Hay cosas de los gimnasios modernos que se me escapan… y envejecer no es sentarse

FONENDO
Ves a algunas perfectamente emperifolladas, embutidas, marcando hasta el último músculo —y alguno más—, maquilladas y listas para una sesión de fotos. Alguna incluso la estoy viendo ahora mismo desayunando, impecable, como si acabara de salir de un photocall y no de hacer sentadillas.
Y uno se pregunta: ¿han venido a fortalecer músculos, articulaciones y demás anatomía… o a fortalecer otras cosas?
En mi época íbamos al gimnasio con un simple chándal, unas zapatillas y poco más. Sin transparencias, escotes estratégicos ni tejidos que parecieran pintados sobre el cuerpo.
Íbamos a hacer ejercicio.
Y, sorprendentemente, hacíamos ejercicio.
Pero, bromas aparte, detrás de todo este escaparate hay algo bastante más importante: hacer ejercicio no es una cuestión de estética, sino de salud.
Entrenar de forma regular ayuda a mantener la masa muscular, proteger las articulaciones, mejorar la fuerza, la movilidad y el equilibrio y reducir el riesgo de numerosas enfermedades. Y no hace falta convertir el gimnasio en una pasarela para conseguirlo.
Porque al final, el músculo no sabe si llevas chándal, licra o el último modelito de moda.
Sabe si lo haces trabajar.
Y ahí sí que no hay postureo que valga.
La evidencia —y también el sentido común— llevan años diciéndonos lo mismo: moverse es una de las mejores recetas para envejecer con autonomía. No hace falta convertirse en atleta olímpico ni correr una maratón para demostrarle nada a nadie. A veces basta con caminar deprisa, hacer fuerza, trabajar el equilibrio o subir escaleras sin negociar previamente con las rodillas.
La Dra. Almudena Fernández-Bravo, jefa asociada del Servicio de Medicina Física y Rehabilitación del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, recuerda que la actividad física es un hábito que debe mantenerse también en las personas mayores. «Es un hábito que se promueve desde la infancia, pero que parece que a partir de cierta edad no se da por hecho o, incluso, se piensa que se limita a dar paseos», ha destacado.
Y esto adquiere todavía más importancia con el paso de los años. Porque llega un momento en que ya no entrenamos solamente para vernos mejor en el espejo, sino para poder seguir haciendo aquello que nos gusta sin que el cuerpo presente una reclamación formal.
Hay una edad en la que uno empieza a coleccionar médicos, pastillas y excusas. Y hay otra —si uno se lo propone— en la que decide coleccionar kilómetros, partidos, paseos y alguna agujeta. Mucho más entretenido.
Lo curioso es que entre los 40 y los 65 años mucha gente abandona precisamente cuando más falta hace. Es la edad del «ya no tengo tiempo», «me duele todo» y, sobre todo, del clásico «mañana empiezo».
El mañana, como sabemos, es un país al que jamás llega nadie.
Y luego está el baloncesto. Bendito deporte: cardiovascular, fuerza, coordinación, equilibrio, reflejos y, de paso, conversación con los amigos. Eso sí, con los años el cuerpo exige un pequeño cambio de contrato. Los tendones ya no firman cualquier cosa y los cartílagos tienen sus propias condiciones laborales.
Por eso conviene calentar, fortalecer, descansar y dejar de improvisar. No se trata de jugar como a los veinte, sino de jugar inteligentemente con los años que tenemos.
Porque envejecer es inevitable.
Envejecer sentado, no.
Y quizá la mejor definición de envejecimiento activo sea ésta: seguir haciendo cosas que nos hagan ilusión, procurando que el cuerpo no se entere demasiado tarde de nuestros planes.