Academia de enchufados tiene sus primeros alumnos en Washington DC

El pragmatismo energético de Estados Unidos amenaza con relegar a un segundo plano sus exigencias democráticas sobre Venezuela

Partidarios de la líder opositora venezolana María Corina Machado se reúnen frente a la Casa Blanca.Mehmet Eser

Resulta alarmante observar cómo la política internacional es capaz de degradarse hasta límites que rozan la desfachatez. Mientras a la ciudadanía se le vende un discurso histórico sobre la libertad, el estado de derecho y la lucha sin cesar contra la corrupción, en los pasillos donde verdaderamente se decide el poder se imparte una clase magistral de amoralidad. Una verdadera "academia de enchufados" donde las convicciones se subastan al mejor postor y cuyos primeros y más aventajados alumnos parecen ser, las máximas figuras del gobierno de los Estados Unidos.

El reciente acuerdo petrolero anunciado entre Washington y Caracas terminó de quitar la careta a una estrategia geopolítica que de ética tiene muy poco. La indignación no proviene solo del pacto en sí, sino de la estructura que lo sostiene: la empresa encargada de operar dicho acuerdo tiene como principal accionista al polémico empresario Alejandro Betancourt López, una figura cuya trayectoria sintetiza el aprovechamiento financiero a la sombra del poder.

Amnesia selectiva de Marco Rubio

Frente a este cuestionable hecho, las explicaciones de la administración estadounidense no solo resultan insatisfactorias, sino profundamente ofensivas para la inteligencia pública. Cuestionado en una reciente entrevista por el periodista Sergio Novelli, el Secretario de Estado, Marco Rubio, descaradamente despachó el asunto argumentando que Betancourt López no posee cargos ni investigaciones abiertas en suelo estadounidense.

¿Desde cuándo la ausencia de una acusación formal en un país equivale a un certificado de impunidad moral? La declaración de Rubio pretende apagar el fuego con amnesia selectiva, como si la falta de expedientes activos en Estados Unidos pudiera borrar las investigaciones por presunto blanqueo de capitales en Europa, sus litigios en el Reino Unido o el antecedente del caso Derwick en Venezuela, que años después mantiene al país en la penumbra eléctrica.

Resulta vergonzoso ver a voceros que durante años construyeron su carrera política sobre la denuncia del "narcoestado" y los boliburgueses, haciendo ahora maromas retóricas para justificar acuerdos con los mismos actores que tanto señalaron. ¿Acaso la corrupción cambia de naturaleza cuando conviene a los intereses energéticos de Washington? ¿O es que los "enchufados" dejan de serlo en el instante en que firman un contrato conveniente?

Silenciando la autonomía

Esta degradación del liderazgo no es exclusiva del Departamento de Estado; se ha extendido por el capitolio estadounidense. El papel de la senadora por la Florida, María Elvira Salazar, en este episodio fue deplorable ante la opinión pública.

En un primer momento, Salazar reaccionó con vehemencia, criticando con dureza la firma del acuerdo con la estructura del régimen venezolano. Sin embargo, en cuestión de horas y en el mismo día, la senadora modificó radicalmente su postura, alineándose de forma sumisa con la narrativa oficial y manifestando un apoyo tajante al pacto.

Mi pregunta: ¿dónde quedó la autonomía parlamentaria de una senadora electa para representar a sus electores?, ¿dónde quedó el criterio analítico y la independencia de una periodista con una trayectoria tan larga en los medios de comunicación? Este cambió tan abrupto no sugiere una reflexión profunda, sino la disciplina de un severo "jalón de orejas" partidista. Cuando la libertad de expresión y el rigor crítico de un comunicador se subordinan al temor de contradecir la línea de la Casa Blanca, la representación política pierde toda credibilidad.

