Después del fuego
La recuperación de los territorios afectados debe incluir al turismo como una herramienta para mantener actividad económica, población y futuro
El incendio junto al monasterio de San Juan de la Peña.
Cuando se apagan las llamas comienza otra emergencia: conseguir que los territorios afectados sigan teniendo futuro. Y el turismo debe formar parte de su recuperación.
Primero están las llamas. Después, el silencio.
Un paisaje negro donde días antes había bosques, caminos, cultivos, casas, negocios y pueblos llenos de vida.
España está viviendo uno de esos veranos que dejan cicatrices. Los incendios forestales están golpeando con una dureza extraordinaria distintos puntos de nuestra geografía, obligando a millas de personas a abandonar sus hogares y arrasando espacios naturales que forman parte de nuestro patrimonio colectivo.
Burgohondo, en Ávila, ha dejado ya más de 50.000 hectáreas calcinadas y se ha convertido en el mayor incendio documentado en España desde que existen registros. Madrid, Toledo, Castellón y otros territorios han sufrido también la violencia del fuego. Y mientras escribo estas líneas, otro enorme incendio continúa castigando la provincia de Huelva, obligando a evacuar poblaciones y demostrando que esta emergencia está lejos de haber terminado.
Frente al fuego, lo primero son siempre las personas.
Las vidas. Las viviendas. La seguridad.
Y, junto a ellas, el reconocimiento a quienes se enfrentan a las llamas: bomberos, brigadas forestales, Unidad Militar de Emergencias, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, Protección Civil, agentes medioambientales, sanitarios, voluntarios y tantos profesionales que trabajan durante jornadas interminables cuando todos los demás intentan alejarse del peligro.
Ellos entran cuando los demás salen. Nunca deberíamos olvidarlo.
Pero llegará un día en que el último foco quede extinguido, los medios de emergencia se retiren y las imágenes dejen de abrir los informativos.
Y entonces comenzará otra batalla.
Mucho más larga. Mucho menos visible.
La batalla por recuperar el territorio, devolverle actividad y evitar que el fuego termine quemando también su futuro.
Porque un incendio no destruye únicamente árboles.
Puede destruir caminos y senderos, paisajes, explotaciones agrícolas y ganaderas, alojamientos rurales, restaurantes, instalaciones de turismo activo, áreas recreativas, patrimonio y pequeños negocios. Puede cancelar reservas, vaciar terrazas y provocar que visitantes que pensaban pasar unos días en una comarca decidan buscar otro destino.
Y puede provocar algo todavía más difícil de reparar: la sensación de que todo un territorio ha desaparecido.
No es así.
A veces el fuego quema un monte, pero la imagen del incendio termina quemando turísticamente una provincia entera.
Y ya lo estamos viendo.
Representantes del turismo rural han alertado de cancelaciones en zonas afectadas y también en establecimientos alejados de las llamas. En Ávila, algunos viajeros con reservas han optado por buscar otros destinos de Castilla y León. La Asociación Española de Turismo Rural recuerda, además, que el impacto de los incendios del pasado verano supuso pérdidas que estiman en torno al 10%.
Porque el daño turístico no termina en el perímetro del incendio.
El humo, las cenizas, los accesos cortados y, sobre todo, la percepción de inseguridad pueden extender sus efectos a toda una comarca o incluso a una provincia.
Es comprensible que durante una emergencia la prioridad absoluta sea la seguridad y que nadie viaje a lugares donde pueda existir riesgo. Pero una vez recuperada la normalidad debemos evitar que el miedo sobreviva al fuego.
Porque muchos de los territorios afectados no son únicamente espacios naturales.
Son destinos turísticos.
Son pueblos, comarcas, sierras y valles que durante años han construido una oferta basada precisamente en aquello que ahora ha sufrido el golpe de las llamas: naturaleza, paisaje, tranquilidad, gastronomía, deporte, patrimonio y una determinada manera de vivir.
El turismo rural no consiste simplemente en dormir en una casa de campo.
Es sentarse en el restaurante de un pueblo.
Comprar queso, aceite, vino, miel o embutido a un productor local.
Contratar un guía.
Recorrer una ruta.
Visitar un castillo.
Entrar en un pequeño comercio.
Tomar un café en la plaza.
Descubrir una fiesta.
Y regresar a casa contando que existe un lugar al que merece la pena volver.
Ese visitante mantiene una economía que muchas veces funciona con márgenes pequeños y enormes dosis de esfuerzo personal.
Y en buena parte de la España interior, mantener esa actividad significa algo todavía más importante: mantener la población.
Por eso perder una temporada turística después de un incendio no es únicamente perder facturación.
Puede ser la diferencia entre que un negocio abra el año siguiente o cierre.
