Las guardias

En un guardia, el médico no está en las mejores condiciones
El otro día leía un hilo en X (antes Twitter, no me acostumbro al cambio) escrito por un neurocirujano, que explicaba una situación absolutamente convencional en una guardia. Se refería a la atención a las 4 de la mañana de una urgencia grave en un hombre de mediana edad. Narraba la tensión del momento, el pronóstico complejo, la certeza de saber que la vida de esa persona depende de la exactitud de tus acciones, la relación con los familiares, la necesidad de empatía con ellos y el enfermo, las sensaciones personales ante esa situación. Despersonalizar, deshumanizar el cuadro diría yo, es algo que recomiendo en esas situaciones. Si no olvidas que detrás de un problema grave hay un ser humano con todas sus circunstancias, mi sensación es que los resultados se ven muy afectados negativamente. Otra cosa es cómo te encuentras a esas horas para afrontar un caso así.
Precisamente ayer, mis compañeros del hospital universitario La Paz realizaron un reimplante de un brazo. Técnicamente exigente, no muy lejos de las cirugías más complejas que solemos realizar, la realidad es que me asaltó una sensación de pereza extrema ante el ejercicio de ponerme en su lugar, imaginar ser yo quien tendría que hacer el reimplante de guardia. Pensar que me pueden llamar a las 2 de la mañana, después de llevar trabajando desde las 9 de la mañana del día anterior, para afrontar un caso difícil en el que la vida del paciente está en riesgo, hace replantearme demasiadas cosas.
Nunca he llevado mal operar en circunstancias desfavorables. Tengo la suerte de poder rendir aún sin haber dormido mucho, ni necesito comer para trabajar a gusto, me desempeño bien empleando pocos recursos, ejerzo regularmente en países "extremos" haciendo cirugía complicadas, y esto me pone cada poco tiempo en mi sitio. Todo ello, y supongo que el no alcanzar aún el medio siglo de edad, hace que hasta hace poco nunca me hubiesen agobiado ni dado tanta pereza las guardias. No me había planteado dudas, pese a las múltiples quejas de gran parte de mis compañeros respecto a ellas.
Da igual la urgencia, la patología del paciente, la severidad del cuadro. Estamos de acuerdo que, ante una situación compleja, esperamos del médico que nos atiende que se encuentre en el mejor estado posible para poder atendernos con las mayores garantías. Y tengan por seguro que a las 2 de la mañana y tras haber trabajado 17 horas de manera ininterrumpida, no estoy en mi mejor momento para hacer una microcirugía reconstructiva. Como tampoco lo están mis colegas, neurocirujanos, cirujanos cardíacos, los cirujanos generales ni los traumatólogos. Si estoy en el hospital a las 2 de la mañana, haré lo mejor que pueda en esas circunstancias. Pero tenga por seguro que no es lo mejor que sé ni haré lo mejor que podría hacer. El damnificado y principal víctima es usted. El paciente. Sí. Tú.
Las reivindicaciones de los médicos por eliminar este sistema no responden exclusivamente a querer mejorar sus pretensiones económicas, debate estéril en un país con los sueldos prácticamente congelados desde hace ya demasiado tiempo. Lo sabemos. Cobrar las horas extraordinarias, la nocturnidad, que nuestro trabajo cotice íntegramente para nuestra jubilación. Obviedades que se incumplen sistemáticamente para permitir que el sistema sanitario en España no colapse, a expensas de la salud de sus profesionales y de una peor atención a los usuarios.
Para muchos de nosotros, quienes trabajamos en el sector público, no es el dinero nuestro principal impulso para ejercer ahí. Personalmente, trabajando también en el sector privado para ganar un extra y habiendo perdido toda esperanza en la viabilidad del sistema de pensiones para cuando me toque disfrutar de él, mis únicas reivindicaciones hacen referencia a poder ejercer mi profesión con las mejores garantías posibles para mis pacientes.
El sistema que nos ha llevado aquí, copia de otros ya modificados en otros países, ha demostrado ser tan imperfecto que ha condicionado un cambio radical en aquellos lugares donde se ideó. Y quienes cometieron el error de confiar en quien hace no mucho tiempo lo criticaba en Twitter, entonces no X, ahora se rasgan las vestiduras al sentirse y saberse traicionados por una de los nuestros, promocionada a máxima responsable de la sanidad en España. Cada vez serán más los que escuchen los cantos de sirena y abandonen el barco, señora Ministra. Lo sabe bien. Y no habrá convalidación de títulos que lo solucione. La mediocridad nunca se tapa por la cantidad.
Las verdaderas revoluciones que tienen éxito, lo alcanzan cuando surgen desde dentro, las basadas en el apoyo popular. Si queremos mantener un sistema de salud público que nos ofrezca confianza cuando preciemos de él, todos debemos exigir un cambio. En este país la gente se ha movilizado en masa para evitar el sacrificio de un animal que podría estar contagiado de ébola. Bien estaría reivindicar que quien opere el cerebro a tu hijo, a tu hermana o a ti mismo la próxima madrugada, no llevase trabajando desde las hace más de 12 horas.