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El perro sin amo que no pasea en Ceuta

La metáfora del «perro sin amo» de Sánchez encierra una paradoja: ningún presidente democrático carece de dueño cuando su poder procede de los ciudadanos.

La sombra alargada de Pedro Sánchez

La sombra alargada de Pedro SánchezGenerado por IA

Armando Paz
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Esta semana toca debate animalista a propósito de Ceuta. No por el bebé delfín cuya muerte violenta han denunciado los ecologistas ceutíes, ni por las más de cuarenta gaviotas afectadas por una posible intoxicación que la asociación DAUBMA relaciona con geles y champús vertidos por los invasores en las duchas de las playas. Cosas menores, al parecer, para cierto ecologismo nacional, siempre tan rápido para encontrar una rana amenazada por una carretera y ahora bastante menos ruidoso.

El debate animalista que propongo es otro. La semana pasada, Pedro Sánchez, en el Congreso y hablando precisamente de Ceuta, nos dejó una frase para la posteridad: «Yo seré un perro, pero no tengo amo».

La intención de nuestro presidente era descartar la hipótesis de los chantajes a su persona, ya que se acumulan la sospechas cada vez que debe afrontar la enésima crisis; ahora Ceuta y la sombra de Marruecos; antes, Zapatero, Plus Ultra y Delcy; antes aún, Leire y las cloacas del PSOE; mucho antes aún, el gran apagón y lo que calla Red Eléctrica; y aún antes, la corrupción del clan de los exsecretarios de organización del PSOE. Me dejo varios casos por cuestión de espacio en esta columna semanal.

El problema de algunas metáforas, como la del perro sin amo, es que las carga el diablo.

La frase popular dice que el perro es el mejor amigo del hombre, pero hay perros y perros. Un perro sin amo no es precisamente la estampa de la libertad ni de la amistad. Un perro sin amo evoca una imagen más triste que un día sin sol. Porque el perro con amo tiene así casa y cobijo, recibe afecto y su amo cuenta con un ser sintiente que le recibe alegre moviendo el rabo y en el que sabe, que detrás de aquellos ojos sonrientes, siempre encuentra nobleza y lealtad incondicional.

Los perros felices suelen tener dueño. Y los dueños felices saben que, en realidad, también el perro termina siendo dueño de una parte de ellos, uno más de la familia.

Todo lo contrario, ocurre con un perro sin dueño. Un perro sin amo carga la desolación de comprobar la crueldad del hombre hacia su mejor amigo. Un perro sin amo es una soledad forzada, casi antinatural: abandono, hambre, miedo, supervivencia. Un perro sin amo es un perro sin sentido de la existencia. Un amigo sin amigos.

Pero un perro cansado de pretender ser querido sin conseguirlo, puede ser también un gran peligro. Como Joker, el psicópata que trasmuta de payaso en asesino antisistema. Un perro que, a fuerza de no encajar con ningún amo, acaba asilvestrado y convertido en fiera. Es el tipo de perro para el que la única ley que vale es la ley de la selva, que cree que confiar es peligroso y que necesitar a alguien constituye una debilidad. Un perro sin amo, sólo, es como un lobo solitario, orgulloso de no deber nada a nadie para seguir sobreviviendo.

No sé qué clase de perro sin amo quiso decir Sánchez que era. No termino de verlo.

en “Dog House”, ese programa que conmueve a la audiencia en la cadena pública de TelePedro, mientras el can de turno mira a Chenoa con ojos tiernos mientras espera la buena familia que lo adopte. Así que habrá que pensar que Sánchez se ve a si mismo como el otro tipo de perro sin amo: el orgullosamente independiente, autosuficiente y poco amigo de correas.

Y es aquí donde aparece el auténtico mensaje de la metáfora presidencial. Porque Sánchez sí tiene dueño, aunque aquel parezca o aparente no saberlo. Lo tiene todo presidente democrático; el pueblo soberano.

Así que el perro Sánchez debería recordar que sí que tiene dueño, el pueblo español, que incluye a Ceuta y que es el que le paga el pienso, la caseta, los viajes y hasta el veterinario. Y, sobre todo, quien le entrega temporalmente el poder a cambio de algo bastante elemental para un demócrata: defensa del interés general y rendición de cuentas. Lealtad y nobleza, se presuponen, como el valor en la Guardia Civil. Y las correas que deben sujetarlo ante el riesgo de excesos también tienen nombre; poder legislativo, judicial y contrapesos institucionales, comenzando por la prensa.

El refranero describe la deslealtad más miserable con una frase muy perruna: habla de perros que muerden la mano que les da de comer. Quizás un perro asilvestrado y superviviente pueda presumir de no tener amo. Si lo hace un presidente de gobierno, empecemos a preocuparnos.

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