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Elogio a la resiliencia de pura cepa

La resiliencia de un país se mide por la capacidad de sus ciudadanos y empresas para seguir produciendo -y tejiendo- lo que necesitamos en cada momento gracias al conocimiento y la experiencia adquiridos.

Trabajadoras reparando redes de pesca.

Trabajadoras reparando redes de pesca.

Javier Dorado

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Hay una empresa en un pequeño pueblo del interior de Alicante que lleva décadas fabricando redes. Redes de pesca, redes para invernaderos, mallas para la agricultura… Quizás no sea lo suficientemente glamuroso para algunas portadas, pero sí especialmente útil para quienes lo producen, lo transforman y, gracias a su utilidad, para quienes mejoran sus vidas y sus actividades.

No voy a mostrar mi asombro por una empresa de esta naturaleza, serán millas las que subsisten en España. De hecho, yo he crecido rodeado de empresas con una actividad análoga en la decreciente área industrial de Beiramar, en Vigo, y quizás por ello me ha llamado tanto la atención lo que han conseguido en Callosa de Segura.

Con toda probabilidad jamás lo hubieran imaginado, pero además de todo lo que han ayudado a distintas generaciones y actividades económicas, hoy con su buen hacer y su trabajo la buena gente del Internacional de Redes y Cuerdas (IRC) ayuda a salvar vidas, muchas vidas, en territorio ucraniano.

Pensemos en lo importante que habrá sido el camino de acumular tanto conocimiento hasta el punto de saber cómo se teje una malla resistente… ¡ante los mismísimos drones de guerra! Hoy, gracias a ellos, cientos de carreteras e infraestructuras ucranianas están cubiertas por redes antidrones fabricados en nuestro país, en la Vega Baja. Héroes sin capa.

La historia merece ser contada con calma, porque se entrelazan distintos aspectos que merecen nuestra atención, pero sobre todo dice mucho sobre lo que somos y sobre lo que podemos llegar a ser en un contexto donde el control de las cadenas de suministro se antoja un arma muy poderosa y cotizada.

Lo vimos con la pandemia, cuando quien tuvo acceso primero a las mascarillas y los respiradores pudo salvar más vidas que los países que permanecieron a la cola. Y lo vemos también ahora en tiempos de guerra con los drones -y las mallas-: cuando la emergencia llega, no hay tiempo para importar.

Pero hay algo que va más allá de la lógica industrial. El tejido productivo de los territorios no es solo una variable económica: es una forma de arraigo, de cultura, de identidad. Las empresas de Alicante que fabrican mallas no son solo proveedoras de un bien fungible; son depositarias de un saber que ningún algoritmo puede replicar de la noche a la mañana. Lo mismo puede decirse de los agricultores de Murcia que mantienen variedades locales frente a la presión de la estandarización global, de los ganaderos extremeños que cuidan pastos que llevan siglos siendo el sustento de comunidades enteras, o de las bodegas familiares que conservan cepas autóctonas frente a la uniformización del mercado vinícola internacional.

En un mundo en el que la incertidumbre geopolítica se ha convertido en la única certeza, los países que mantienen activo su tejido territorial son los que pueden responder. Descuidar todo este patrimonio nos está poniendo en una posición de vulnerabilidad que costará años retomar. No lo olvidemos: la resiliencia real se construye en los polígonos industriales, en las explotaciones agrarias, en los barcos de pesca, en los talleres de los pueblos que siguen fabricando cosas.

La empresa que Manuel y su mujer crearon en 1997 no es un caso aislado. Es un ejemplo de lo que ocurre cuando un territorio mantiene su capacidad productiva viva: ellos son la España que responde. Donde hay conocimiento. Donde hay manos. 300, las de sus 150 trabajadores. Donde hay experiencia acumulada que se convierte en estratégico cuando más se necesita ventaja.

Si se me permite la metáfora, lo que alcanzamos juntos como país desarrollado en cada rincón lo que mejor sabemos hacer es una red soberana, diversa, rica y resiliente. No hay más que acudir a la historia para entender que a los españoles siempre se nos ha dado bien esto de tejer redes, pero no de las de 140 caracteres sino de las que son capaces de alcanzar, como poco, 140 años de historia. Para las otras, las de cuerda, los españoles tenemos el privilegio de levantar la mirada y tener un IRC entre nosotros.

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