La caza: gestión del territorio con botas y datos
Toca conocer el terreno, escuchar a los guardianes del territorio y tomar decisiones concretas, a veces incómodas, con datos en la mano y botas en los pies.

Batida al jabalí de una cuadrilla de cazadores.
Hay un curioso patrón en el debate ambiental y es que cuanto más urbana es la conversación, más fácil resulta confundir gestión con sentimiento. No es mi ánimo generar estigmas ni polarizar, sin embargo, es innegable que el territorio nos recuerda recurrentemente que los ecosistemas no se gobiernan con eslóganes, sino con herramientas.
Por eso me parece relevante que estos días se haya hablado de caza en el Parlamento Europeo a partir del informe de OIKOS “La caza como motor económico y ecológico”. La idea central es que no existe un único modelo válido para todos los territorios, porque no hay dos zonas rurales iguales. Parece obvio, pero aun así hay problemas que se repiten: sobrepoblaciones, daños en cultivos, tensiones con el uso del suelo, y una desconexión creciente entre mundo urbano y mundo rural que, teniendo en cuenta los clichés que rodean a la actividad cinégetica, se hace todavía más abrupta.
Lo interesante es que, cuando se analiza sin apriorismos esta práctica, la caza deja de ser un elemento más de una guerra cultural para ser una pieza más de la caja de herramientas de gestión del territorio. La eurodiputada Isabel Benjumea lo resumía con una frase que sintetiza muy bien a lo que nos estamos refiriendo: “cuando hablamos de caza, hablamos también de biodiversidad y del bienestar de nuestros ecosistemas”.
Pongamos un ejemplo de rabiosa actualidad como es el jabalí. En España se habla ya de dos millones de jabalíes, con crecimientos anuales de en torno al 10%–15% según estimaciones del sector. Cuando una población así se descontrola, los impactos se dejan ver en varios ámbitos a la vez a través de daños agrícolas, riesgos sanitarios, presencia en entornos urbanos, seguridad vial y, o ocasiones, seguridad ciudadana.
Comunidad Valenciana
Oropesa del Mar instala jaulas para controlar la población de jabalíes
Sonia García
En los aledaños de Vigo, en la parroquia de Coruxo, piaras de jabalíes ya han normalizado hacer vida en los entornos escolares y entre las casas, provocando que quienes mantenían pequeñas huertas hayan tirado la toalla y optado directamente por el supermercado ante la frustración que genera trabajar en balde. Eso por no hablar del miedo imperante entre los conductores a cualquier desgracia. El pasado 22 de febrero se acabó el periodo hábil de caza y hasta la próxima temporada no habrá una nueva oportunidad de poner coto a su crecimiento poblacional, salvo que alguien haga algo.
Yendo a los datos, en 2024 26.617 hectáreas han sido afectadas por ataques de fauna generando un perjuicio económico estimado de 1,8 millones de euros (a partir de datos de Agroseguro y estimaciones divulgadas por Fundación Artemisan). En paralelo, las capturas de jabalí muestran la magnitud del esfuerzo de control: en 2023 se reportaron 443.714 ejemplares, un 210% más que en 2005, también según datos difundidos por Artemisan.
¿Conclusión? Que la caza, cuando es legal, regulada, selectiva y orientada a objetivos de gestión, puede contribuir a reducir impactos y a sostener equilibrios ecológicos y socioeconómicos. Eso no significa ni que sea perfecta ni que sea la única herramienta. Significa, sencillamente, que el territorio necesita gestión: planes, cupos, seguimiento de poblaciones, coordinación administrativa y evaluación. El informe de OIKOS, de hecho, insiste en la idea de pluralidad de modelos y en la necesidad de adaptar la gestión a contextos muy distintos en toda Europa (mediterráneo, centroeuropeo, nórdico, anglosajón).
Con indiferencia de sensibilidades y preferencias, todas ellas muy respetables, reconozcamos que el medioambiente no se trabaja con el smartphone, sino en el campo real, donde la biodiversidad convive con la generación de riqueza, con terrenos forestales descuidados por sus propietarios, con abandono rural, con presión sobre el suelo y con especies que no entienden de Twitter.
La pregunta, por lo tanto, no es si nos gusta o no la caza como símbolo o si nos sentimos emocionalmente conectados a ello. La pregunta es si estamos dispuestos a tomar las riendas de la gestión de la fauna y de los ecosistemas. Y si la respuesta es afirmativa, toca conocer el terreno, escuchar a los guardianes del territorio y tomar decisiones concretas, a veces incómodas, con datos en la mano y botas en los pies.