas", y añade que "algunos compuestos se activan con el calor (...) y desconocemos la mayoría de interacciones entre ellos."
Cómo protegerte (de forma realista)
Aunque evitar totalmente estos compuestos sea imposible, la doctora propone estrategias viables: "La idea es reducirlos lo máximo posible priorizando cambios en alimentación, envases, productos del hogar y del cuidado personal."
Recomienda consumir alimentos frescos, evitar calentar plásticos, usar vidrio o acero inoxidable, elegir cosméticos y limpiadores con menos químicos, y ventilar a diario. Pequeños hábitos que, sumados, pueden marcar una gran diferencia.