Pedro Ui
El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, participa en el acto de cierre de campaña electoral en Extremadura.
La resistible ascensión de Arturo Ui es una obra de Bertolt Brecht en la que un gánster se propone controlar el mercado de la coliflor en Chicago mediante la intimidación, la corrupción y el asesinato. Bajo esa apariencia de fábula gansteril, el dramaturgo alemán construye una sátira transparente sobre el ascenso de Hitler y del nazismo, trasladando la política alemana de los años treinta al universo del crimen organizado norteamericano.
Para alcanzar sus fines, Ui se rodea de una corte de matones, oportunistas y fieles colaboradores que le ayudan a consolidar su poder mediante la violencia, la extorsión y la manipulación. A medida que elimina a sus rivales y somete a quienes se le oponen, va levantando una maquinaria de dominación que reproduce, en clave alegórica, los mecanismos que hicieron posible la llegada del Führer al poder.
El propio título contiene la tesis de Brecht: aquella ascensión era resistible. No fue el resultado de una fatalidad histórica, sino la consecuencia de una sucesión de renuncias, complicidades y cálculos erróneos. Las instituciones cedieron, las élites pactaron y una parte de la ciudadanía acabó aceptando como inevitable lo que todavía podía haberse evitado.
Las transposiciones resultan tentadoras. Basta sustituir el trust de la coliflor por el de las chistorras y trasladar la acción a cualquier ámbito económico o político contemporáneo donde la ambición, la corrupción y el miedo sigan funcionando como palancas del poder. Aquí mismo, sin ir más lejos, en nuestra entrañable piel de toro plurinacional.
Hay escenas cuya capacidad de resonancia parece no haber perdido un ápice de fuerza. Entre ellas destaca aquella en la que Arturo Ui recurre a los servicios de un actor para perfeccionar su presencia pública: cómo caminar, cómo gesticular, cómo modular la voz; en definitiva, cómo parecer un líder antes de llegar a serlo.
Es imposible contemplar esa secuencia sin que acudan a la memoria ciertas estampas de nuestra política reciente. Uno no puede evitar imaginar a Pedro Sánchez en semejante sesión de adiestramiento escénico bajo la tutela de ese singular maestro de ceremonias de la comunicación política llamado Iván Redondo. Cómo caminar, cómo mirar a cámara, cómo administrar los silencios y cómo convertir cada gesto en una pieza más del relato. Ay, el relato. Brecht, una vez más, tenía la incómoda costumbre de llegar antes.
Porque la escena no habla únicamente de un gánster que aprende a comportarse como un líder. Habla también del momento en que la política descubre que la credibilidad puede fabricarse y que, en determinadas circunstancias, el personaje termina devorando a la persona.
No menos memorable es el momento en que el propio Ui comparece ante la ciudadanía para erigirse en su salvador. Con la solemnidad de quien se considera investido por una misión histórica, denuncia una maldad difusa pero omnipresente y se presenta, junto a los suyos, como el único dique capaz de contenerla.
La analogía se vuelve todavía más sugestiva si uno evoca aquella célebre intervención posterior a la no menos célebre “Carta a la ciudadanía”, donde el relato de una amenaza moral (bulo, fango, fachosfera), desembocó, casi inevitablemente, en la reafirmación del propio liderazgo.
En fin, Arturo Ui no pertenece únicamente a la Alemania de entreguerras. Su sombra reaparece allí donde un oportunista descubre la fragilidad de las instituciones, donde las élites encuentran ventajas en el acomodo y donde una ciudadanía inquieta acaba confundiendo la resignación con la sensatez.
España
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Patricia Rodríguez Corchado
De ahí que una adaptación situada en nuestro presente resulte casi obscenamente sencilla. Tan sencilla, de hecho, que probablemente jamás llegará a realizarse. Nuestro ecosistema cultural, tan inclinado a la disidencia cuando esta goza de reconocimiento institucional como remiso a ejercerla allí donde todavía comporta algún riesgo, difícilmente la toleraría. Ningún director se atreverá a ponerla en pie.
Ninguno.
Yo, desde luego, el que menos.