Entre que una familia permanezca o se marche.
Entre que un joven encuentre una oportunidad en su pueblo o tenga que buscarla lejos.
Entre que un territorio continúe vivo o pierda otra batalla frente a la despoblación.
Por eso creo que la recuperación después de los grandes incendios debe incorporarse desde el primer momento una dimensión turística.
No como algo accesorio.
Como parte de la reconstrucción.
España necesita un plan extraordinario de recuperación turística para los territorios afectados por los grandes incendios forestales.
Un plan coordinado entre administraciones y diseñado para actuar cuando las condiciones de seguridad permitan recuperar la actividad.
Hay que ayudar a las empresas turísticas que hayan sufrido daños directos o una caída grave de actividad.
Hay que recuperar con rapidez senderos, miradores, áreas recreativas, accesos, señalización y recursos turísticos.
Hay que impulsar campañas específicas de promoción que expliquen, cuando sea verdad y seguro hacerlo, que esos territorios siguen abiertos.
Hay que apoyar la celebración de eventos culturales, deportivos y gastronómicos capaces de devolver visitantes.
Hay que trabajar con las comunidades autónomas, diputaciones, ayuntamientos y el propio sector para reconstruir la imagen de los destinos.
Y el Gobierno de España también debe formar parte de ese esfuerzo, especialmente allí donde exista capacidad para recuperar mercados internacionales.
Pero hay algo más.
La reconstrucción turística debe servir también para repensar estos territorios.
Para diversificar su oferta.
Para poner en valor nuevos recursos.
Para impulsar productos vinculados a la gastronomía, la cultura, el patrimonio, el turismo activo o el conocimiento de nuestros espacios naturales.
Y para recordar que sostenibilidad no significa abandonar el territorio, sino gestionarlo.
Un territorio vivo, con actividad económica, agricultura, ganadería, empresas, habitantes y visitantes, tiene más posibilidades de conservarse que un territorio condenado al abandono.
Por eso hay una idea que deberíamos empezar a asumir:
Reconstruir un destino turístico después de un incendio también es política forestal.
El turismo genera actividad.
La actividad mantiene población.
La población contribuye a mantener vivo y cuidado el territorio.
Y un territorio vivo y gestionado dispone de más herramientas para afrontar sus amenazas.
No es una solución única ni sencilla. Los incendios forestales responden a múltiples causas y requieren prevención, gestión forestal, recursos de extinción, planificación, concienciación y coordinación administrativa.
Pero sería un error separar la recuperación ambiental de la recuperación económica y social.
Un monte no se recupera de verdad si el pueblo que vive junto a él desaparece.
Esta tragedia debería servirnos también para comprender algo que quizás olvidamos demasiado fácilmente: el paisaje es riqueza.
Nuestros bosques, montañas, valles, ríos, dehesas, senderos y parques naturales no constituyen solamente un patrimonio ambiental extraordinario.
Son también parte del atractivo turístico de España.
Millones de personas viajan cada año para conocer precisamente esa otra España que no siempre aparece en las postales tradicionales.
La España de los pueblos.
De las sierras.
De las casas rurales.
De las rutas.
De las cocinas locales.
De los productos con nombre y apellido.
De las noches en las que todavía se ven las estrellas.
Proteger todo eso también proteger es nuestra industria turística.
Y recuperarlo cuando la desgracia golpea debe ser una prioridad.
Habrá que reconstruir caminos, recuperar montes y reparar infraestructuras.
Pero habrá que reconstruir también algo que no aparece en ningún presupuesto.
La confianza.
Volver a contar que esos pueblos siguen ahí.
Que sus restaurantes siguen abiertos.
Que sus alojamientos esperan visitantes.
Que sus productores siguen trabajando.
Que sus vecinos quieren continuar viviendo en la tierra que aman.
Durante un tiempo, algunos paisajes serán diferentes. Las cicatrices permanecerán y la naturaleza necesitará años para recuperar aquello que el fuego destruyó en horas.
Pero esos territorios seguirán teniendo historias.
Seguirán teniendo patrimonio.
Seguirán teniendo gastronomía.
Seguirán teniendo cultura.
Y, sobre todo, seguirán teniendo personas dispuestas a levantarlos de nuevo.
Cuando llegue ese momento, la mejor manera de ayudarlos no será compadecerlos desde lejos.
Será volver.
Volver a sus pueblos.
Volver a sus caminos cuando vuelvan a ser seguros.
Volver a sentarnos en sus mesas.
Volver a comprar sus productos.
Volver a llenar sus alojamientos.
Volver a descubrir todo aquello que las llamas no pudieron llevarse.
Porque después del fuego empieza la reconstrucción.
Y cuando la emergencia termine, también empezará el momento de regresar.