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No hay Planeta B… pero tampoco futuro A

Conciencia ecológica en una generación sin casa ni estabilidad

Viviendas en construcción en el barrio de Bolueta

Viviendas en construcción en el barrio de BoluetaEUROPA PRESS

Marta Lama

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La mayoría de los jóvenes no son negacionistas del cambio climático; al contrario, los estudios oficiales muestran que una amplia mayoría reconoce que el calentamiento global existe y les preocupa. En España, una proporción significativa de jóvenes declara tener inquietud por el impacto ambiental y por consumir de forma más responsable, siguiendo principios de sostenibilidad. En mayor o menor medida -según el país y el contexto- muchos se interesan por su huella de carbono o por apoyar productos con menor impacto en el planeta. No es casual que el lema “no hay planeta B” haya calado especialmente en las generaciones más jóvenes.

Hace unos años, hubo, además, un momento de auge mediático del discurso ecológico: documentales sobre el deshielo de los polos -como el que impulsó Leonardo DiCaprio- o el auge del veganismo como gesto de conciencia ambiental se convirtieron en símbolos de esa preocupación pública. Sin embargo, aunque el interés por el planeta sigue siendo real, hoy entre la juventud española se impone otra urgencia más inmediata: llegar a fin de mes, poder imaginar un futuro estable y salir de la precariedad en la que muchos viven. Cuidar el planeta importa, sí, pero sobrevivir en el presente se ha vuelto una prioridad ineludible.

Hay una dimensión del debate sobre sostenibilidad que se suele pasar por alto: la social. No hay transición verde posible sin condiciones materiales mínimas para vivir con dignidad. No se trata de elegir entre cuidar el planeta o sobrevivir en el presente; se trata de asumir que, cuando la vida cotidiana es insostenible, la conciencia ecológica corre el riesgo de convertirse en un privilegio para quien puede permitírselo.

Hoy, conseguir una vivienda se ha convertido en la principal preocupación, porque sin un hogar no hay estabilidad posible. Acceder a un empleo con un salario digno roza, para muchos jóvenes, la ciencia ficción. Somos la generación estafada: la primera que vive peor que sus padres. Se nos dijo que formarnos, estudiar e incluso marcharnos al extranjero garantizaba un futuro prometedor. En la práctica, lo que domina es la titulitis sin resultados y una sensación de que el mérito no siempre es lo que más cuenta.

Además, según datos de la EAPN sobre el estado de pobreza en España, hoy trabajar ya no garantiza salir de la pobreza. Por eso, cuando hablamos de vida sostenible, convendría empezar por lo básico: la posibilidad real de tener un hogar. Porque es ahí, y no en los grandes discursos, donde se dan los primeros pasos hacia una vida mínimamente digna.

A esta precariedad vital se suma un problema estructural: el cuello de botella de las infraestructuras básicas. En las últimas semanas se ha alertado del riesgo de colapso de la red eléctrica, con datos que apuntan a que cerca del 88 % de los nudos de conexión (los puntos por donde se conectan nuevos proyectos) están ya saturados, lo que dificulta nuevas solicitudes de conexión para vivienda e industria. No es un problema técnico menor, sino el reflejo de una planificación deficiente de lo esencial. En un contexto de precios de la vivienda disparados, construir más no sirve de mucho si luego esas viviendas no pueden conectarse a la red: sin infraestructuras, no hay hogares habitables ni transición energética posible.

No se puede pedir a una generación que salve el planeta mientras lucha por salvar su propio proyecto de vida. Si de verdad se quiere una transición ecológica creíble, hará falta garantizar lo básico: vivienda accesible, infraestructuras que funcionen y empleos que permitan vivir. Quizá esa sea la imagen más honesta de nuestra época: una juventud situada entre el colapso climático y un modelo de vida que ya no funciona.

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