China paga infraestructura para controlar puertos y minas en África
El impacto medioambiental que genera el progreso a cualquier precio, empujado por la compra masiva de productos que no necesitamos.

Mineros trabajando en un yacimiento de coltán en la localidad de Rubaya, en la República Democrática del Congo (RDC)
Yibuti tiene menos de un millón de habitantes y conviven las bases militares de cinco potencias distintas. Cómo no, una de ellas es la de China que está asentada desde 2017 y es la primera instalación militar permanente ha abierto fuera de su territorio. Según el FMI, la deuda de Yibuti con China ronda ya el 70% de su PIB, y su principal puerto opera bajo participación china. Por otro lado, en Kenia, un ferrocarril financiado y construido por empresas chinas por unos 5.000 millones de dólares ha reducido a menos de la mitad el trayecto entre Mombasa y Nairobi, aunque la infraestructura tardará más de veinte años en amortizarse.
Con el tiempo, este impulso económico lo acaba pagando el país que recibe la ayuda, pero en el fondo, quien realmente lo paga son sus ciudadanos. El financista aprovecha de esa estructura que ha apoyado y las condiciones que ha negociado para siempre, o mínimo hasta obtener beneficios de esa inversión.
En la República Democrática del Congo, las compañías chinas controlan cerca del 80% de la producción nacional de cobalto. Este mineral es clave para las baterías de nuestros móviles y coches eléctricos. Algunos organismos oficiales han documentado casos serios de condiciones laborales precarias y contaminación de aguas subterráneas por los vertidos. Este mineral sale del subsuelo africano, se refina en China y está en las baterías que llevamos en el bolsillo cada día.
Ahora toca tratar de entender la otra cara de la moneda. Por ejemplo, Etiopía es un país sin salida al mar y la ha conseguido gracias al ferrocarril Adís Abeba-Yibuti. Es su primera vía rápida de exportación en décadas y hoy mueve café y minerales de una forma mucho más eficiente. Ese tipo de infraestructura bien negociada permite dar saltos cuantitativos e iniciar acciones que ayuden al país, pero debería ser una elección libre y totalmente consciente de lo que estas ofreciendo a cambio.
El otro extremo de la cadena está en nuestro bolsillo
Todos estos acuerdos, financiaciones, explotaciones y construcciones existen porque hay una demanda global que empuja sin descanso, y de esa demanda estamos participando cada uno de nosotros. Según el Parlamento Europeo, cada europeo consume una media de 19 kilos de textil al año y genera unos 16 kilos de residuos, de los cuales solo alrededor del 1% se recicla para prendas nuevas. La vida media de un teléfono móvil está hoy entre los 18 y los 24 meses, cuando la tecnología permitiría alargarla a diez años tranquilamente. Si compramos ropa cada semana y renovamos móvil casi cada año, la extracción de recursos en la otra punta del mundo no se detiene y el problema aumenta.
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Está claro que la demanda que se crea aquí sostiene el modelo que se explota allí. Seamos conscientes que las decisiones que tomamos en el supermercado y en la tienda de tecnología, son parte del mismo circuito que denunciamos cuando hablamos de la situación de África.
La posición de España en esta conversación
Nuestra dependencia energética exterior rondaba en 2023 el 68% según datos publicados por Moeve. Más de dos tercios de la energía que consumimos depende de otros países, y en el terreno de las materias primas industriales la situación es muy parecida. Compramos casi todo lo que fabricamos, casi todo lo que movemos y casi toda la energía con la que funcionamos. Y con esa situación, intentamos sentarnos a negociar con potencias que producen, exportan y controlan las cadenas de suministro completas.
China lo sabe que muchos países están atados de pies y manos, sin un plan ni iniciativa por tenerlo, y algunos países africanos lo están viviendo. Nosotros estamos más cerca de la segunda situación que de la primera. Esto no viene de ninguna fatalidad histórica, viene de muchos años de decisiones en las que hemos priorizado el consumo barato frente a la producción propia.
Lo que sí podemos aprender
La lección que África nos ofrece es ver que una negociación puede volverse en contra y no ser tan rentable. El receptor que llega con planificación y con una idea clara de lo que quiere, sale razonablemente bien. El que llega dividido, sin plan y con dependencia estructural, termina firmando lo que le ponen delante.
España tiene todavía margen para aprender esta lección sin tener que pagarla como la están pagando otros. Sería razonable reducir la dependencia energética exterior, recuperar producción industrial en sectores clave. Todo eso, más allá del componente ambiental, es lo que permite sentarse frente a Pekín, frente a Washington o frente a Rabat con serenidad y criterio, y sin necesidad ni urgencia.
Al final, lo que hoy negociamos con cada país extranjero depende mucho menos de nuestra diplomacia formal que de nuestra autosuficiencia real. Cuando dependemos de todo, decide siempre el que nos vende. Cuando producimos y reciclamos al máximo, la conversación cambia.
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