“Diésel gustazo, diéselo”

El encarecimiento del combustible golpea al campo y termina trasladándose a los alimentos mientras España mantiene su dependencia energética del exterior

Cartel con los precios en una gasolinera.Europa Press

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Los de mi generación recordamos aquel anuncio de Citroën en los noventa que convirtió el diésel en un gustazo. Era barato, rendía y, sobre todo, siempre estaba ahí. Nadie se preguntaba de dónde venía el gasóleo ni quién decidía lo que costaba. Durante décadas España montó su movilidad, su campo y su flota pesquera sobre esa comodidad. Este otoño la factura nos recuerda que el gustazo tenía letra pequeña.

A principios de marzo escribí en estas mismas páginas que la soberanía energética no es un eslogan. Pocos días después Irán cerraba el estrecho de Ormuz y el barril se acercaba a los 126 dólares. El tráfico de petroleros se recuperó en junio, pero los precios no han vuelto a su sitio, y Europa se asoma a un invierno con el diésel escaso. Una vez más, una tensión nacida a miles de kilómetros de aquí la pagamos nosotros.

Y no la pagamos solo en la gasolinera. El gasóleo agrícola cuesta hoy 1,649 euros el litro, frente a los 0,95 de hace un año: un 48 % más. En ASAJA calculan que preparar la tierra este otoño costará al campo 200 millones de euros más que el año pasado. Para aterrizarlo a números reales, me dicen que una explotación de una 200 hectáreas pagará más de 1.800 euros extra solo en gasóleo para la sementera, que no se puede aplazar.

Habrá quien piense que esto no va con él porque ya conduce un eléctrico, como es mi caso. Me temo que sí va. Todo lo que comemos ha pasado antes por un tractor, un camión o un barco. El sobrecoste del agricultor en el abono y del pescador faenando acaba en el pan, en el aceite y en el pescado de la semana, tengamos o no un enchufe en el garaje.

Mientras tanto, Hacienda bate récords. Entre enero y julio el Estado ingresó 200.826 millones de euros, un 10,1 % más que el año anterior. El IVA aportó casi 68.000 millones, empujado en parte por la subida de precios. Las rebajas fiscales para amortiguar la crisis costaron unos 2.000 millones en el primer semestre, menos de una décima parte de lo que ha crecido la recaudación. Por lo visto no todos nos estamos empobreciendo de la misma forma.

Sería injusto culpar solo a Ormuz. El problema de fondo es el modelo energético que nos hemos dado. España importa la gran mayoría de la energía que consume, y durante demasiado tiempo hemos aceptado que el precio de lo que mueve nuestro campo, nuestra industria y nuestra despensa se decida fuera. Eso no es mala suerte. Es falta de valentía para ser soberanos.

Esa falta de valentía se ve también en la nuclear. En agosto el Gobierno prorrogó Almaraz hasta 2030 alegando, precisamente, la incertidumbre en Oriente Próximo. Es decir, reconoce que la energía propia y estable nos protege de las crisis de fuera, pero mantiene intacto el calendario para cerrar todo el parque nuclear en 2035. No se trata de enfrentar nucleares y renovables, sino de no desmontar lo que ya funciona mientras construimos lo que viene y garantizamos su estabilidad.

Tenemos sol, viento, agua y territorio como pocos países de Europa. La oportunidad existe y debemos hacerlo bien.

Hacerlo bien significa algo concreto. Poner placas primero en tejados, polígonos, suelos degradados e infraestructuras que ya existen, y no en la mejor tierra de regadío. Lograr que los proyectos dejen valor en el territorio: empleo, ingresos para los municipios y energía más barata para quien vive allí. Y abrir la puerta a que agricultores, cooperativas y cofradías produzcan su propia energía, con agrovoltáica y comunidades energéticas. Un productor de alimentos que genera parte de la energía que consumes está menos expuesto al próximo episodio de tensión geopolítica y es más competitivo.

Nada de esto ocurrirá de un día para otro. El tractor y el pesquero seguirán necesitando gasóleo durante años. Por eso las ayudas no pueden ser parches que se van prorrogando a salto de mata, sino el puente hacia una estrategia que reduzca la dependencia de verdad. Tampoco servirá de mucho si la red eléctrica sigue sin capacidad para conectar nuevos proyectos donde hacen falta.

En Legados repetimos a menudo que conservar no es congelar. Cuidar el territorio no es dejarlo como está, nada más lejos. Es darle herramientas para producir, vivir y decidir por sí mismo, también en energía.

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El diésel fue un gustazo mientras nadie preguntaba de dónde venía. La soberanía energética también lo será, si esta vez sabemos hacerla nuestra Mirando al horizonte o al bolsillo de hoy, invertir en nuestra soberanía siempre va a ser la mejor opción.