La energía puede ser una palanca: aprender del apagón para copiar sistemas que funcionan
El contraste entre el modelo energético europeo y las estrategias de China en la construcción de potencias industriales.

La presa regula el flujo del río y contribuye al suministro energético regional.
A las 12:33 del 28 de abril de 2025, casi todos los que estábamos en España nos quedamos parados con lo que teníamos en la mano. Por primera vez en la historia, el país entero se quedó a oscuras durante horas, con trenes detenidos, hospitales tirando de generadores y comercios cobrando en efectivo como si hubiéramos retrocedido cuarenta años. Lo que se vivió aquel mediodía no fue un incidente técnico aislado, sino la confirmación pública de algo que dentro del sector se llevaba tiempo señalando. Estábamos sosteniendo un sistema eléctrico pensado para un país que ya no existe, y que este incidente no fue una excepción sino un síntoma.
Según los datos publicados por Eurostat para el segundo semestre de 2025, al menos quince países europeos pagan menos por la electricidad doméstica que un hogar español, mientras que la Agencia Internacional de la Energía sitúa el coste eléctrico de la industria europea intensiva en torno a un 50% por encima del que paga la china. Pagamos la luz más cara que nunca y, lo que es más serio, sin la garantía de que el sistema vaya a sostener bien las próximas décadas. Ya hay países que tienen soluciones a esto, debemos analizar y copiar sistemas que encajen con nuestro país, sin necesidad de inventar nada.
La energía barata como motor económico, no como subvención
En China, la electricidad ha dejado de ser allí un coste para convertirse en una palanca. La provincia de Yunnan, en el suroeste, está atravesada por el Mekong y un sistema de afluentes que producen hidroeléctrica en cantidades casi obscenas, y eso ha convertido a la región en uno de los grandes polos mundiales del aluminio verde, con empresas que trasladando allí sus fundiciones desde zonas que dependían del carbón. Es sencillo, si la electricidad es barata y limpia, el aluminio sale más barato y limpio, y ese aluminio acaba en coches eléctricos, fuselajes, latas y productos vendidos todo el mundo.
Algo parecido ocurre en Xinjiang, una región noroccidental que hasta hace una década figuraba entre las más rezagadas del país. Hoy alberga la mayor granja solar del planeta, con 3,5 gigavatios operativos sobre más de 13.000 hectáreas y otra de 4,6 GW ya en obras, y exporta más de 270.000 millones de kilovatios-hora al año a las provincias de la costa este a través de las llamadas autopistas eléctricas de ultra alta tensión. Lo que era desierto improductivo es ahora un motor energético que abarata la factura de las ciudades industriales lejanas y permite regar invernaderos y cultivar uva o tomate en pleno desierto a precios competitivos.
Está claro, cuando una región dispone de energía abundante y barata, la lógica se traslada en cadena al resto de la economía. El coche se fabrica más barato porque el aluminio, el acero y la electricidad de la planta se abaratan. Los alimentos son más económicos porque la producción es más eficiente, los materiales de construcción salen de fábrica a precios que permiten edificar vivienda asequible. Y al final de esa cadena, se crea empleo industrial estable, precios accesibles en lo cotidiano y una vida mejor. Ese es el verdadero rendimiento de invertir en un sistema eléctrico que funciona.
Tenemos los mimbres. Falta el plan
La conclusión que se saca al juntar estos casos no es que tengamos que copiar a China, porque ni partimos del mismo punto ni jugamos en la misma liga. La conclusión es más sencilla y mucho más esperanzadora. La energía barata, abundante y estable funciona en cualquier sitio como un imán económico de primer orden, capaz de atraer fábricas, centros de datos, agricultura e industria pesada, y de devolver al consumidor doméstico una estabilidad de precios que ninguna ayuda directa puede sustituir. España tiene los mimbres para hacer algo perfectamente comparable a su escala, con el mejor sol de Europa, viento atlántico, embalses para bombeo, ingenieros formados y una industria con tradición exportadora. Lo que nos falta no es materia prima, sino una decisión sostenida en el tiempo de poner la energía al servicio productivo del país, y no al revés.
En China funciona porque acompañan cada megavatio renovable con un megavatio firme que sostiene la red cuando el sol se pone, combinando hidráulica reversible, nuclear, termosolar y baterías de larga duración. Aquí muchas de esas tecnologías llevan años durmiendo, mientras la red eléctrica acumula más de 5.000 subestaciones sin capacidad para nuevas conexiones, alrededor de 58.000 millones de euros de inversión en centros de datos esperando turno y un porcentaje creciente de generación renovable que se pierde por falta de cable y de almacenamiento.
Esto se arregla
Lo bueno de los problemas estructurales es que se resuelven con decisiones estructurales. Y para encontrar un buen ejemplo no hace falta irse muy lejos. Alemania ha aprobado un plan para modernizar su red eléctrica que compromete 650.000 millones de euros de inversión hasta 2045, con calendario público, objetivos por etapas y revisión periódica del regulador. Una hoja de ruta de veinte años, pactada y mantenida pase quien pase por el Gobierno. Si la mayor economía de Europa puede planificar su red a dos décadas vista, aquí también podemos hacerlo con la nuestra.
El apagón del 28 de abril, vivido en frío y un año después, no fue una anécdota técnica ni un susto puntual del que ya nos hemos recuperado. Fue el día en que el país debió entender que la red eléctrica que tenemos no da más de sí. Aceptemos esto y pongamos toda nuestra energía en poner soluciones prácticas.
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