Soberanos y seguros construimos un mejor futuro
Porque cuidar lo nuestro no es nostalgia. Es estrategia

Un paisaje con un aerogenerador de energía eólica.
Momentos como el que estamos viviendo nos obligan a mirar el mundo sin filtros ni ambivalencias. Basta con que estalle un conflicto entre potencias internacionales para que, sin estar España implicada directamente, notemos el temblor en casa: en los combustibles, en la factura de la luz, en la cesta de la compra, en la incertidumbre. Esa vulnerabilidad nunca va a desaparecer del todo. Vivimos en un mundo global y, por definición, estamos expuestos a impactos externos de diversa naturaleza que no controlamos.
Pero que no podamos blindarnos al 100% no significa que no podamos reducir nuestra dependencia de forma significativa y, por ende, ser más soberanos. Conviene mencionar dos pilares que sostienen las bases del estado de bienestar y que a menudo no se explican con suficiente claridad: la soberanía energética y la soberanía alimentaria. Hablar de clima, de conservación o de adaptación sin hablar de esto es quedarse en la superficie.
La soberanía energética no es un eslogan. Es una cuestión de seguridad nacional y de estabilidad económica. España importa la práctica totalidad del petróleo y del gas que consume. Eso significa que cuando los precios se disparan o cuando el suministro se tensiona, nuestra economía sufre. Pagamos más por movernos, por producir, por calentar nuestras casas, por mantener en pie industrias enteras. Una factura a la que le ponen precio los vaivenes internacionales.
Economía
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Israel García-Juez
La buena noticia es que España tiene una oportunidad real para reforzar esa soberanía. Somos, por situación geográfica y condiciones meteorológicas, un país privilegiado para desplegar renovables. Activar esa palanca no solo reduce emisiones: reduce exposición, abarata a medio plazo y nos hace más autónomos. Y si a ese impulso se le suma un mix energético diversificado, donde la energía nuclear pueda cumplir su papel de respaldo y estabilidad, el resultado es un sistema más robusto, menos vulnerable y más predecible. No se trata de dogmas, sino de pragmatismo: un país serio no apuesta su seguridad a una sola carta.
Sin embargo, hay un claro obstáculo para aprovechar esta oportunidad. La red eléctrica española enfrenta una saturación crítica, con un 75% de sus nudos imposibilitados para admitir nuevos puntos de conexión para la industria, las viviendas o las renovables, lo que está obligando a paralizar nuevos proyectos, a frenar la electrificación de la economía y a aumentar el riesgo de apagones para los próximos años. Es una situación que llevamos advirtiendo desde hace mucho tiempo y que dio pie a la creación el año pasado de la Alianza España Verde y Conectada, de la que Legados forma parte. Por ahora no hay solución prevista en el corto plazo y ello implica estar atados de pies y manos para alcanzar el nivel de descarbonización que nos habíamos propuesto.
El segundo pilar es la soberanía alimentaria. España ha sido históricamente una potencia agrícola y alimentaria. Detrás de cada alimento producido en España hay agricultores, cooperativas, pueblos y paisajes que sostienen una parte esencial de nuestro país. Mantener e incentivar esa fortaleza no es nostalgia: es estrategia. Alimentos de proximidad, de aquí, Made in Spain significan mayor calidad, menor dependencia de terceros, menos incertidumbre logística y por lo general menor huella de carbono. Por si fuera poco, también significan empleo, tejido productivo y vida en el territorio. ¿A quién le puede parecer esto una mala idea?
Falta que quienes tomen decisiones que puedan afectar a este factor no olviden nunca su valor estratégico ni expongan a nuestros productores a una batalla en la que su competencia no deba cumplir muchos requisitos legales, laborales, fitosanitarios y de cualquier otra índole. Level playing field, que dicen los ingleses.
Por todo ello conviene cambiar el marco con el que se suele abordar la conversación. Porque reforzar soberanía energética y alimentaria es una forma clara de mejorar… y de ser más sostenible.
Mejora la economía familiar si la energía es más estable y menos cara. Mejora la competitividad del país si la industria opera con costes más predecibles. Mejora la seguridad si no dependemos de recursos fósiles importados. Mejora la calidad de vida si el territorio se cuida y se gestiona con inteligencia. Y mejora, también, el medioambiente.
Como españoles y desde el interés más egoísta, la conclusión es clara: adaptarnos con inteligencia debe ser una estrategia de país. No basada en la culpa ni en la resignación, sino en el interés propio y en la conveniencia. No toca, nos lo merecemos.
Cuando el mundo se complica, se entiende mejor lo esencial. Necesitamos una política de seguridad para tiempos inciertos, para ser un país más autónomo, más resiliente y más próspero. Y si esto, además, nos ayuda a adaptarnos mejor a un nuevo contexto climático, perfecto.