¿Será la IA un aliado o un lastre para la sostenibilidad?

El crecimiento de la inteligencia artificial dispara su consumo de energía, agua y materias primas y plantea un nuevo reto para la sostenibilidad europea

(Foto de ARCHIVO) Recurso de datos e inteligencia artificial.UNSPLASH/CONNY SCHNEIDER

Publicado por
Miren Olcoz

Creado:

Actualizado:

La inteligencia artificial se ha convertido en la tecnología de mayor expansión de la historia y en una pieza clave de las estrategias de competitividad. Sin embargo, ese crecimiento exponencial tiene una contrapartida: un consumo energético, hídrico y de materias primas que crece también a una velocidad desmesurada. Así lo advierte la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) en su informe Artificial intelligence and sustainable consumption in Europe, publicado el pasado mes de mayo. La conclusión de la AEMA es clara: sin una gobernanza sólida, la IA corre el riesgo de agravar los mismos problemas ambientales que podría ayudar a resolver.

El problema del consumo eléctrico

El crecimiento de la potencia de cómputo necesaria para entrenar modelos de inteligencia artificial ha sido exponencial. Según recoge la AEMA, la capacidad de cómputo se multiplicó por un millón entre 1960 y 2010, y por aproximadamente un billón de veces entre 2010 y 2025. Ya en 2024, los centros de datos representaron alrededor del 1,5% del consumo eléctrico mundial y cerca del 3% del consumo de Europa, donde la demanda se concentra de forma desigual (en países como Irlanda ya supera el 20% del consumo total del país).

Las previsiones apuntan a que en 2026 el consumo eléctrico global de los centros de datos alcanzará los 1.050 teravatios-hora, cifra que, según cálculos del MIT, equivaldría a que, si consideráramos este sector como un país, se situaría el quinto puesto del ranking mundial de consumo energético, entre Japón y Rusia. La perspectiva es que el sector de centros de datos en Europa duplique prácticamente sus necesidades eléctricas de aquí a 2030, según proyecciones de S&P Global citadas en el documento. Esta expansión no es homogénea: la actividad se concentra en las llamadas ciudades FLAP-D —Fráncfort, Londres, Ámsterdam, París y Dublín—, aunque están emergiendo nuevos mercados entre los que destacan España, Italia y Polonia. En conjunto, Europa concentra el 15% del consumo eléctrico mundial de centros de datos, frente al 45% de Estados Unidos y el 25% de China, según la Agencia Internacional de la Energía.

El agua, un recurso que sufre una presión creciente

La huella hídrica de la IA se genera en varias fases de su ciclo de vida incluyendo la refrigeración de los centros de datos, la generación de la electricidad y la fabricación de semiconductores.

Las proyecciones que cita la AEMA - elaboradas por Morgan Stanley - son especialmente llamativas: los centros de datos impulsados por IA podrían elevar el consumo anual de agua para refrigeración y generación eléctrica hasta unos 1.068.000 millones de litros en 2028, once veces más que en 2024.

Una investigación posterior, publicada en junio de 2026 por el Instituto de la Universidad de las Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH), eleva aún más el horizonte de riesgo: calcula que el consumo de agua asociado a la IA podría alcanzar 9,3 billones de litros en 2030, un volumen equivalente a las necesidades básicas de agua doméstica de más de 1.300 millones de personas en el África subsahariana durante un año entero.

La necesidad de minerales críticos

El crecimiento de la IA se apoya también en un conjunto reducido de materias primas críticas. Desde 2022 la capacidad de los principales fabricantes de chips ha crecido en torno a un 3,3% de media anual (NVIDIA proporciona en torno al 60% de la capacidad de cómputo de IA a nivel mundial). Este crecimiento depende de minerales como el galio, el germanio, el indio, el paladio y el tantalio, esenciales para los semiconductores y la microelectrónica. La AEMA advierte de que la elevada dependencia europea de las importaciones, unida a la concentración global de la extracción y el refinado de estos materiales, expone a la infraestructura de IA a riesgos geopolíticos y de suministro.

El efecto rebote

Uno de los hallazgos más relevantes del informe es la advertencia sobre el llamado "efecto rebote". Aunque se espera que la IA mejore la eficiencia energética en ámbitos como la climatización inteligente o la gestión de cadenas de suministro, esas mismas ventajas pueden abaratar costes y disparar la demanda de servicios basados en IA, generando lo que la AEMA llama un "rebote a nivel de servicio". Según estudios citados en el informe, ese efecto podría oscilar entre el 30% y el 60%, neutralizando buena parte del ahorro energético esperado.

Una Gobernanza con lagunas

La UE ya ha dado pasos regulatorios relevantes, como la Ley de IA, que introdujo obligaciones de transparencia energética para los modelos de uso general, y la futura Ley de Desarrollo de la Nube y la IA, que definirá las condiciones para expandir la capacidad de los centros de datos con salvaguardas de sostenibilidad. Sin embargo, la AEMA señala una limitación importante: la normativa actual se centra sobre todo en el cómputo de entrenamiento, dejando el consumo de la fase de inferencia —que concentra la mayor parte del cómputo total, en torno al 80% — solo parcialmente regulado, lo que limita el acceso a datos sobre la huella ambiental real de la IA.

Cargando contenidos...

Conclusión

El informe de la AEMA deja un mensaje ambivalente: la inteligencia artificial no es intrínsecamente buena ni mala para la sostenibilidad, sino que su impacto depende de cómo se organice su despliegue. Bien orientada, puede mejorar la eficiencia de las cadenas de suministro, informar mejor las decisiones de compra de consumidores y administraciones. Mal gestionada, corre el riesgo de disparar el consumo eléctrico e hídrico, intensificar la dependencia de minerales críticos y reforzar modelos de negocio intensivos en recursos. La AEMA insiste en que hace falta identificar cuanto antes las áreas prioritarias de actuación política, porque las decisiones que se tomen hoy sobre energía, agua y minerales asociados a la IA determinarán si esta tecnología termina siendo un aliado o un obstáculo para una Europa más sostenible y competitiva.