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El miedo como doctrina de Estado

Es sencillamente alarmante constatar cómo el miedo, cuando se convierte en política oficial, es capaz de paralizar comunidades enteras.

Imagen de un centro de dentención del ICE en Estados Unidos

Imagen de un centro de dentención del ICE en Estados UnidosCarol Guzy

Durante años, la narrativa oficial en Occidente sostuvo que la persecución, el acoso sistemático a los ciudadanos y el desmantelamiento de la vida cotidiana eran males, más que señalados, como exclusivos de los regímenes autoritarios. Sin embargo, hoy basta con escuchar lo que ocurre en las calles de Doral, en el sur de la Florida, para comprender que el terror no respeta fronteras ni sistemas políticos cuando el poder decide utilizarlo como herramienta de sometimiento.

La comunidad de Doral —conocida como una de las más pujantes— y por ser el refugio de miles de familias que huyeron de la opresión en Latinoamérica— vive hoy bajo un estado de terror. La psicosis generada por las recientes operaciones de persecución del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) ha calado a niveles desgarradores: aulas vacías en colegios donde los padres no se atreven a llevar a sus hijos por temor a ser emboscados, comercios sin clientes, persianas cerradas y una economía local próspera que hoy se desangra aceleradamente por el confinamiento forzado de la incertidumbre. Me atrevería a decir que ni en la pandemia del Covid-19 se vió algo así.

De los "colectivos" a los uniformes: patentados para el atropello

Para quienes conocemos de cerca la tragedia venezolana, el patrón de actuación de los agentes de ICE despierta una resonancia escalofriante. Resulta imposible no hacer un paralelismo entre el comportamiento de los llamados "colectivos" armados en Venezuela —usados por el régimen como brazo armado para generar el terror y neutralizar a la población— y la patente de corso con la que operan hoy los funcionarios de inmigración en suelo estadounidense.

uando el miedo reemplaza a la justicia, la libertad deja de ser un derecho y se convierte en una simple ilusión.

Ambos fenómenos responden a la misma lógica de autoritarismo: la concesión de un poder desmedido para intimidar, perseguir y vulnerar derechos fundamentales bajo órdenes ideologizadas. La administración de Donald Trump no solo reactivó las deportaciones, sino que otorgó autorización para perseguir a personas trabajadoras, padres de familia y pequeños empresarios que no poseen ningún tipo de historial delictivo. Cuando el uniforme de la ley se utiliza no para proteger al inocente ni para perseguir al criminal real, sino para infundir pavor en familias honestas en una acera o a la salida de una escuela, la frontera entre el resguardo del orden y el terrorismo de Estado se vuelve borrosa. ¿Qué mensaje además están dando a los niños que pueden llegar a ver o a percibir a un uniformado como un enemigo dañino y no como un servidor público a su servicio?

¿Atentar contra la empresa privada sólo se ven en el socialismo?

Uno de los mitos más arraigados en el discurso conservador tradicional es que el hostigamiento a la empresa privada y la asfixia al libre comercio son prácticas unicamente vistas en el socialismo del siglo XXI. La devastación económica de Venezuela por la vía de la expropiación y el acoso policial pareció darle la razón a esa tesis durante décadas. Sin embargo, la paradoja que hoy se vive en Estados Unidos exige revisar esa premisa con mucho detenimiento.

Pregunto: ¿vaciar los pequeños comercios, paralizar la fuerza laboral de la construcción, asfixiar la industria de servicios y quebrar los emprendimientos locales de una ciudad como Doral no es también una forma directa y brutal de atentar contra la empresa privada?

Es una contradicción absoluta que la nación históricamente aclamada como el faro de la libertad, el libre mercado y el "sueño americano" adopte hoy políticas que destruyen el tejido productivo desde sus bases. El emprendedor que invirtió sus ahorros, que paga impuestos y genera empleo en suelo estadounidense se encuentra hoy acorralado por el mismo Estado que prometió proteger la iniciativa individual. La libertad económica no existe si el individuo vive con el temor constante de que una patrulla destruya su patrimonio, el de sus empleados y su familia de la noche a la mañana.

Monetizar el dolor a través de las fianzas

Detrás de este despliegue de fuerza y narrativa no sólo hay un cálculo electoral; existe un negocio multimillonario profundamente asqueroso. La detención masiva de personas que se encuentran a derecho, o que simplemente están en trámite de regularización, ha alimentado una maquinaria económica donde el miedo se convierte en un activo financiero.

El sistema de detención migratoria y el mercado de las fianzas se han transformado en una vía para monetizar la angustia de los ciudadanos. Familias enteras se ven obligadas a endeudarse, vender sus bienes o vaciar sus cuentas bancarias para pagar montos astronómicos a fin de que un ser querido —que no representa ningún peligro para la sociedad— pueda esperar su proceso en libertad. Sumando a esto el negocio de los dispositivos conocidos como grilletes por los que también tienen que pagar. De esta manera, se consolida una contradicción mercantilista: primero se siembra el pavor para justificar las capturas; luego se cobra el rescate bajo la figura legal de una fianza. ¿Hasta qué punto la seguridad nacional es el verdadero objetivo cuando la privación de libertad de gente honesta produce ganancias millonarias a centros de detención privados y esquemas financieros asociados?

Preguntas para un liderazgo sin freno

La crisis humana y económica en lugares como Doral deja al descubierto la irresponsabilidad de una Casa Blanca que parece dispuesta a sacrificar la estabilidad de sus propias ciudades para alimentar la retórica de su base radical. ¿Les parece conocido?

Ante esta locura, la sociedad estadounidense y la siempre cómplice comunidad internacional deben plantearse preguntas urgentes:

  • ¿Quién le pone un alto al liderazgo irresponsable de la Casa Blanca cuando utiliza a las agencias federales como instrumentos de persecución social?
  • ¿Con qué autoridad moral se puede criticar el abuso de poder en otros países mientras dentro de las propias fronteras se normaliza la intimidación a la población civil y las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos?
  • ¿Hasta cuándo los representantes políticos del sur de la Florida seguirán guardando un silencio cómplice ante la destrucción del motor económico y humano de sus propios distritos?

Recuperar la dignidad frente a la arbitrariedad

Hasta donde yo sé el "sueño americano" no se construyó sobre la base de redadas nocturnas, persecución a trabajadores ni aulas desiertas por el miedo de los niños. Convertir la arbitrariedad en norma de gobierno no es síntoma de grandeza, sino pérdida de la institucionalidad. Justamente lo que Donald Trump ha intentado y parece estar materializando desde las elecciones de 2020.

Como ciudadanos y comunicadores, nos corresponde señalar que la dignidad de las personas y la libertad de emprender no pueden estar sujetas a los caprichos demagógicos de un gobierno de turno. El que arruina a una familia o destruye un comercio en nombre de la "seguridad" no es distinto del que lo hace en nombre de la "revolución". Cuando el miedo reemplaza a la justicia, la libertad deja de ser un derecho y se convierte en una simple ilusión.

¿Quién le pone freno?

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