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Enfermedad de Alzheimer: claroscuros (I)

El Alzheimer, una enfermedad con claroscuros

El Alzheimer, una enfermedad con claroscurosRad Cyrus

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El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa progresiva, causa más frecuente de demencia en personas mayores, y aunque suele aparecer a partir de los 65 años, existen formas precoces menos frecuentes que pueden iniciarse antes.

Descrita por primera vez por el neurólogo alemán Alois Alzheimer en 1906, supone hoy más del 50 por ciento de todas las demencias. En Europa, la incidencia se sitúa aproximadamente en 11 casos por cada 1.000 habitantes al año, de tal forma que la prevalencia global ronda el 5 por ciento de la población, aunque en mayores de 85 años la horquilla afecta entre un 25 y un 50 por ciento de este grupo. Las mejoras en su diagnóstico y el envejecimiento progresivo de la población, hacen pensar en un aumento importante de su incidencia en los próximos años.

La enfermedad se caracteriza por un deterioro gradual de funciones cognitivas como la memoria, el lenguaje, la orientación y la capacidad de razonamiento, hasta afectar de manera significativa la autonomía del paciente en su vida diaria. Desde el punto de vista clínico, el síntoma inicial más común es la pérdida de memoria reciente: el paciente olvida conversaciones, citas o eventos recientes, mientras que los recuerdos más antiguos suelen conservarse en fases iniciales. Con el avance de la enfermedad, aparecen dificultades para encontrar palabras, desorientación en lugares conocidos, cambios de personalidad y alteraciones del comportamiento. En fases avanzadas, el deterioro es severo y la persona depende completamente de otros para su cuidado.

En cuanto a sus causas, estamos ante una enfermedad compleja en la que se implican factores genéticos, ambientales y relacionados con el envejecimiento que contribuyen a su desarrollo. En algunos casos familiares poco frecuentes, se han identificado mutaciones genéticas específicas que provocan la enfermedad de forma temprana. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el origen es esporádico y está influido por múltiples factores de riesgo, como la edad avanzada, antecedentes familiares, enfermedades cardiovasculares, sedentarismo o bajo nivel de estimulación cognitiva.

Desde el punto de vista anatómico y patológico, el Alzheimer se caracteriza por dos hallazgos principales en el cerebro. El primero es la acumulación de placas o depósitos extracelulares de beta-amiloide (coloide, de forma coloquial), es decir, depósitos entre las neuronas interfieren en la comunicación neuronal y desencadenan procesos inflamatorios que dañan el tejido cerebral. El segundo es la acumulación intracelular de ovillos neurofibrilares de proteína tau que alteran el transporte interno de la célula, y como consecuencia, las neuronas dejan de funcionar correctamente y finalmente mueren.

Estas alteraciones se distribuyen de manera característica en el cerebro. Las primeras regiones afectadas suelen ser áreas fundamentales para la memoria. A medida que la enfermedad progresa, el daño se extiende a otras zonas corticales, lo que explica la aparición de síntomas más amplios. Este proceso se acompaña de una pérdida generalizada de neuronas y sinapsis, así como de atrofia cerebral visible en pruebas de imagen.

En relación con el tratamiento, actualmente no existe una cura para el Alzheimer, pero sí hay opciones terapéuticas que pueden aliviar los síntomas o ralentizar parcialmente su progresión en algunos pacientes.

Entre los tratamientos farmacológicos clásicos se encuentran aquellos que aumentan los niveles de acetilcolina en el cerebro, un neurotransmisor implicado en la memoria y el aprendizaje que se encuentra disminuido en el Alzheimer, los que ayudan a regular la actividad neuronal y, en los últimos años, se han desarrollado terapias de inmunoterapia basadas en anticuerpos, dirigidas específicamente contra los depósitos de beta-amiloide en el cerebro.

Por otro lado, las intervenciones no farmacológicas son fundamentales. La estimulación cognitiva, la terapia ocupacional, el ejercicio físico regular y el apoyo psicosocial son las bases de estos abordajes. Mantener una vida activa, con interacción social y actividades que estimulen el cerebro, puede ayudar a preservar funciones cognitivas durante más tiempo. Asimismo, el control de factores de riesgo cardiovascular (como hipertensión, diabetes o colesterol) también contribuye a reducir el riesgo o la progresión de la enfermedad.

Recientemente, las evidencias que sugieren un déficit de drenaje linfático cerebral y el Alzheimer, han supuesto un avance interesante en el campo de la neurociencia, sugiriendo que podría haber una relación entre la acumulación de proteínas tóxicas en el cerebro, que normalmente se eliminan vía linfática, y la enfermedad. La falta de drenaje se acusa con la edad y por problemas vasculares, al ser el sistema menos eficiente, y ante la falta de sueño. Importante. Es durante el sueño profundo cuando se elimina más beta-amiloide, de tal forma que la limpieza cerebral disminuye al dormir mal, e incluso la postura al dormir puede influir en esa depuración.

Es por esa relación entre drenaje cerebral y Alzheimer, por lo que podría entrar en escena una nueva herramienta de mano de la microcirugía vascular, que optimizase ese sistema linfático de depuración del cerebro. Comienzan ya ensayos clínicos de carácter internacional para abordar la enfermedad de forma quirúrgica. Interesante.

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