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Cuando el petróleo limpia cualquier expediente

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump en Washington, Columbia, USA.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump en Washington, Columbia, USA.Jim LoScalzo - Pool via CNP

Lo primero que quiero decir, es que de una de las personas que se hablará en este artículo, no tiene absolutamente nada que ver conmigo, ni con mi familia.

La geopolítica tiene una capacidad insuperable para desvelar la hipocresía del poder. Durante años se nos ha vendido una narrativa, donde la diplomacia internacional se divide entre los defensores de la libertad y los regímenes autoritarios. Se nos repite que las sanciones, los discursos encendidos y la presión diplomática buscan rescatar la democracia y castigar la corrupción. Sin embargo, cuando los intereses y el crudo entran en la ecuación, la moralidad suele desaparecer de manera mágica.

El reciente reportaje de la agencia Bloomberg sobre las negociaciones y canales de interlocución para la reapertura petrolera en Venezuela puso al descubierto una realidad escalofriante. Según la investigación, el ejecutivo y magnate Alejandro Betancourt López —señalado públicamente como uno de los emblemáticos "bolichicos" enriquecidos al amparo de los contratos estatales del chavismo-madurismo— estaría operando como un actor clave entre la administración de Donald Trump y el poder “interino”en Caracas para canalizar inversiones en el sector energético. Exactamente como lo lees, en el mismo sector, de donde con un sólo contrato donde vendió plantas eléctricas reconstruidas al estado, se hizo de una fortuna billonaria.

Ante semejante atrocidad, la pregunta surge de forma inevitable: ¿dónde quedan los discursos sobre la lucha contra la corrupción y la defensa de la democracia cuando los emisarios del negocio son, precisamente, las figuras que encarnan los mayores y más mediáticos escándalos de opacidad de la región?

De los juzgados al pragmatismo de Estado

Para comprender el peso de este escenario, es necesario revisar el historial de este personaje. El nombre de Alejandro Betancourt López ha estado rodeado de controversia internacional durante más de una década. Desde su aparición en el sector energético venezolano a través de Derwick Associates, hasta sus complejos entramados financieros en el exterior.

Su rastro no es menor en Europa. En España, su entorno ha estado bajo la lupa judicial por presuntas operaciones de blanqueo de capitales vinculadas a fondos desviados de la estatal PDVSA. En el Reino Unido, donde ha mantenido residencias de lujo, su nombre ha reposado en expedientes y señalamientos de la justicia internacional relacionados con lavado de dinero y conspiraciones financieras desarticuladas en cortes federales estadounidenses.

Es aquí donde el cinismo de la política exterior actual alcanza su punto máximo de descaro. ¿Cómo es posible que una administración que predica la mano dura contra el régimen venezolano y la erradicación del crimen transnacional termine utilizando o tolerando como puente de negocios a una figura investigada por los propios órganos de justicia occidentales?

¿La corrupción sólo es condenable cuando no produce barriles de petróleo? ¿O es que los expedientes judiciales pierden su valor en el instante exacto en que un empresario se ofrece como el canal adecuado para desenmarañar activos y negociaciones energéticas?

El "negocio" por encima de los valores democráticos

La aproximación del liderazgo de Donald Trump a la crisis venezolana siempre ha mostrado un tinte profundamente transaccional. La máxima del "América Primero" y la búsqueda de resultados inmediatos en el mercado petrolero desplazaron cualquier principio ideológico o ético; bueno si se puede decir que un personaje como el presidente estadounidense tiene principios o ética.

Cuando una superpotencia decide apoyarse en figuras salidas de las entrañas de la corrupción para negociar el futuro del principal recurso de un país devastado, el mensaje para la sociedad civil es dramáticamente errado:

  • ¿Importan realmente las instituciones, la transparencia y el estado de derecho?
  • ¿O la política exterior se ha reducido a una simple subasta donde el mejor postor, sin importar el origen de su fortuna, se queda con el contrato?

Si la estrategia para "recuperar" a Venezuela consiste en sentar a la mesa de negocios a los mismos actores que se beneficiaron del colapso del país, la ciudadanía se encuentra ante un engaño de proporciones monumentales. No se está combatiendo al sistema; se está negociando con sus propios victimarios o arquitectos para cambiar de manos el flujo impresionante de dinero.

Mirar la realidad sin vendas

El caso revelado por Bloomberg no es un hecho aislado; es el síntoma de una política global que ha sustituido los principios por el beneficio inmediato. Cuando el liderazgo de la nación más poderosa del mundo decide que la moral es negociable y que los antecedentes de un operador no importan si el negocio es lucrativo, la democracia sufre una herida profunda.

No podemos seguir juzgando la política internacional por las propagandas o discursos electorales. Es hora de mirar las actas, los contratos y los nombres de quienes caminan libremente por los pasillos del poder. Mientras la ciudadanía no exija ética en la gestión pública, continuaremos siendo espectadores de un teatro.

Si evalúas el comportamiento general de Donald Trump desde su primera presidencia: ¿crees que este señor se comporta como un hombre institucional o está poco a poco destruyendo la institucionalidad de Estados Unidos? Piénsalo!

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