La transición energética también pasa por la aduana china
Un solo país fabrica el 85 % de los paneles del mundo. Comprarlos es fácil y rentable. La dependencia que dejan detrás es la parte que no se ve
Paneles solares
El panel que convierte la luz en electricidad tiene detrás una cadena industrial enorme. La sostenibilidad que se vende desde el tejado empieza en una sola fábrica, y esa fábrica está en China.
Hace unos años instalar placas era una decisión de valientes. Hoy se piden por internet, se montan en un fin de semana y el precio no para de bajar. El panel solar ha dejado de ser tecnología para convertirse en un electrodoméstico más. En ese gesto cotidiano está la paradoja: el sol es de todos, pero la industria que lo convierte en electricidad no.
Dónde se fabrica el panel
China produce el 98 % de las obleas de silicio del mundo, el 92 % de las células y el 85 % de los paneles, según los datos que maneja Ember a partir de la Agencia Internacional de la Energía. Su capacidad de fabricación ronda los 1.200 GW, casi el doble de lo que el planeta entero instala en un año (unos 650 GW). No hay varios gigantes compitiendo. Hay uno solo, y produce más de lo que el mundo consume.
El precio lo fija quien tiene la fábrica
Esa posición se nota en el polisilicio, la materia prima de todo el sector. El CSIS recoge cómo la tonelada pasó de unos 230.000 yuanes a 65.000 en 2023, un desplome de más del 70 %, y en 2024 cayó otro 40 %. Ese derrumbe llegó al escaparate en forma de paneles cada vez más baratos.
China exportó en 2025 un récord de 455 GW en productos solares, un 29 % más que el año anterior, según Ember. Solo en marzo de 2026 sacó 68 GW en un mes, un 49 % más que su anterior récord. El mundo se llenó de paneles a precio de saldo.
Y la palanca sigue en la misma mano. Desde abril de 2026, Pekín ha retirado las devoluciones de IVA a la exportación de productos fotovoltaicos, y las previsiones del sector apuntan a que los paneles subirán entre un 10 y un 15 %. El mismo proveedor que hace un año inundaba el mercado de módulos baratos, ahora decide que cuesten más. Solo uno puede hacer eso.
Europa compra en una sola tienda
Según Eurostat, el 98 % de los paneles que importa la Unión vienen de China, el mismo porcentaje que en 2023. Según Bruegel, más del 95 % de los paneles que se instalan en la UE son chinos. La cadena fotovoltaica europea apenas cubre un 3 % de lo que el continente despliega.
Bruselas habla de soberanía industrial y de cadenas seguras, pero la factura de importación sigue engordando. Desviar la compra hacia fábricas propias costaría más caro que seguir comprando allí, así que se sigue comprando.
España, tejado a tejado con grúa china
España es el país europeo con más horas de sol y uno de los que más ritmo le ha metido al despliegue fotovoltaico. Los tejados se llenan, las huertas solares crecen y el autoconsumo ya es paisaje. Pero el panel que se monta en Zaragoza o en Sevilla cruza medio mundo antes de llegar.
El panel parece un trozo de vidrio con marco. Por dentro hay células, inversores, electrónica de potencia, monitorización remota, software y actualizaciones. Es un aparato conectado más. Y de los aparatos conectados ya sabemos cómo funcionan después de lo del coche y de la electrónica: envejecen cuando el ecosistema decide, no cuando se rompen.
Quién controla la instalación, controla la transición
El problema no es que el panel sea barato. Abaratar la electrificación es buena noticia para el clima. El problema es que toda esa sostenibilidad cuelga de un único proveedor que controla materiales, maquinaria, precios, repuestos y datos. Si mañana decide no vender, encarecer o quedarse con la información de producción de tus instalaciones, el plan verde de Europa no tiene plan B.
El ciudadano vuelve a ser el último de la fila. Compra barato, instala contento y no se pregunta quién reparará el inversor dentro de ocho años, quién tiene los datos de su generación o cuándo el sistema decidirá que su instalación se ha quedado vieja.
La transición no puede ser un traslado de dependencia
China ha conseguido que el panel solar sea tan barato que resulta casi imposible no comprarlo, y eso abarata la electrificación de medio mundo. Pero el regalo tiene letra pequeña, y la letra pequeña se escribe en Pekín.
La sostenibilidad que no se puede reparar, ni mantener, ni defender acaba convertida en otra suscripción. El sol sale para todos; la fábrica es de uno. Mientras la transición energética dependa de una sola puerta, no será una transición. Será un cambio de proveedor.
Sostenibilidad
China paga infraestructura para controlar puertos y minas en África
Raúl Martínez de Miguel