El crudo sobre la democracia

La aceleración de estos pactos no ocurre de la nada. Ante la escalada de tensiones en el Medio Oriente y el latente conflicto con Irán, la prioridad real de la administración de Donald Trump está más que clara: asegurar el suministro de crudo y estabilizar los mercados energéticos a cualquier precio.

La "restauración democrática" en Venezuela fue desplazada, si es que alguna vez existió, en la escala de prioridades por el pragmatismo electoral y geopolítico. El petróleo vuelve a ser la moneda de cambio que compra impunidad y normaliza lo inaceptable.

Por el otro lado de la mesa, el espectáculo es como siempre, dantesco. Quienes destruyeron las instituciones y la economía venezolana bajo un discurso ridículamente antiimperialista, hoy demuestran una capacidad infinita para regalar y entregar los recursos del país en contradicción directa con todo lo que predicaron ideológicamente. Los destructores de la nación prefieren entregar la soberanía y seguir pagando con las riquezas de todos los venezolanos las consecuencias de sus devastadores errores, antes que asumir una sola cuota de responsabilidad histórica.

La trampa de la resignación

Frente a esta maniobra, se ha vuelto frecuente escuchar entre algunos ciudadanos un comentario cargado de una peligrosa resignación: "Bueno, para que se lo regalen a los iraníes, chinos o rusos, prefiero que se lo regalen a los gringos".

Hay que decir con absoluta firmeza: esa es una lógica servil y profundamente dañina. El recurso de un país no se le regala a absolutamente nadie. Ni a potencias autoritarias de Oriente ni a imperios pragmáticos de Occidente. Las riquezas de una nación no son un botín de compensación ni una limosna que se otorga según la simpatía del comprador de turno.

Lo que una nación soberana exige y necesita no son regalos ni entregas sumisas; son acuerdos comerciales transparentes y equitativos, diseñados bajo el amparo de la ley para ser verdaderamente beneficiosos para ambas partes, priorizando el desarrollo, para lograr la recuperación real de la industria petrolera. Y esos acuerdos legítimos es imposible firmarlos con los mismos actores que llevaron a Venezuela a la ruina, ni bajo el tutelaje de quien se aprovecha de la vulnerabilidad de un país para imponer sus términos.

Aceptemos de una vez por todas que la dignidad nacional no admite concesiones. Pretender consolarse eligiendo a qué potencia "regalarle" la soberanía no es pragmatismo: es la forma más triste de certificar nuestra propia derrota como sociedad.

Preguntas atorrantes

1. ¿Qué valor moral le queda al discurso de "mano dura" contra el autoritarismo cuando sus impulsores no dudan en sentarse a negociar con los operadores de la corrupción que juraron combatir?

2. ¿Puede llamarse "liderazgo democrático" a aquel que silencia a sus propios legisladores para imponer acuerdos económicos opacos?

3. ¿Hasta cuándo los recursos de una nación devastada seguirán sirviendo de botín para financiar los errores de unos y las ambiciones geopolíticas de otros?

La ética no admite doble criterio

El caso del acuerdo petrolero y el blanqueamiento diplomático de figuras como Alejandro Betancourt revelan que, cuando el interés económico aprieta, los principios son lo primero que se desecha. Ni el gobierno estadounidense puede seguir erigiéndose en juez moral del mundo mientras patrocina este tipo de transacciones, ni la dirigencia que desbarató a Venezuela puede ocultar que su único fin es la supervivencia política al costo que sea.

Como ciudadanos, observadores y protagonistas de esta tragedia, nos corresponde rechazar el cinismo empaquetado como diplomacia. La dignidad no se negocia en un barril de petróleo, y los verdugos —vistan de diplomáticos, de senadores o de empresarios beneficiados— siguen siendo los mismos, aunque cambien el tono de su discurso.

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No nos quedemos con la cómoda postura de decir o dejar en evidencia que somos incapaces de hacer las cosas, porque como sociedad nos encanta decir que somos los mejores en algunos ámbitos, entonces si es así, demostrémoslo.